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7/3/10

viaje a LA RUTA MAYA

14 comentarios



El relato escrito a continuación es un pequeño libro de mi viaje de dos meses por la Ruta Maya.

Es un poco denso y no muy al uso de los típicos posts de blogs de viaje. Pero se ha de tomar como una lectura a afrontar en varias sentadas, con pausas, no deja de ser toda una bitácora de muchos días en ruta.

Si buscáis lugares específicos de la Ruta Maya en el blog, buscarlos por etiquetas, países de la barra lateral, o buscarlos en los Rincones y experiencias del menú superior del blog.

Espero que sea de vuestro agrado.



DURACION 

58 días año 1996






PAISES

Mexico , Guatemala,  Belize y Honduras



RECORRIDO






RELATO



CANCÚN


Desde luego no hay viaje intercontinental que no sea largo. El nuestro, en este caso Barcelona – Cancún, nos ha llevado unas 16 horas entre las paradas de 2 horas en Madrid y en Miami y los vuelos respectivos.

Añádase a esto 50 minutos del aeropuerto hasta el hotel y se tiene un cocktel de cansancio y mosqueo que solo se supera con dosis de paciencia, buen humor e intentar ver a las cosas su lado positivo, aunque a veces esto sea difícil. Por ejemplo, ¿no es verdaderamente destornillante que siempre nos lleven los últimos a nuestro hotel cuando cogemos los minibuses del aeropuerto?. Ya veis que sentido del humor no falta, pero todo tiene un límite, y éste es que te encuentres plácidamente durmiendo en el alojamiento elegido, en nuestro caso el hotel Margarita, y a eso de las 2 de la madrugada invada tu habitación una banda de músicos con el volumen a todo trapo. Podría ser un sueño, pero no, es real y me despierto con un sobresalto. Miro a mí alrededor y no veo a nadie, percibo entonces que la música proviene del exterior por lo que salgo al balcón y desde allí me percato de que sale de un recinto adjunto a la piscina y que pertenece a las instalaciones del hotel.

Cojo el teléfono pero no tiene línea con recepción, sólo me queda aguantar. Pero no todo iba a ser mala suerte, a eso de las tres de la madrugada rompe a llover, más diría diluviar, y dejan de tocar.

Es normal adivinar que al día siguiente nos fuimos al hotel de enfrente no sin antes preguntar si tenían, como dicen aquí, música en vivo por las noches. El hotel nuevo se llama International Suite Caribe y aunque suene muy rimbombante se trata de un hotel medio, típico de Cancún centro, aunque de todas maneras acogedor.

Hemos decidido quedarnos todo el día en Cancún antes de partir hacia Chichén-Itzá, pasando el día en la playa ya que poco más se puede hacer por aquí.

Decidimos “tomar” un autobús ( en América latina no se utiliza la palabra coger nada más que para procrear...) que va del centro de la ciudad hacia la parte de los hoteles, los cuales se hallan en una isla en forma de 7 donde sus extremos se unen al continente dejando en la parte interior una laguna de aguas calmadas. Todo lo contrario que en la parte exterior donde sus aguas arriban a la costa normalmente bastante agitadas.

Como hemos comentado los hoteles se ubican a lo largo de la isla en línea recta. Cada uno tiene su playa, y aunque no son privadas es complicado el acceso a no ser que cruces por el interior del hotel. Verdaderamente es difícil ver en cualquier otra parte del mundo tantos y tan monstruosos hoteles de 5 estrellas. Están todos los grandes nombres de cadenas hoteleras del mundo y todas compitiendo en crear la instalación más grande y fastuosa del lugar.

Nos bajamos del autobús en playa delfines, una cala maravillosa situada muy cerca del mirador y que nos habían aconsejado por lo bonita y tranquila que era. Realmente no nos habían engañado, aguas azules de tonos turquesa y marino, arenas blancas y frías. Dicen que la arena es el aire acondicionado de estas playas debido fundamentalmente a su composición hecha a base de pequeñas partículas de conchas marinas. La única pega eran las olas, que aunque no muy grandes sí bastante molestas.


                         


Estuvimos unas tres horas y volvimos al hotel, no sin antes pasar por un bar para beber cualquier líquido potable, sólo a nosotros se nos ocurre ir a la playa sin bebida.

Pasamos la tarde sin pena ni gloria, de aquí para allá, viendo como la gente celebraba el día de los muertos en el que casi todo el mundo se disfraza de esqueleto y campan a sus anchas por las calles en ambiente festivo. Un día raro para celebrar.

Nos fuimos a dormir a las 20:00 h por aquello del jet-lag. A cosa de las 3:30 de repente me despierta una música, son ellos de nuevo, son los mismos. Se oyen menos puesto que estamos enfrente, pero aún y así no dejan pegar ojo. Suerte que la música que tocan me gusta aunque a estas horas lo que más me guste es dormir. En fin, son las 5:00 h y me hallo escribiendo este diario a la espera de que amanezca y partamos hacia Chichén Itzá, con la música a otra parte, ciertamente nunca mejor dicho.







CHICHÉN ITZÁ



Sobre las 7:30 a.m. dejamos el hotel y nos dirigimos hacia la central de autobuses que estaba a unas 5 cuadras (manzanas). Al llegar comprobamos que había autocares directos a Chichén-Itzá a las 8:45 y a las 9:05, por tanto hemos tenido suerte de levantarnos tan pronto.

El camión (como los llaman aquí) tardó unas dos horas y media y nos llevó a la puerta misma de las ruinas. Durante el trayecto hemos pasado cerca de Valladolid, quizá si a la vuelta nos sobran días podemos acercarnos ya que está muy cerca de Cancún.

Una vez en las ruinas preguntamos para ir al hotel Mayaland, un cinco estrellas al ladito de las ruinas. Es por esta ventaja por lo que los libros de viajeros aconsejan que si en la Ruta Maya decides dormir en algún hotel de lujo éste es el ideal para hacerlo. Pero mira por donde que nos dicen los vigilantes de la entrada que la puerta que comunicaba el hotel con las ruinas se cerró y que por tanto el sendero que las unía estaba cortado. El camino que se tiene que hacer en la actualidad para llegar es de 3 Km. debido a que ha de efectuar un rodeo pasando por el pueblo de Pisté. La ventaja de estar cerca había desaparecido y por tanto decidimos dormir en cualquiera de los hotelitos de la carretera a Pisté y que están a 1 Km.

Antes visitamos las ruinas ya que en la recepción tenían guardaequipajes, que era gratis como el acceso a las ruinas por ser domingo, cosa que el bolsillo agradece aunque sea de vez en cuando. Lo único que se había de pagar era un fuerte recargo (4 $ U.S) por la cámara de vídeo, y no sólo aquí sino en todas las ruinas de la Ruta Maya.. Esto podría ser un pequeño problema que solucioné introduciendo la cámara de vídeo en una pequeña mochila que llevaba Marta en la espalda. Pasamos sin ningún problema.



Caminando unos 300 metros a lo largo de un ancho camino bordeado en sus límites por una espesa vegetación selvática se aparece una de las grandes pirámides mayas, el Castillo de Chichén-Itzá.





Tiene su base 50 metros y alcanza una altura de 30. La construcción simboliza un gran calendario de piedra.

Tiene 9 niveles o pisos separados en el centro por una escalera conformando 18 terrazas (18 es el número de los meses de 20 días que formaba el año maya).





Las cuatro escaleras tienen 91 escalones cada una y sumando la plataforma superior nos dará 365 peldaños o días del año simbólicamente hablando. Es de recibo comentar que los mayas fueron profundos estudiosos de la astronomía y llegaron a ser grandes eruditos en la materia. Un fenómeno sorprendente, que a la vez corrobora lo dicho anteriormente, es el que se da en los equinoccios de primavera y otoño (o sea, 21 de marzo y el 21 de septiembre). Se trata de un juego de luces y sombras que aparecen en un lado de la escalinata norte. Ésta posee en la parte inferior una cabeza de serpiente esculpìda en piedra y cuando llega la fecha indicada se le dibuja el resto del cuerpo en forma de triángulos, dando la sensación de que la serpiente baja por la pirámide. El fenómeno dura

aproximadamente 3 horas y 22 minutos.


Nos pusimos a escalar la pirámide, y digo escalar porque los peldaños son muy estrechos y tienes que ir agarrándote en una cadena clavada a lo largo de la ascensión de manera que es lo único en lo que te puedes sujetar en caso de un más que probable resbalón con su consecuente descenso rápido. La subida vale la pena puesto que el paisaje es superior, imaginaros poder ver la selva desde una torre muy alta que te permita ver vegetación en cualquier lado que mires hasta el horizonte. Subir a las pirámides sólo estaba tolerado a sacerdotes y reyes mayas, desde luego la vista parece que realmente esté permitida únicamente a los privilegiados.

En el interior de la pirámide hay más sorpresas. Debajo de la escalinata norte tiene otra escalera que accede a un pasadizo interior antiguamente secreto. Es como una pirámide dentro de otra, para que os hagáis una idea yo lo compararía con la cúpula de Brunelleschi en la catedral de Santa María de Florencia aunque sin tantas escaleras. Cuando llegas arriba, bañado en sudor por el calor húmedo del interior, se aparece un jaguar rojo cuyos ojos incrustados eran de jade, debía ser el vigilante de la pirámide.
El complejo de Chichén-Itzá se compone de otras ruinas de las que nombraré una parte y haré una breve explicación para no extenderme demasiado y caer en una aburrida descripción arqueológica que cualquier lector interesado podrá encontrar en libros más especializados.
Tenemos al norte un camino que va al Cenote sagrado, que es un pozo natural cavado en roca caliza la cuál compone la mayoría del suelo de la península yucateca. Dedicado al dios Chac de la lluvia se le ofrecían sacrificios humanos. Una expedición en los años sesenta halló en el fondo del cenote cuerpos de mujeres y niños así como objetos valiosos.


Al oeste del castillo está el recinto del famoso juego de la pelota maya. 

Es el mas grande e importante de los ocho que se pueden encontrar a lo largo de la ruta maya, sus dimensiones serían algo más pequeñas que una cancha de fútbol aunque aquí las porterías se encuentran en los laterales con forma de anillas de piedra por las que debían colarse las duras pelotas de caucho. Francamente algo difícil ya que el diámetro de los aros era casi igual que el de la pelota. El juego terminaba con el sacrificio del equipo perdedor aunque a veces sólo moría el capitán. Algunos expertos aseguran que los sacrificados eran los vencedores porque morir era un honor. Sea como fuere yo os aseguro que no jugaba. Os imagináis en la actualidad un partido del Barça, una vez terminado con victoria del equipo, va y le cortan la cabeza al Messi. Bueno más de uno del Madrid le gustaría y de todas maneras justificarían el dinero que cobran.



También nombrar el Tzompantli o plataforma de calaveras esculpidas en piedra sobre las que se ponían apiladas las de verdad con la función de intimidar a los enemigos de los itzáes.
En fin y otras que seria largo de enumerar y que nos llevaron unas cinco horas el recorrerlas hasta que literalmente nos echaron a las 17:00 horas.
Entonces cogimos las mochilas y en taxi seguimos hasta el hotel Pyramides donde nos bañamos en la piscina y cenamos. Cuando se hicieron las siete de la tarde nos dirigimos de nuevo hacia las ruinas esta vez para ver el espectáculo nocturno de luz y sonido. El show trata de explicaciones de la historia maya combinadas con juegos de luces que van iluminando los monumentos. Las voces penetrantes de los narradores envueltas en una noche estrellada y oscura hacían poner los pelos de punta a cualquiera. Claro que esto pasaria si el bebé que teníamos detrás no llorara, el que tosía se curase, el que reía y hablaba con el vecino se callase, etc. En fin, que no hubiese gente, o que la hubiera pero con ganas de aprender y escuchar, cosa normalmente imposible.


A la mañana siguiente fuimos a las grutas de Balankanché a unos 6 Km. de las ruinas de Chichén. Nos acercamos en taxi y se ofreció a esperarnos para el retorno debido a que la carretera está poco transitada.

El recorrido por las cuevas es de unos 40 minutos. Al empezar el camino encuentras una escalera semiestrecha que baja unos veinte metros y en ese punto comienza a ensancharse.

Nada más te dispones a descender comienza a iluminarse la gruta de diferentes colores y una voz comienza a relatar el significado que para los mayas tenían las cavernas y pasillos bajo tierra. A lo largo del recorrido se ven otros caminos que se separan del principal y a saber donde deben parar puesto que tú no puedes abandonar la ruta señalada.

Por fin se alcanza una sima ancha llena de estalagtitas y estalagmitas que parece aguantarse por una gran columna central rodeada de ofrendas de cerámica y piedras mayas. Siguiendo el camino se va a parar a un río subterráneo que imposibilita continuar. La vista es muy bella, el techo se ve reflejado en el agua de modo que pese a tener el río poca profundidad dibuja el mismo grosor del techo y da la sensación de un gran túnel redondo. Este es nuestro punto de retorno por el mismo camino que anduvimos. Al salir te molesta la luz pero encuentras un gran alivio al respirar aire puro, aquí las cavernas te ahogan con su calor húmedo.
El pequeño taxista continuaba allí fuera esperando, hablando con el vigilante de las grutas. Cuando nos vió preguntó si nos había gustado el paseo y nos abrió la puerta de su flamante escarabajo. Montamos y nos dirigimos hacia Pisté. Es curioso la de coches escarabajo que hay en México, dicen que en nuestra fauna uno de cada cinco animales es un escarabajo, aquí la estadística es superior si la comparamos en automóviles.





MÉRIDA Y LA RUTA PUUC




Dejamos Chichén-Itzá a mediodía. Habíamos perdido anteriormente el autobús de las once por cinco minutos. Esperamos una hora acompañados por los crios de Pisté que no paraban de venderte cosas o de ofrecerse a llevarte a cualquier restaurante para comer buenas quesadillas o tacos recién hechos, no obstante desaparecían rápidamente si les interrogabas de porqué no estaban en el colegio o de cualquier tema relacionado con eso.


Así que a las doce y media salimos hacia Mérida, capital del estado de Yucatán y centro de la cultura maya, aunque en la actualidad sólo sea el centro comercial de la península. Mérida está ubicada en el noroeste del estado yucateco y con sus 600 mil habitantes es la ciudad más grande de la zona.


Nos alojamos en el hotel Dolores Alba, que por cierto, la dueña es catalana aunque por el aspecto físico y por su acento parecía una gringa. Una vez dejado el equipaje corrimos a comer a algún sitio, ya eran las tres y media. Fuimos al restaurante los Almendros y probamos las especialidades de la región, pollo a la yucateca, pierna de puerco a la brasa, tacos, etc. Casi no pudimos levantarnos de la mesa al final de la comida porque a parte de pedir bastante por el hambre que llevábamos, hay que decir que los mexicanos ponen unos platos bien llenos y con gran cantidad de guarnición.


Al salir del restaurante estaba lloviendo, más bien chispeando y antes de seguir hacia el centro pasamos por el hotel para recoger los impermeables.


El centro cívico es típicamente colonial, con su plaza en el centro y su palacio de gobernación en frente de la iglesia. Paseando encontramos un kiosco que tenía prensa española lo cuál me alegró enormemente, no me gusta desconectarme de lo que ocurre en casa, aunque el tópico sea decir lo contrario. Así que volvimos al hotel a darnos un chapuzón en la piscina y a devorar página a página el noticiario que había caído en mis manos.


Al día siguiente nos dirigimos hacia el norte de Mérida, concretamente a Dzibichaltún y a Progreso que se encuentran a unos 15 y 30 kilómetros respectivamente.






Del primer lugar decir que su importancia es astronómica, y no me refiero en cuanto a grandeza sino como dice la palabra, astronómicamente hablando. La posición de las ruinas del llamado templo de las siete muñecas es matemáticamente perfecta. Su orientación permite que atraviesen por sus puertas y ventanas haces de luces en fechas señaladas como equinoccios y solsticios, una verdadera máquina astronómica. Pero lo mejor de las ruinas, a pesar de todo, es el baño en el cenote Xlacah. Después del largo paseo bajo el abrasador sol tropical, un buen chapuzón en un pozo natural de aguas cristalinas es el mejor antídoto para el calor. Una vez fuera del recinto andamos un kilómetro hasta una pequeña carretera, allí nos tumbamos en el suelo tomando el sol y esperando que pasara algún tipo de transporte público. Durante media hora sólo pasaron pequeñas motos y bicicletas, hasta que por fin nos recogió una pequeña furgoneta que nos llevó hasta la carretera principal donde nos dejó debido a que ellos continuaban hacia el sur, camino de Mérida. Nos quedamos esperando en una parada de bus de las de cemento dentro de la cuál no había asientos por lo que dedujimos que sólo servia para refugiarse de la lluvia cuando la hubiera. Para lo que sí servia era para alojar montones de basura que se apilaban detrás de la caseta, por tanto decidimos esperar el autobús a cierta distancia prudencial de ese pequeño vertedero.





                                


Pasó de nuevo otra de estas furgonetas pequeñas o colectivos con capacidad “teórica” de unas 8 personas que son como una especie de taxis piratas. Vas estrecho pero son baratas y es una buena manera de contactar con la gente del lugar que siempre dan conversación y mas sabiendo que hablas en su idioma. Nos subimos y continuamos hacia Progreso.

Esta ciudad marítima hace de puerto de Mérida y también de pueblo costero de fin de semana para los de la capital. Esto no es aplicable a nuestro concepto de metrópoli, aquí las ciudades son pequeñas. El baño en la playa no lo vimos muy recomendable, las aguas tenían un color un tanto sucio no sabemos si por la proximidad del puerto o porque este día estaban bastante agitadas. Era por tanto más apetecible darse un atracón de marisco y pescado fresco en alguno de los restaurantes del paseo marítimo.




Volvimos a Mérida al atardecer pero esta vez en un abarrotado autobús de línea que cogimos en la central del pueblo.




LA RUTA PUUC


Los dos días siguientes los dedicaremos a recorrer la ruta Puuc, al sur de Mérida, visitando la gran Uxmal, Sayil, Labná, Kabah y Xlapak. 

Os pongo el link de la Ruta Puuc, uno de esos lugares catalogados en mi sección de Rincones de Plata  LA RUTA PUUC. clicad en el enlace y leer la aventura que tuvimos por esa parte de la Ruta Maya del todo imprescindible. Si no lo creéis mirad las fotos de abajo.

Mirador de Labná


ruinas de Sayil

cima de la pirámide del adivino
pirámide Adivino Uxmal

Después de esta ruta de casi 2 días continuamos camino hacia el Norte. Creo que íbamos perdidos puesto que circulábamos por carreteras demasiado pequeñas y no parecía la ruta que habíamos escogido en el mapa. En una callecita de un pueblacho vimos unos quince niños jugando en el patio de una casa. Nos acordamos que llevábamos una gran bolsa de caramelos sugus y empezamos a repartirlos desde el coche como si fuera una improvisada cabalgata de reyes. Se produjo un gran alboroto y los críos daban saltos de júbilo y se amontonaban alrededor del escarabajo sacando tres manos cada uno. Con el follón salieron rápidamente los mayores de la casa pero al ver de que se trataba todo el revuelo nos lo agradecieron con una sonrisa. Los niños para que contar, más contentos que la hostia y una cara de incrédulos que alucinaba. A santo de qué aparecen a mediodía de un día cualquiera en un pueblucho que no sale en el mapa dos extranjeros en un escarabajo que les atiborran de caramelos. Nos despidieron con saludos y sonrisas.

Desde luego esa gente no parecía que hubiese visto muchos turistas en su vida lo que significaba que realmente nos habíamos salido del circuito principal que a su vez ya era secundario. Tuvimos que circular por una carretera muy estrecha aunque asfaltada. Finalmente desembocamos a la carretera correcta y tuvimos que retroceder diez kilómetros hasta las ruinas de Mayapán.




Mayapan se fundó en 1007 y logró el liderato del Yucatán bajo la dinastía Cocom. Este predominio sobre Chichén Itzá y Uxmal duró casi dos siglos y medio hasta que el gobernante de Uxmal, el señor Ah Xupán Xiú encabezó una rebelión de las ciudades estado oprimidas y derrocó a los Cocom. La ciudad de Mayapán era bastante grande. Los arqueólogos de los años cincuenta registraron más de tres mil edificios y veinte cenotes así como restos de murallas. La actualidad es desoladora. Todos los edificios están comidos por la selva, pero un ejercito de obreros se encarga de reconstruir las ruinas. Cuando llegamos Marta y yo era la hora de comer y muchos de ellos se disponían a ello. Nos dimos una vuelta y nos cercioramos de lo mucho que queda por hacer. Sólo un par de pirámides están medio acabadas y yo diría que más que reconstruidas han sido construidas puesto que no se parecen a nada de lo que hay alrededor. Nos apalancamos al lado de unos obreros y nos pusimos a comer. Comentamos que este complejo sería una atracción turística en el futuro por el despliegue de obreros que trabajaba y por la inmensidad del área que abarcaba, aunque en la actualidad los únicos viajeros que estábamos éramos Marta y yo. Acabado el pan con chorizo y unos buenos tragos de agua para combatir el calor, dimos la última vuelta viendo trozos y trozos de piedra, trabajadores sacando escombros y limpiando hierbas. Era la hora de irse.
Continuamos hacia Mérida, a unos 43 km. hacia el norte, y nos dirigimos directamente al hotel. Allí se quedó Marta y yo me fui a la plaza central a comprar el diario español (último que conseguí hasta mucho tiempo después) y retorné al hotel donde nos dimos un gran chapuzón en la piscina para reconfortarnos de este periplo de dos días.





CAMPECHE


Antes de devolver el coche a la agencia de alquiler dejé a Marta en la central de autobuses de primera ADO, donde pudimos ver que el autobús salía a las 9:00 horas y que no había otros hasta mediodía. Tenía 25 minutos para entregar el vehículo y volver a la central de buses. El papeleo llevó un poquito de tiempo así que una vez dejado el coche empecé a correr por entre las calles intentando tomar atajos entre parques y por fin llegué, sudando como un condenado, pero llegué. El autobús ya estaba en marcha, pusimos rápidamente las mochilas en el portaequipajes y fue subir y al minuto salió. Que gran alegría que llevara aire acondicionado, pero también llevaba televisión y vídeo y vimos una película durante el trayecto. A partir de ahora ya sabíamos que compañía de buses debíamos utilizar: ADO. Estas compañías de primera que enlazan ciudades importantes no se pueden comparar con los “camiones” que enlazan los pequeños pueblos y trayectos cortos, aunque también hacen largos recorridos para presupuestos más ajustados, pero en general estos últimos son realizados por ADO, Cristóbal Colón o Maya de Oro. De todas maneras bien vale la pena gastarse un poco más pero ir con las comodidades mínimas, tampoco os penséis que son autobuses de lujo pues llegan al bolsillo de casi todos los mejicanos.

A las tres horas de viaje arribamos a Campeche, capital del estado del mismo nombre. Es el estado menos visitado de la península del Yucatán pese al atractivo de las ruinas de Edzná. Lo cierto es que en nuestra corta estancia en el estado no vimos un solo viajero, solamente cuando llegamos al hotel nos cruzamos con dos que en esos momentos marchaban cargados con sus mochilas. El hotel colonial nos lo aconsejó el chico de información turística de la central de buses de Campeche. Llegamos en taxi y una vez inspeccionadas las habitaciones y dado el visto bueno descargamos las mochilas del taxi.

El hotel Colonial era la casa del antiguo Teniente del Rey de España, bastante antigua pero restaurada, con habitaciones pequeñas pero cómodas, limpias y con un gran ventilador que pendía del techo y que hacía un ruido que envolvía el silencio de la casa. El hotel lo llevaba una vieja pareja que por su aspecto descendían de españoles lo cuál fue confirmado por el señor que nos dijo que sus antepasados eran gallegos, para variar. Les preguntamos por una lavandería, había una justo en la calle inferior en dirección al puerto. Cogimos la bolsa de la ropa sucia y la llevamos.


Aprovechamos la tarde para comer una gran parrillada de marisco y dar una vuelta por esta pequeña ciudad de 170000 habitantes. Las actividades a que se dedica la mayoría de la población es a la pesca y la extracción de petróleo. Pero no siempre fue así, antaño Campeche era un puerto muy próspero dedicado a la exportación de madera y tintes, así como del oro y la plata de las regiones vecinas. Esto desde luego no pasó inadvertido a los piratas del caribe que la comenzaron a atacar tan sólo seis años después de su fundación en 1540. Durante dos siglos aterrorizaron Campeche, violando, incendiando y saqueando a su población.

En 1668, cinco años después de un bestial ataque de todas las hermandades piratas unidas, la monarquía española decidió construir una gruesa muralla de 2,5 km. en forma de hexágono y que rodeaba la población. La muralla tenía cinco baluartes o nexos de unión entre los lados de la muralla, que actuaban como fuertes donde se alojaban las tropas, debido a su gran tamaño. En la actualidad sólo quedan cuatro baluartes y gran parte de la antigua muralla, que se convierte en la mayor atracción turística de la ciudad. Para visitar la ciudad hay un trenecito turístico que decidimos coger porque la verdad no sabíamos que hacer para pasar el rato. Fue muy divertido mas que nada por las explicaciones de la chica que iba junto al conductor. La pobre chica comentaba lo que ibamos viendo con un micrófono en mano. El viento soplaba fuerte y el micro se acoplaba y distorsionaba por lo que la explicación quedaba sumida en una confusión que además aumentaba ella misma equivocándose y autocorregiéndose constantemente. El resultado era un cachondeo general en el tren. El vehículo iba lleno de parejas de novios, estudiantes de la zona y algún que otro anciano que no sabía como pasar el rato y todos sonreíamos por lo absurdo de la situación. Total que del paseo sacamos una vista general de la ciudad sin cansarnos pero de la explicación sólo extrajimos confusión de fechas y de nombres y al final no tenías muy claro si eran los españoles o los piratas o los camarones de la playa los que habían construido la muralla.


Al día siguiente nos dispusimos a visitar las ruinas de Edzná. Había alguna que otra excursión organizada en la que entraba el desplazamiento, guía y pic-nic por unos “35 dólares” por persona, qué locura. Juegan con la dificultad y falta de información de los autobuses de trayectos cortos que a partir de ahora y definitivamente llamaremos “camiones”. A las siete de la mañana nos dirigimos a la central de camiones de Campeche. Era un local o descampado al lado de un mercado en el que la gente esperaba que una de esas cafeteras se pusiera en marcha con destino a su aldea. Había un techo de uralita y unos bancos de madera frente a unas grandes mesas donde la gente se apilaba y desayunaba. Algunos dormían sobre su equipaje en el suelo, a saber si llevaban toda la noche allí. Otros iban cargados de gallinas,etc.

Preguntamos a unos conductores que estaban en el interior de un camión si algún vehículo de aquellos pasaba cerca de las ruinas de Edzná. Nos dijo que era ese mismo camión y que estaba a punto de salir. Me hizo bajar y se asomó a la puerta mientras los otros dos conductores descendían. El hombre gritó: “ Nos vamos, nomás”, y se organizó un pitote del copón. Sálvese quién pueda, suerte que a Marta y a mí nos cogió en la puerta y pudimos coger sitio.

Los últimos viajaban de pie y eso a nadie le gusta. Me encanta viajar así aunque a Marta le desespera bastante. Ya estabamos acostumbrados a los camiones y colectivos de Ecuador y Perú por lo que no era nuevo para nosotros pero sí nos traía muchos recuerdos de Sudamérica. A cada curva se te venía gente encima y casi se sentaban contigo. Los olores son fuertes aunque aquí las gallinas viajan fuera. Recuerdo cierta vez en la costa de Ecuador que uno subió al camión con un chancho (cerdo) y cuando el conductor lo olió y oyó le hizo viajar en el techo, aunque no sé si lo hizo porque le dio vergüenza que viéramos que los cerdos viajaban en autobús sin ningún reparo. Aunque como digo las gallinas sean usuarios cotidianos de los transportes públicos. También aquí los indígenas los aprovechan para llevar sus productos a la ciudad por lo que es normal viajar también entre sacos de patatas y otros tubérculos y productos del campo. Todos los asientos son utilizados y a veces añadiendo niños sobre la gente, los que sobran se agolpan alrededor de los viajeros extranjeros que haya, puesto que son el pasatiempo del trayecto ya que te observan y te sonríen.



A 30 km. de Campeche se encuentran las ruinas de Edzná. Tardamos más de hora y media porque el camión se internaba por pequeños caminos hasta aldeas y luego volvía a retroceder a la carretera principal. El conductor nos gritó que esa era la parada de las ruinas y bajamos como pudimos del bus. Nos dijo que dentro de una hora pasaría de nuevo por ese cruce en su camino de retorno hacia Campeche y que sólo su camión hacía ese recorrido. Si no queríamos dormir en las ruinas debíamos visitarlas en una hora. Se marchó el camión a toda velocidad y se fue haciendo pequeñito hasta que desapareció en el horizonte. Un gran silencio quedó en la desierta carretera.





Un cartel anunciaba las ruinas a 2 km. por un sendero perpendicular a la carretera. Comenzamos a caminar y al cabo del rato divisamos una caseta de entrada a las ruinas. Pagamos la entrada a un viejecito que estaba echando la siesta en una silla cuando llegamos. Nos dijo que las ruinas estaban adelante, siguiendo un pequeño camino que cruzaba el bosque. Cuando llegamos nos maravilló lo que vimos. Después de la odisea que habíamos realizado para llegar y de lo desierto, mal indicado y cutre que había sido todo el recorrido nos pensamos que las ruinas serían dos piedras mal puestas y cubiertas por la selva al estilo de Mayapán pero sin nada restaurado. Nada más lejos de la realidad. Era excepcional. Unas ruinas majestuosas solas para nosotros. La pena es que sólo disponíamos de una hora. Intentaré describirlas rápidamente. Al salir del bosque entras en una plaza rectangular no muy ancha pero muy larga, con forma de campo de futbol, rodeada de unas gradas en su parte derecha. Allí es donde hacía las celebraciones populares el antiguo pueblo maya. Al final de la plaza una pirámide de 10 metros de altura y a su lado se levantaba el palacio de los príncipes, éste último muy deteriorado. A la izquierda y para finalizar el perímetro de la plaza, se eleva una gran colina donde se adosa una escalinata que comienza en medio de dos enormes muros y sube hacia la cima entre templos a sus lados. Finalmente en lo alto, una majestuosa pirámide de 5 niveles o pisos y 65 escalones a parte de los de acceso.






Contemplamos la pirámide desde las gradas y decidimos atacar su cima. Cruzamos la plaza y comenzamos a subir las interminables escaleras. Arriba había una pequeña plaza en comparación a la de abajo, rodeada de edificios y presidiendo todo la gran pirámide.

                          

Comenzamos a escalar peldaños hasta llegar a la cima. De nuevo en la cumbre de una pirámide, que maravilla. Debe ser la misma sensación que se tiene al escalar una montaña y llegar al pico.




                           


La paz y el silencio se apodera de todo, la selva inmensurable rodea el complejo de la vieja ciudad de Edzná y se pierde en el horizonte. Sólo se oye la agitada respiración que no sabes si es por la escalada o por la emoción del momento. Chispea la cerilla que enciendo y cruje el tabaco cuando inhalo una gran calada observando lo que rodea. Marta se ha ido a investigar los cuartitos de la cima de la pirámide. La ciudad es nuestra. Pero nos damos cuenta que el tiempo no lo es y que la hora ha pasado ya. Comenzamos a bajar rápidamente y tomar el camino en dirección a la carretera. Una vez en el cruce comprobamos que la carretera estaba desierta. Esperamos cinco minutos y al ver que el camión no venía decidimos desayunar unas latas. Después de media hora empezamos a dudar y pensamos en la posibilidad de que ya hubiera pasado, sería una putada dormir allí, no había alojamiento ni teníamos equipaje. Hacer dedo aquí es una tarea casi imposible pues no pasan casi coches. Mientras calibrábamos todas estas posibilidades vimos aparecer en el horizonte un vehículo cuya forma se distorsionaba con el calor del asfalto. Poco a poco se iba acercando, parecía el autobús. Lo era, comenzó a pitar como un loco, avisándonos que era él. De un salto nos pusimos de pie y el mismo conductor de antes nos abrió las puertas y dijo que subiéramos nomás.


Así que a media mañana estábamos de nuevo en Campeche. Decidimos que por la región no había nada más que nos interesase y después de recoger el equipaje del hotel nos acercamos hasta la central de buses ADO para ir hacia Chiapas al sur del país. Nuestro primer destino en ese estado era Palenque. Comencé a buscar la ciudad en los paneles de salida y sólo había una , a las 19:00. Maldita sea nuestra suerte, además hay que contar que hay unas cinco horas de viaje y que circular de noche es peligroso. Podría haber alguna posibilidad de conectar con Palenque desde alguna ciudad situada más al sur. La expendedora de los boletos (billetes de viaje) nos aseguró que habría conexión desde Emiliano Zapata, población situada a 50km al sur de Campeche. Esperamos dos horas y partimos hacia allí. Llegamos a las 18:30 a esa ciudad y me dispuse a comprar los boletos hacia Palenque entre unos mosquitos del tamaño de mi mochila. ¿Qué no hay buses a Palenque hasta mañana? Pero que cachondeo es este, la chica de Campeche nos dijo que había uno cada media hora. –No señorcito eso no es verdad, hasta mañana no hay otro, nomás-. Joder que putada, aquí la gente se saca los problemas derivándolos hacia otro sitio, o peor, hacia otra ciudad. Bien, otra posibilidad era ir en taxi. Salí al exterior de la central y pregunté a un taxista lo que nos cobraría por ir hasta Palenque. Me dijo que unas 1600 ptas. Regatee e incluso me fui como si no estuviera del todo interesado. El taxista siguió impasible leyendo el diario, incluso me pasee un rato por allí y comimos algo cerca de la parada, pero nada. Realmente ese era el verdadero precio que costaba ir a Palenque en taxi. Así que cogimos el equipaje y aceptamos los 100 pesos que costaba el trayecto. Viajamos todo el rato de noche. Cuando veías algunas luces paradas en el arcén te llevabas un sobresalto pero resultaban ser coches averiados, en fin, todo salió bien y no nos asaltaron. Hacía poco que un amigo nuestro había estado en Méjico y el autobús que iba delante del que viajaba fue asaltado y ellos pudieron librarse porque el conductor maniobró bruscamente hacia atrás y salió a toda velocidad de la zona.


El taxi nos dejó en la puerta del hotelito que elegimos, se llamaba Maya tulipanes. Era muy bonito, decorado con las estelas grabadas que se conservan en las ruinas de Palenque. En el patio había un gran dibujo pintado en la pared con la totalidad de la Ruta Maya y los países que abarca, Méjico, Guatemala, El Salvador, Honduras y Belice. En este hotel pasaríamos unas cuantas noches.






PALENQUE


Palenque se encuentra en el norte del estado de Chiapas, aunque por su relieve pertenezca a la llanura selvática de la península del Yucatán. A lo largo de la semana que pasamos en Chiapas aprendimos muchas cosas y conocimos mucha gente digna de recordar. Mas que un estado en guerra es un pueblo indignado por la opresión política, pero esto ya lo veremos más adelante, ahora sólo decir que fue una semana de aquellas que difícilmente se pueden olvidar.
El domingo bien temprano nos fuimos hacia las ruinas. Palenque en festivo puede ser agobiante, así que hay que adelantarse a los grupos de turistas y estar a primera hora en la entrada como si se tratara del primer día de rebajas en un gran centro comercial. De esta manera y al menos durante una hora visitas las ruinas casi sin gente.
Palenque quiere decir fortaleza y viene del idioma castellano. Dicen que Hernán Cortés pasó a 40 km de la ciudad y no se dio cuenta de su presencia, lo que significa que en el siglo XVI era una ciudad completamente olvidada incluso para los indígenas autóctonos de la zona.



En la entrada al recinto había indios lacandones vendiendo artesanías, más tarde hablaré un poco de estos indios. Subimos unas escalinatas y por fin accedimos al interior de la zona arqueológica. Sólo han sido excavados 35 de los casi 500 edificios de Palenque, aunque son los más importantes. En la antigüedad todos los edificios estaban pintados de rojo, todos estaban construidos con piedra, sin herramientas metálicas y sin conocer la rueda. Aparece de nuevo la idea de esos misteriosos extraterrestres que construyen pirámides a los ineptos indígenas, fruto del pensamiento occidental incapaz de concebir que las antiguas sociedades maya, azteca y egipcia tenían un coeficiente de inteligencia como mínimo igual al nuestro. La prueba de ello es el legado que en esos momentos estabamos visitando.



El edificio que caracteriza a las ruinas de Palenque es el gran palacio con su peculiar torre de techo artesonado en piedra.



Los expertos coinciden que desde allí la realeza maya y los sacerdotes observaban la puesta de sol tras el templo de las inscripciones, situado diagonalmente opuesto a ésta. Esto ocurría cada 22 de Diciembre, es decir, cada solsticio de invierno. El templo de las Inscripciones es muy importante por el hallazgo arqueológico encontrado en su interior. Dentro de ella fue enterrado el rey Pakal, relevante descubrimiento que demuestra que estas construcciones también fueron utilizadas como tumbas y establece un nexo de unión con la civilización egipcia. Una vez en la cima de la pirámide se entra en un cuarto interior en el que se accede a una escalinata que baja por un pasadizo anteriormente secreto hasta la cripta situada bastantes metros abajo. Esto fue descubierto en 1952 por Alberto Ruz Lhuillier cuya tumba se encuentra también en la pirámide. El arqueólogo encontró el esqueleto de Pakal y una máscara mortuoria de jade en el interior de la cripta.





Entre un tiempo cambiante, unas veces con sol otras nublado, recorrimos todo el recinto en unas cuatro horas. A las doce y media bajamos al pueblo en un camión, en dirección contraria no paraban de subir autocares con turistas. El pueblo de Palenque no es muy grande. Fundamentalmente toda la actividad se desarrolla a lo largo de la calle principal que tendrá unos dos kilómetros. Aquí encontramos una pizzería en la que hacían unas de las pizzas más buenas que comimos nunca. En esta céntrica calle se ubican unas cuántas agencias de turismo con diferentes excursiones por la zona. Teníamos en mente internarnos al sur en la selva lacandona y visitar las ruinas de Yachitxlán y Bonampak. Otra vista eran las cascadas de Misol-ha y Aguas azules, las dos ubicadas en el camino de Palenque a San Cristóbal de las Casas. La última era el viaje en lancha a Flores (Guatemala) vía río San Pedro. Estuvimos sondeando un poco los precios y finalmente dimos con una que era todo a nuestro gusto. Concretamos que el lunes y martes partiríamos hacia la selva lacandona, el miércoles a las cascadas y el lunes de la semana siguiente iríamos hacia Guatemala pero via río Usumacinta puesto que la ruta de San Pedro, más larga y exótica, hacía cinco meses que no se hacía. De jueves a domingo marcharíamos hacia San Cristóbal de las Casas por nuestra cuenta.


El lunes de madrugada nos recogió una combi en nuestro hotel. En su interior iba el que sería nuestro guía por la selva durante un par de días y un alemán que viajaba sólo. El germano era alto y delgado, un poco despistado y hablaba un castellano bastante rudimentario pero suficiente. Viajaba hacia Guatemala. Nuestro guía era lo contrario del alemán, bajito, regordete y muy despierto, se llamaba Noé. Nos pusimos en marcha hacia la casa del dueño de la agencia de viajes para dejar nuestras mochilas como ya habíamos convenido el día anterior. De esta manera viajábamos con lo indispensable. Al llegar estuvimos llamando al timbre unas cuantas veces hasta que por fin se despertó. Eran las cinco de la mañana y os podréis imaginar el aspecto que tenía el sonámbulo. Continuamos hacia un hotel a las afueras y recogimos a cuatro americanos y una japonesa. Los yankies eran realmente curiosos, carrozas pero con aspecto hippie. Se llamaban Charlie, Rico, Thomas y Dutson. Ya nos conocíamos todos así que podiamos partir rumbo al sur, hacia la selva.


Nuestro destino estaba a 6 o 7 horas de coche, por una carretera no siempre asfaltada y llena de controles militares. La selva lacandona tiene acceso restringido, cuanto menos controlado. Esto es debido a unas cuantas cosas. La primera y más importante es que la selva lacandona es el refugio de los guerrilleros del frente zapatista de liberación nacional (EZLN) liderados por el subcomandante Marcos. La segunda es por los campesinos que se hacen pasar por guerrilleros y ocultando la cara con pasamontañas y armados con ametralladoras asaltan los turismos que circulan por la zona, sobretodo de noche. La tercera es por el gran tráfico de droga proveniente de Colómbia que atraviesa por la selva, aunque ésta sea una de los tantos pasos que utilizan los narcos en su imparable carrera hacia los estados unidos.


En el primer control de militares nos hicieron bajar de la combi y entregar los pasaportes al oficial que estaba en una caseta anexa a la barrera. Charli no llevaba pasaporte y la japonesa no lo tenía todo en regla. El oficial se puso duro y no quería dejar que pasaran. Se mantuvo una fuerte discusión entre oficiales y guías, puesto que habían dos más en el paso y también con problemas. Los guías mantenían el debido respeto al oficial ya que en méxico los militares son de los de antaño, ya sabeis. Pero a Charlie parecía no importarle mucho. Reclamaba su libertad de paso por cualquier zona de México llevando solamente la identificación norteamericana, pero el oficial le respondía que era cierto pero no para la selva lacandona. Charlie no paraba de decir: “oh, no problema en Méxicou”, con su acento yankie. Finalmente el oficial aceptó que pasaran, no sé si por la persuasión de los guías o por la “mordida” que debió recibir. Aquí se soborna con facilidad a los funcionarios. El siguiente control estaba a unas dos horas, este fue más fácil, incluso bromeamos con los jóvenes militares que al enterarse que éramos españoles nos preguntaron si éramos del Barça o del Madrid y bromeaban con Hugo Sanchez y Ronaldo. Charlie les dijo que había sido capitán de los marines en la guerra de Vietnam hacía 26 años junto con Rico. Thomas había estado en una base en Korea. En fin, que eran militares. Yo les iba a decir que también había sido militar durante un año y que había disparado un par de veces y que limpiaba muy bien los barracones y que tocaba el tambor en la banda, pero pensé que mejor era callarme. Pasamos el control sin problemas y continuamos hacia el río Usumacinta. Todavía quedaba el último puesto de inmigración en el que te sellaban el pasaporte ya que este río es la frontera con Guatemala y separa los dos países. Después del puesto llegamos a un pueblacho lleno de críos muy sucios y donde residían los lancheros que se alquilaban al que les pagase. El pueblo estaba lleno de barracas y en su única calle se apilaban barriles de gasolina para los motores de las lanchas que llenaban el embarcadero.




Mas que lanchas eran canoas con motor, y en una nos embarcamos rumbo a Yachitxlán hacia el norte. El solitario alemán se fue hacia el sur, a Guatemala. El mismo recorrido efectuaríamos nosotros una semana después.

Remontamos el ancho río durante 35 minutos. Sólo el motor de la canoa rompía el silencio de la selva. A mano izquierda asomó entre la vegetación lo que parecía una ruina maya. Efectivamente, tres minutos después la canoa se acercaba a la orilla y paraba el motor, habíamos llegado a las ruinas de Yachitxlán. Nada más bajar ascendimos un par de metros hasta nivel de tierra y ante nosotros se apareció un gran descampado artificial en mitad de la selva que lo utilizaban como pista de aterrizaje para avionetas. Habían tres aparcadas esperando que los turistas acabaran de ver las ruinas para iniciar su vuelo de retorno hacia Palenque. Nosotros habíamos preguntado en aquella ciudad el precio de un vuelo en avioneta hasta estas ruinas y realmente te arrancaban la cabeza. Es un vuelo para turistas con pasta y que además no dispongan de tiempo para llegar en coche, que ahí es nada.


                           


Las ruinas están muy deterioradas pero su entorno selvático y su difícil acceso le dan al lugar un encanto peculiar. De repente y a mano derecha remonta una colina que nos la tapaba la espesura de la vegetación. Se podía ascender por una gran escalinata y arriba se divisaba un gran templo. Cuando llegamos arriba nos encontramos a los yankies tumbados a la bartola en la repisa del templo, descansando de la caminata. Un olor a marihuana flotaba en el ambiente, vaya estos americanos carrozas eran unos chicos malos todavía. Lo cierto es que lo hacían bastante escondido porque mientras estuve con ellos nunca les vi fumar pero más de una vez reconocí el olor de la planta. Allí en la cima de Yachitxlán nos hicimos unas fotos en grupo y exploramos las pequeñas habitaciones del interior del templo que albergaban grandes cabezas de piedra. Cuando salimos descansamos un rato más. Unos monos aulladores que no veíamos nos dieron un estrepitoso concierto de gritos que hacían poner los pelos de punta puesto que parecía que los tuviésemos a escasos metros. Al rato decidimos tomar un sendero que bajaba suponíamos que en dirección a las ruinas. Mientras descendíamos contemplabamos restos de edificios entre la vegetación, piedras y mas piedras. Por fin aparecimos en la base de la colina y nos pareció que continuando hacia la izquierda estaría el primer templo de la entrada. Efectivamente, allí estaba, volvimos a cruzar sus oscuros y húmedos pasadizos iluminándonos con mi pequeña linterna hasta que dimos con el final de la laberíntica salida, o entrada depende del lado que la mires. Caminamos el kilómetro que nos separaba de la pista y llegamos justo a tiempo de ver despegar las dos últimas avionetas que faltaban por hacerlo. Maravilloso ruido, no creo que muchos animales quedaran por la zona después de estruendo semejante, los monos aulladores eran suaves en comparación a los decibelios que soltaban esos cacharros.


Antes de marchar comimos en una cabaña ubicada en el pequeño aeropuerto y después embarcamos en la canoa y descendimos el río hasta el pueblo. El viajecillo en barca lo aprovechó todo el mundo para dormir la siesta. El primero que cayó fue Noé, supongo que acostumbrado a hacerlo en cada viaje, luego y por simpatía de uno en uno, los demás. Sólo sobrevivimos a esta somnolencia Dutson y yo, y aprovechamos para charlar un rato. El tipo era curioso de verdad. Cuando entramos en las ruinas todos pusimos nuestro nombre, procedencia y profesión en un registro de control. Los demás eran abogados pero él había puesto “beach bum”. Le pregunté en que consistía esa rara profesión relacionada con la playa. Me dijo que la traducción de bum era duna o montículo. Por tanto su profesión era ser una duna de playa, o sea, que no curraba, hablando en plata. Vivía en una pequeña isla de Hawai y se dedicaba a vegetar y a contemplar el lento paso de la vida. Si tenía hambre pescaba o se subía a una palmera cocotera, si quería pasear lo hacía en bici y su hogar era una cabaña hecha por él. Que más se puede pedir para una jubilación después de trabajar veinte años como maquinista de tren. Dejamos de conversar, su mirada y la mía quedaron absortas en el río y la selva. Pude comprobar que su rostro estaba castigado por los años, su pelo ya canoso lo rejuvenecía con una coleta que le caía por la espalda y sus gafas graduadas oscuras no dejaban adivinar con certeza para donde miraba. Aunque vista no le faltaba, de repente señaló hacia delante indicándome que el pueblecito ya se divisaba. Despertamos a todos.


En el pueblo nos esperaba la combi que nos llevaría al poblado lacandón de Lacanjá. De nuevo pasamos por el control de militares, por suerte eran los mismos soldados de antes y se acordaban de nosotros, del futbol y del Vietnam. Bromeamos un rato más y thomas sacó la máquina fotográfica e hizo una foto. Noé le increpó y le dijo que si estaba loco, eran soldados y no se podían hacer fotos. Pero al soldado no le pareció molestar y le preguntamos si podíamos hacer fotos contestando afirmativamente. Los soldados posaron con nosotros con muy buen humor.


Y

o saqué la cámara de vídeo y Marta me dijo que me estaba pasando un poco, pero tampoco dijeron nada y filmé como hacían controles en la carretera. Al lado del puesto militar había un chiringuito con cervezas y Charlie y yo fuimos a comprar unas pocas, concretamente doce. De camino a Lacanjá sacaron una botella de tequila y dimos unos tragos. Noé nos comentó que era muy raro que nos hubiesen dejado fotografiarles y que el buen humor seguramente era debido a la detención de dos narcotraficantes que habían realizado el día anterior y por ello habían concedido varios permisos a la tropa. Paramos en una especie de gasolinera a repostar. Y digo especie porque eran un par de casas llenas de indígenas y gallinas, una mujer volcó un bidón en una gran regadera con una manguera en el extremo y con eso nos llenaron el depósito de gas-oil. Llegamos a Lacanjá cuando oscurecía.


Lacanjá es un pueblo de indios lacandones. Estos indios son descendientes puros de los mayas que huyeron a la selva oriental de chiapas en la conquista española. Hasta la década de los sesenta no tuvieron casi contacto con la civilización y por ello no habla casi ninguno el español. Su idioma está emparentado con el maya yucateco pero ellos le llaman simplemente “maya”. En la actualidad quedan pocos lacandones, no llegan a los cuatrocientos. Estos indios llevan una larga y lacia melena azabache y visten con una túnica blanca, más bien diría sábana, y bajo ésta van completamente desnudos.


Dormimos en la aldea del jefe Kim-bor. Cuando llegamos ya nos habían montado las tiendas de campaña en el interior de una cabaña. Noé comenzó a hacer la cena mientras nosotros íbamos acomodándonos en el campamento. Era todo muy espartano pero después de todo el día que llevábamos nos pareció acogedor. Después de cenar el pollo frito que nos preparó Noé tomamos unos tequilitas. Noé no bebía y se fue a dormir. Invitamos a Kim-bor pero rechazó nuestra invitación aunque nos lo agradeció. Pensé que era un jefe sanote y abstemio, gran guia espiritual de los suyos y por encima de los placeres mundanos. Mas tarde me enteré que era un borrachuzo de mucho cuidado y que no perdía la oportunidad de ejercer, no se había apuntado a la fiesta porque estaba medicándose con antibióticos. O sea, que no todo es lo que parece. No obstante en su tienda vendía cerveza y le compramos unas cuantas más. Al final de la noche cayeron 22 cervezas y toda la botella de tequila, no está nada mal. La borrachera hizo que la conversación fuera larga y distendida por lo que pude conocer mejor a los americanos. Los cuatro se conocían de bien pequeños, desde los cinco años, aunque Charlie tenía 9 años ya que es cuatro años mayor que los otros. Eran de un pequeño pueblo del estado de Washington situado a unos 400 km de Seattle. Charlie y su primo Thomas eran abogados. Habían sido militares y servido en Vietnam y en una base de Korea del sur respectivamente, Charlie luchó en Vietnam con Rico. Dutson el beachbum ya conocemos su historia. Pero lo que más me agradó del cuento es esa amistad duradera que compartían durante tantos años.


Su estancia en Chiapas era debida al intento de proceso de paz que se había realizado la semana anterior en San Cristóbal de las Casas. La cúpula del EZLN con Marcos a la cabeza habian conversado con miembros del gobierno del PRI. Charlie dio una conferencia durante el proceso puesto que pertenecía a una asociación pro derechos humanos. La japonesita iba con ellos pero muy bien no me enteré que pintaba en todo eso, aunque muchas veces no acabo de entender que pintan en muchos sitios los japoneses, llegando a la conclusión de que tiene que haber algún japonés en cualquier parte del mundo aunque sólo sea para no romper la tradición.


Las cervezas estaban calientes. Charlie hacía rodar las latas en un cubo de hielo. Me decía que así las enfriaban en la selva de Vietnam. Frotándolas durante un par de minutos se quedaban bien frías. Sólo había un problema, me decía, una cerveza sólo dos minutos, veinte cervezas cuarenta minutos. Volviendo a los americanos, decir que su periplo selvático era como una especie de vacaciones dentro de su viaje a Méjico.


Hablamos de otras cosas y durante toda la noche Charlie me recordó que en San Cristóbal no olvidase pasar por Na Bolom. Que qué es eso? Pues realmente no lo sabía, sólo sé que me comía el coco con el tema lo suficiente para recordarlo al día siguiente y también unos días después en San Cristóbal. La verdad es que valió la pena recordarlo pero eso lo relatare cuando llegue el momento. Ahora llevamos una cogorza considerable y los supervivientes de la noche, Charlie, Rico y yo nos disponemos a acostarnos dando unos cuantos tumbos antes de llegar a nuestra tienda.


Poco antes de amanecer ya estabamos en pie. Creía que me estallaba la cabeza,


puede que tomásemos demasiado ayer de madrugada. Nos aseamos un poco y nos dirigimos a la cabaña donde cenamos la noche anterior. Allí estaban los americanos. Thomas y Dutson bebían un barreño de café negro y Charlie preparaba más café en las brasas.

                           


Me saludaron efusivamente y recordamos la noche anterior. Rompímos a reir cuando vimos la cara que traía Rico. La verdad es que necesitaba un buen café y no del que tomaban los americanos que más se parecía al agua que a otra cosa.


Una vez preparados partímos hacia las ruinas de Bonampak, muy importantes arqueológicamente hablando por ser las únicas que conservan grabados en color. Nos acompañó un indio lacandón de Lacanjá. Noé nos lo presentó con el nombre de Pepe pero el indígena tenía otro nombre bastante más complicado, por tanto Pepe era más fácil para nosotros. A él no parecía molestarle. Pepe tendría unos veinticinco años aunque su rostro estaba muy castigado. Vestía al modo lacandón. Montó rápido en la combi y sólo asintió con la cabeza a modo de saludo. No sabía hablar español aunque un nuevo proyecto educativo estaba intentando que estos indígenas estudiasen nuestra lengua. La verdad es que no dijo mucho más a lo largo del día.


Nos adentramos en la selva hasta lo que nos permitió la carretera. En ese punto Noé nos dijo que no se podía avanzar más con el coche y que en adelante tendríamos que recorrer andando los nueve kilómetros que faltaban para llegar a las ruinas.




Pepe nos acompañaría durante el trayecto y él retrocedía hasta Lacanjá. Quedábamos con él en este mismo punto en que nos separábamos al mediodía, concretamente a las dos de la tarde. Comenzamos a andar hacia las ruinas. La carretera continuaba pero estaba en construcción. La idea era que algún día llegase hasta Bonampak, pero de momento era un gran camino lleno de piedras, baches y tierra, camiones transportando grandes rocas y alguna apisionadora parada en la cuneta. Comenzaba a hacer calor. Yo pensaba en lo que nos faltaba por recorrer, no sólo los nueve kilómetros para ir, sinó también los de la vuelta, y encima con una resaca de aúpa. Comenzábamos a arrepentirnos de esta visita cuando un gran camión nos pita y su conductor nos dice: “suban, nomás”. Creo que nunca olvidaré aquellas palabras. Marta y la japonesa subieron en la cabina con el conductor y los americanos y yo encima del remolque sentados sobre las grandes piedras. Nos preguntó si estabamos listos y arrancó. A 150 metros nos encontramos a Pepe, su paso era muy rápido y ya casi nos habíamos olvidado de él. El camionero le dijo que subiera y se agarró a la puerta del conductor y viajó así todo el camino. Así recorrimos 5 kilómetros llenos de baches y botes que nos obligaban a mantener el equilibrio en la piedra en que estábamos sentados cada uno para no caernos encima del resto de la carga. Algún frenazo que otro nos lo puso difícil pero por fin paró el camión. Habíamos llegado donde tenía que descargar, a partir de allí continuaríamos a pie. Medio kilómetro después el camino se estrechó y se transformó en un sendero de la selva. Allí no habían obras. Seguimos andando. Pepe a la cabeza. Caminaba muy rápido a pesar de ir descalzo entre piedras, charcos y lodo. Le íbamos dando cigarros para que aminorara el paso pero sólo duraba lo que tardaba en encenderse el pitillo, después continuaba su marcha rápida y constante. Veíamos como se alejaba su larga cabellera negra y humeante. Cuando alguien le alcanzaba, porque de vez en cuando paraba y nos miraba con cara de alguien que mira a un grupo de tortugas, intentaba entablar una conversación. Pero resultaba infructuosa, su español era casi nulo y su paso cada vez más veloz.

        

Al comenzar el trayecto íbamos esquivando barro y charcos pero no sirvió de nada porque acabamos empapados igualmente. Es más, la japonesa se cayó en una especie de arenas movedizas a lo cutre y tiñó el color de los tejanos de un azul marino a un marrón lodo oscuro. Marta los tiñó sólo de una pierna, y el resto, de tobillos hacia abajo no alcanzábamos a descubrir el antiguo color de nuestros zapatos. Empezamos a entender porqué los lacandones no llevan zapatos. Finalmente llegamos a Bonampak sin más incidentes.




Como he dicho anteriormente estas ruinas son famosas por sus grabados cromáticos, los únicos que se han conservado de todo el legado de la cultura maya. Las pinturas se distribuyen en tres cuartos anexos. La temática de las representaciones está distribuida por cuartos. El primero cuenta las luchas que mantuvieron con otra tribu, el segundo las fiestas celebrando la gran victoria y el tercero la coronación del joven rey guerrero. Seguimos ascendiendo por la colina donde hallamos repartidos otros restos de estancias y cuartos aunque en estos no se conservaban dibujos. En la zona trabajaban algunos obreros dirigidos por dos universitarios que se encargaban de la conservación de los restos arqueológicos.

                            

Después de hacer un rato más la cabra montesa por la empinada colina descendimos a la plaza rectangular ubicada en la base de la misma. Como teníamos hambre abrimos las bolsas de comida que nos habian preparado en Lacanjá. Pepe nos miraba desde la piedra en que estaba sentado a unos diez metros de nosotros. Le ofrecimos comida y al instante dió un bote, se acercó al sandwich que le ofrecía Thomas, lo agarró y se lo llevó a donde estaba sentado anteriormente. Lo mismo hizo con la manzana que le dimos después. Pepe no rechazaba nada de lo que le diéramos. Recuerdo que en el camino de vuelta le ofrecí un cigarro y lo tomó. Le dí otro para después y lo aceptó sin ningún tipo de reparo. Aunque para sorpresa mía sin acabarse el primero encendió el segundo y se lo fumó. Yo me acerqué y le pregunté si fumaba mucho, le dije que no era bueno fumarse un cigarro tras otro. Él me respondió con mímica que al hacer eso el humo le subía a la cabeza y lo mareaba y que esa sensación le gustaba. Me alivió el pensar que había conocido a Pepe esa mañana, quizá si hubiera sido la noche anterior se nos hubiera zampado el tequila él solito. De todas maneras por muy mareado que estuviera andaba que volaba y al poco tiempo se encontraba a 50 metros de mí.


Anduvimos en grupo esquivando de nuevo todos los obstáculos que se interponían por el sendero. Le comenté a Charlie si ese entorno selvático que nos rodeaba se asemejaba a la jungla vietnamita, respondiendo afirmativamente y comenzándome a narrar algunas experiencias de la guerra. El tipo imitaba onomatopéyicamente diferentes sonidos de armas y explosiones de una manera asombrosa. Supongo que eso se te tiene que quedar grabado en la mente para toda la vida. Después de imitarme un ataque aéreo me demostró como avanzaba el napalm rápidamente hacia delante, tras el cuál me dijo que contaban los cadaveres enemigos recogiendo los dedos pulgares que encontraban por la zona. Una cosa que me sorprendió es que cuando les sorprendían los disparos de un nido de ametralladoras las órdenes eran correr hacia él y neutralizarlo porque si se te ocurría huir en otra dirección seguramente te dispararían el resto del enemigo escondido para la emboscada. También le pregunté cómo había conseguido el grado de capitán a la edad de veintitrés años pues me parecía muy joven. Me respondió que cualquiera que tuviera estudios universitarios le ascendían rápido a oficial sin más.


Al rato dimos de nuevo a la carretera en construcción pero esta vez nos tocó andar todo el camino hasta la combi, los camioneros estaban almorzando. En total andamos 9 km, ahora nos faltaba recorrer otros 150 hasta Palenque pero sería en coche, por suerte. Marta y yo regresamos a Palenque en un escarabajo que conducía Noé. El vehículo se había quedado en Lacanjá y era necesario que alguien lo retornara a Palenque. Los americanos y la japonesa volvieron con la combi y otro conductor. El retorno se retrasó un poco y fue oscureciendo poco a poco. Noé le pisaba fuerte el acelerador, no quería encontrarse ninguna sorpresa por el camino. Rondaban últimamente salteadores por la zona. Noé decía que eran campesinos con pasamontañas y ametralladoras los que asaltaban y que la guerrilla no era, pero aquellos aprovechaban el conflicto para sacar partido del asunto. Además nos dijo que esos te mataban nomás. Al final sólo nos asaltaron militares pidiéndonos la documentación en un par de controles, nada más.


Llegamos a Palenque y nos despedimos de los americanos. Nos fuimos a nuestro hotel y nos pegamos una buena ducha reconfortante. Intentamos secar las botas con el secador del pelo pero estaban totalmente empapadas y no solucionamos gran cosa. Las rellenamos de papel de diarios y las dejamos toda la noche frente al ventilador. Al día siguiente estaban casi igual de mojadas. Nos pusimos el calzado de repuesto y dejamos las botas en un patio del hotel a ver si con el sol de todo el día acababan secándose. La verdad es que no sería fácil puesto que la mañana se presentaba totalmente nublada y lloviznando constantemente. Aún así partimos hacia las cascadas de Misol-há y Aguas Azules ubicadas en la carretera de Palenque a San Cristóbal de las Casas.


La cascada de Misol-ha se encuentra a 20 km de Palenque. Sus 35 metros de altura caen en una poza en la que se puede nadar si no fuera por la lluvia que caía. Una especie de camino entre las rocas te llevaba detrás de la catarata desde donde apreciabas otra fantástica vista del lugar a través del agua cayendo delante de ti. Aquel sitio bien merecía fumarse un cigarrito contemplando la grandeza de la naturaleza.

                    




Continuamos 30 km más hasta llegar a Aguas Azules. El río que baja se encuentra con grandes rocas calizas formando rápidos y al final de éstos se forman piscinas naturales donde puedes bañarte en esas límpidas aguas de color turquesa. Ese color de aguas se aprecia siempre y cuando no vayas en un día lluvioso como el que fuimos ya que el color turquesa se transforma en marrón debido a los sedimentos que transporta la escorrentía. También en un día como éste es peligroso bañarse, aunque los rápidos lo son siempre como demuestran las cruces desperdigadas por la orilla de los desafortunados bañistas que encontraron su trágico fin en estas preciosas cascadas. Cuando anocheció regresamos a Palenque.









SAN CRISTOBAL DE LAS CASAS






De todas las jornadas que tenía previstas en este viaje había una que me parecía peculiarmente peligrosa, al menos me preocupaba un tanto. Ese día era hoy. El trayecto de Palenque a San Cristóbal era muy inseguro en determinados ciclos de esta guerra civil no declarada oficialmente. Sobretodo era muy arriesgado viajar de noche. Tras preguntar en el pueblo cómo estaba la situación actualmente y viendo que por el momento todo parecía estar en calma, decidimos partir bien temprano en autobús. El recorrido de 190 km se podía hacer con suerte en cinco horas y media. La estrechez de la carretera y la costosa subida por el exagerado desnivel provocaban esa lentitud. Hay que pensar que Palenque está ubicado más o menos a nivel del mar y San Cristóbal se halla a 2300 metros. Tomamos un bus de la compañía “Cristóbal Colón”. Nos tocó ir sentados en el asiento de detrás del conductor por lo que pudimos escuchar la conversación que mantenía con el copiloto que iba de pie en las escalerillas de descenso que están al lado derecho del conductor. Comentaban que habían echado a un compañero porque en un accidente había dado positivo en la prueba de alcoholemia. Andaban diciendo que si hicieran esa prueba a todos los conductores de la compañía se quedarían con cinco nomás. Yo iba mirando esas curvas estrechas y una gota de sudor empezó a resbalar por mi frente. De vez en cuando se producían retenciones por el accidente de algún desafortunado que no había tomado la curva por su debido trazado o que quizá había “tomado” en exceso.
Pero al fin a mediodía arribamos a nuestro destino, San Cristóbal de las Casas, pequeña ciudad colonial fundada en 1524 por Diego Mazariegos.

                    



Desde buen principio los españoles hicieron grandes fortunas con la explotación y el trabajo de los indígenas, quienes perdieron sus tierras y fueron auténticos esclavos del conquistador. En 1545 arriban a Chiapas los monjes dominicos e instalaron en San Cristóbal su base principal, ese mismo año fue nombrado obispo de Chiapa, entonces Guatemala, a Bartolomé de las Casas el cuál dio parte del nombre a esta ciudad. Bartolomé de las Casas, infatigable viajero del nuevo mundo, fue un acérrimo defensor de la causa indígena y se manifestó totalmente en contra de la esclavitud. En 1542 tuvo una audiencia en el consejo de Valladolid y fue recibido por el mismísimo emperador Carlos V, quien una vez que oyó al dominico sufrió una crisis de legitimidad y moralidad de su dominio en las Indias. Incluso el emperador estuvo a punto de abandonar el Perú a favor de los Incas tras implorarle Fray Bartolomé, de no ser por la presión evangelizadora y proselitista de la Iglesia igual hubiera conseguido su objetivo. Las Casas publicó el libro Brevísima destrucción de las Indias en 1552 en el que ponía en conocimiento del mundo los crímenes, atropellos y salvajadas que cometían los españoles en la conquista de América. Yo he leído este libro y la verdad es que todo el mundo reconoce que el conquistador español, o de cualquier otra nacionalidad, cometió muchísimas atrocidades y barbaridades, pero este libro es algo extremado. Y esto no se lo parece solamente al lector actual sinó que en su época no se le prestó mucha atención debido a estas exageraciones, aunque en manos de los enemigos de la incipiente monarquía hispana fue un suculento argumento para alimentar la famosa leyenda negra. Que 30 españoles a caballo exterminaran a 3000 indígenas, que 70 ataquen un poblado y acaben con la vida de 600 indios, etc, significa que el autor o no dice la verdad o infravalora a los indios. Siempre habla de los indígenas como almas sin pecado y gente pacífica aunque se olvida preguntarse lo que pensaban los indios esclavizados por los aztecas e Incas, sin olvidarnos de los terribles sacrificios que realizaban a sus dioses. Sin excusar a los conquistadores no hay que olvidar que este libro fue bastante desmesurado con el objetivo de que en España se oyeran los ecos de las súplicas de aquel obispo muy sensibilizado con la intolerable esclavitud indígena. Por mi parte he de decir que Fray Bartolomé ha sido uno de los grandes religiosos de la historia, que con sus obras ha contribuido a lavar la mala imagen de los dominicos como los grandes inquisidores de la Iglesia, aunque eso sea otra terrible historia.


La situación de antaño no difiere a la actual en lo que al problema raíz se refiere. Cambiaron los conquistadores españoles por mejicanos pero el indígena siempre está en la misma situación. San Cristóbal se ha convertido en el símbolo actual de esa lucha.


El mapa de la ciudad parecía pequeño por lo que decidimos ir andando hasta el hotel. Al rato nos dimos cuenta que el mapa era bastante cutre y que faltaban muchas calles, la ciudad era más grande de lo que nos pensábamos. Encima nos faltaba un poco el aire debido a la altura, por lo que decidimos tomar un taxi que nos acercara hasta Na Bolom.


Na Bolom, o traducido casa del jaguar, es un museo, biblioteca, fundación y pequeño hospedaje que cuenta sólo con catorce habitaciones. Fue la vivienda de Gertrude (Trudy) Duby-Bloom antropóloga y fotógrafa suiza, que murió en 1993 a los 92 años, y la de su esposo Frans Bloom, arqueólogo y explorador danés que murió en 1963. Los dos compartieron la pasión por Chiapas y por los indígenas que allí habitan. Frans exploraba ciudades mayas y Trudy dedicó toda su vida al estudio y a una campaña a favor de los indios lacandones. En su haber hay 55000 negativos de fotografías que son toda una reliquia para el estudio antropológico de Chiapas.


Las habitaciones están inspiradas en el folklore de las poblaciones cercanas a San Cristóbal, cada una con su estilo. Nosotros nos acomodamos en la habitación Mitontic, bastante cómoda y espaciosa, con una gran chimenea que paliaba el frio de los 2300 metros.


Una vez instalados creímos necesario darnos una vuelta por la antigua capital de Chiapas y así estirar un poco las piernas después del largo viaje en autobús. Al salir de la habitación nos enganchamos a ver las innumerables fotografías que cuelgan en las paredes del alojamiento. Na Bolom es una casa muy grande en la que las estancias se sitúan rodeando patios interiores, una especie de atrios comunicados por pasadizos. Tanto los pasillos cómo los patios están llenos de fotografías de Trudy y de lacandones, todas ellas en blanco y negro, algunas de ellas verdaderas obras de arte. Todas las fotografías tienen adjuntadas el nombre de la persona que sale en la foto y un comentario de la fotografía. Una de ellas mostraba al fotógrafo que actualmente conserva los negativos de la valiosa colección, se llama Lluís Estivill. Le comenté a Marta que por el nombre debía ser catalán, al unísono una voz nos aseguro que lo era, se trataba de él mismo en persona. Le dijimos que éramos paisanos y como decimos aquí “petem la xarradeta”, o sea, que conversamos un rato. Lluís nos preguntó cómo andaban las cosas en casa ya que llevaba mucho tiempo fuera, concretamente nueve años. Pese a no perder contacto y a hacer esporádicos viajes a visitar a sus padres estaba bastante desconectado de todo lo que ocurría en el país, su principal fuente de información era gente como nosotros que visitaba la zona. Marchó a Nueva York a los veinte años y se quedó hasta los veintiséis, después se vino a San Cristóbal dónde llevaba tres años como voluntario de Na Bolom viviendo con el resto de compañeros que forma esta fundación, aunque casado con una nativa y con una pequeña hijita. A parte de las catorce habitaciones donde normalmente se hospedan arqueólogos, escritores o gente de asociaciones internacionales, Na Bolom cuenta con un módulo para voluntarios como Lluís. Alguno se preguntará qué pintábamos nosotros alojados allí, bueno, cuando no hay reservas de la gente descrita anteriormente las habitaciones tienen acceso libre para viajeros que las demanden. También hay cabañas en un jardín contiguo para acomodar lacandones que estén en San Cristóbal por diferentes motivos, ya sean sanitarios, burocráticos o de cualquier otra naturaleza.


Después de darnos unos consejos preventivos, sanitarios y gastronómicos, entre otros, Lluís se despidió y nosotros salimos a dar el ansiado paseo por el pueblo, visitando el zócalo, la catedral y sus tranquilas calles, al menos en este momento. Cuando cayó la noche regresamos a nuestra habitación. El frío se acusa después de las agradables temperaturas del Yucatán por lo que la chimenea nos fue muy bien no sólo para calentarnos sino para secar las botas que continuaban mojadas desde Bonampak. En la habitación había un mueble lleno de libros aunque casi todos ellos estaban escritos en inglés así que la mejor lectura que podíamos tener era empaparnos de toda la información que poseíamos sobre Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas, y del cañón del Sumidero, que eran las visitas que teníamos planeadas para mañana.



De buena mañana llegamos a Chiapa de Corzo, pequeña población desde la que parten lanchas que recorren el majestuoso cañón del sumidero. El bus de línea nos dejó en las afueras del pueblo, en la misma carretera que continúa hacia la capital Tuxtla. Nada más descender del camión nos encontramos un mercadillo en el que compramos algunas piezas de fruta y preguntamos en qué dirección se hallaba el embarcadero. Había que andar un tanto pero el paseo era reconfortante. Antes de embarcarnos decidimos desayunar unos huevos revueltos con frijoles, taquitos y un gran zumo de naranja. En el bar que escogimos había una chica extranjera sentada en otra mesa tomando un té matutino. Por su aspecto parecía escocesa ya que aparte de tomar té era muy blanca de piel y de pelo rojizo. Al poco se levantó y marchó en dirección al río, seguramente ella también quería recorrer el cañón. Esto nos alegró porque normalmente las lanchas no salen hasta que completan un determinado cupo de gente que haga el paseo rentable, por lo que si no hay un mínimo de pasajeros se ha dado el caso en que muchos días no ha salido ninguna embarcación. Con el estómago lleno nos fuimos también hacia el río, cuando llegamos nos alegró ver un grupo de viajeros esperando lancha. Eran unos diez , con nosotros doce, hoy no nos quedaríamos en tierra. Estaba también la escocesa, pero al final resultó ser de guipuzcoa y se llamaba May. Nos dio mucha alegría que fuera española y comenzamos a conversar mientras el lanchero decidía partir.
Finalmente todos montamos en la barca y partimos, o casi diría despegamos por la velocidad de aquella lancha rápida. Tras un pequeño trayecto entre la selva el río comienza a penetrar entre las vertiginosas paredes del cañón, algunas llegan al kilómetro de altura, realmente bestial.


Las aguas oscuras y calmadas del ancho río serpentean silenciosamente entre las paredes que combinan la roca desnuda con árboles y la parte inferior de éstas, densas en vegetación, entran en el río formando una verde uve. Visitamos alguna que otra cueva durante el recorrido. Sorprendente es el árbol de navidad, se trata de una cascada de agua que nace en una gran pared de la que comienza a brotar musgo que va ensanchándose progresivamente mientras desciende la altura, asemejándose a un enorme árbol de navidad.



Al cabo de una hora se llega a la presa artificial la cuál marca el fin de trayecto y punto de retorno. En el gran lago que forma la presa se ubican algunas casas solitarias en la orilla cuyos habitantes aprovechan estas lanchas turísticas para comunicarse con Chiapa de Corzo mediante el río. Recogimos a un señor y a su hijo que llevaban productos artesanales para vender en el pueblo.


En la vuelta seguimos gozando de aquél sorprendente paisaje y el lanchero se dedicó a intentar descubrir los caimanes que se esconden en los trozos de playa que dejan los sedimentos provocados por los meandros del río.




En uno de estos intentos nuestro erudito guía motorista nos dio una inestimable lección científica ornitológica. Vimos, como decía, un pájaro la mar de raro descansando en una rama. La curiosidad de May le llevó a preguntar de qué tipo era aquella extraña ave, la respuesta del motorista no se la pierdan: - eso es un “pajarraco” contestó bien satisfecho. El tipo era ducho en la materia. Vimos cuatro caimanes en las orillas y también algún que otro cadáver de vaca flotando por el río. Pero lo que nunca olvidaré es aquel hermoso cañón del Sumidero y sus altísimas paredes, verdadera maravilla de la naturaleza comparable a sus cañones hermanos del norte de América, cada uno de forma distinta pero todos igual de majestuosos.


Al bajar nos fuimos a tomar unas cervezas Coronitas con May, o Maialen, y nos contamos nuestras historias. Su estancia en México era por motivos laborales, después de trabajar un año en Alemania le ofrecieron la posibilidad de continuar tres meses en México y ella aceptó. Una vez acabado el contrato decidió darse una vuelta turística por el país antes de volver a su añorado País Vasco. En tres meses se le pegaron muchas expresiones mejicanas aunque no su acento. Si algo le había gustado mucho decía que era muy padre o que era padrísimo, como dicen acá, también unas cuantas frases echas más que nos hicieron mucha gracia. En fin, hubo muy buen “feeling” por lo que decidimos preguntarle si se quería venir con nosotros a Tuxtla Gutiérrez. Nos dijo que no porque como ella venía del norte ya había pasado por esa ciudad y le cortaba un poco el rollo retroceder, había decidido seguir camino a San Cristóbal. Lo que sí hicimos es quedar con ella en aquella ciudad por la noche cuando retornáramos. Le aconsejamos que si le era posible que se alojara en Na Bolom y le explicamos lo que era. A ella le gustó y nos dijo que lo intentaría porque ya se lo había recomendado otra gente que había estado en San Cristóbal. Nos despedimos y continuamos hacia Tuxtla.


Lo más bonito de esa ciudad es el trayecto hacia ella, la bajada por la montaña hacia los llanos en que se ubica es espectacular. En la ciudad visitamos el zoo. El parque zoológico es muy curioso porque casi todos los animales campan a sus anchas por él., todos menos los peligrosos que están convenientemente encerrados. Se ha de seguir un sendero entre la vegetación, por él se te cruzan cuys, tepescuintles (los dos son roedores), pájaros como tucanes, loros, guacamayos y papagayos. Hay pozas con diferentes clases de monos y enjaulados tenemos a los felinos americanos tales como jaguares, pumas, linces, etc. El paseo por el zoo de Tuxtla es divertido y realmente nos sorprendió este curioso parque. Finalizada la visita cogimos un taxi hasta la central de buses y regresamos a San Cristóbal antes de que anocheciera.


Al llegar a Na Bolom preguntamos si se había alojado alguna muchacha vasca pero nos dijeron que no. Fuimos a la habitación y encendimos la chimenea más que por el frío por secar las botas todavía mojadas. De repente picaron a la puerta y nos avisan que tenemos una llamada telefónica de May. Nos dijo que no se había hospedado en Na Bolom porque estaba todo completo, pero que había encontrado otra pensión donde instalarse. Quedamos para cenar y tomar unas copas.


Al restaurante convenido se presentó con un italiano llamado Leo. El chaval era alto y muy delgado, de unos 23 años y viajaba sólo por Méjico. Se conocieron en la parada de taxis de la central de buses de San Cristóbal y al ver que ambos viajaban sólos habían decidido buscar juntos alojamiento. A May no le gustaba andar todo el rato sin compañía y por lo que contaré después hacía muy bien ya que viajar chicas solas es peligroso. En fin, se hospedaron en el mismo sitio y compartieron habitación para que les saliese más económico. Esto y otras cosas nos fueron contando mientras nos comíamos una suculenta cena mejicana en un restaurante que nos había aconsejado Lluís el fotógrafo. Luego nos fuimos de marcha al Margarita´s, un lugar muy frecuentado por las noches, con música en directo a cargo de grupos que tocan un pupurri de música latinoamericana. Todo esto regado con cerveza, tequila y ambiente joven te asegura una buena fiesta. La noche en San Cristóbal nos sorprendió gratamente, debido a la situación que vivía aquella ciudad era un punto muy frecuentado por viajeros de diferentes nacionalidades que utilizaban la marcha nocturna como válvula de escape. Acabamos de madrugada, un taxi nos llevó hasta el hotel. Cuando entramos en la habitación comprobamos que las últimas brasas de la chimenea habían acabado de secar las botas, al fin.




ALREDEDORES DE SAN CRISTÓBAL



La idea de hoy era visitar los pueblos situados en la periferia de San Cristóbal. Por eso pese a habernos acostado bastante tarde nos levantamos temprano. La cabeza me recordaba el tequila consumido y los excesos de la fiesta, era de recibo un buen desayuno preparado por las cocineras de Na Bolom. En el comedor estaban desayunando dos chicos. Llevaban un “look” a los años 70, bastante progres, con media melena. Les oímos hablar en español e iniciamos una conversación distendida que duró todo el desayuno. Eran de Montevideo, Uruguay, y estaban recorriendo el país junto con otro amigo que se había quedado en su hotel durmiendo. Ellos habían salido a dar una vuelta y pasando en frente de nuestro alojamiento decidieron pasar y aprovechar para desayunar a parte de visitar el museo que tiene Na Bolom. Uno de ellos nos dijo que había visitado Barcelona, que tenía familia en la ciudad, concretamente en el Prat del Llobregat. Nosotros también les comentamos que habíamos estado en Montevideo e intercambiamos impresiones de nuestras ciudades. Al rato les dije si se querían venir con nosotros a visitar los alrededores, contestando que no porque querían ir el domingo ya que montaban los mercados y la visita resultaría más pintoresca. En recepción nos dijeron el día anterior que el guía que se encarga de la excursión venía a las diez de la mañana cada día a ver si había suficiente gente para salir. Era ya esa hora y nos despedimos de los uruguayos. Salimos al patio a ver si lo encontrabamos. En medio de aquel atrio envuelto por mujeres indígenas vendiendo ropa de multitud de colores encontramos sentado a un indio de larga melena negra y lacia, con gafas de sol, vaqueros negros, botas camperas y chaleco de cuero negro. Más que un guía indígena parecía un miembro de un grupo rockero, y no andabamos muy desencaminados porque Pepe, que así se llamaba, tocaba en un grupo de música folklórica latinoamericana todas las noches en los bares de la ciudad. Le pregunté si hoy se salía y me dijo que el mínimo indispensable eran seis personas. En esos momentos llegaban May y el italiano, eramos cuatro, faltaban dos. Ya está, los uruguayos. El guía estuvo hablando con todos nosotros acerca de la región y demostró un profundo conocimiento, además el tour normalmente se hace en inglés y que hoy era el único día que se haría en español puesto que todos los que fuésemos hablábamos este idioma, menos Leo que lo hablaba un tanto rudimentario. Todo esto convenció a los uruguayos que rapidamente llamaron a su colega para que se despertase y se preparara porque lo íbamos a recoger al hotel.
El indio como he dicho se llamaba Pepe como aquel lacandón, se ve que este nombre les debe hacer gracia. No obstante este Pepe era la antítesis del otro. No sólo hablaba español sino que dominaba el inglés, el tzeltal, que era su lengua materna, y el tzotzil, otro lenguaje maya. Era de Tenejapa a 28 km al noreste de San Cristóbal, de etnia tzeltal. Nos dijo que no tenía muchos estudios y que todo lo que sabía lo había aprendido de arqueólogos de la región y de ser miembro de Na Bolom, también había trabajado en alguna ocasión en reportajes de la CNN y de National Geographic, todo un ejemplo de autodidactismo. Era muy inteligente y de esas personas que estarías escuchando muchas horas puesto que se ve que tienen muchas cosas interesantes que decir. Esto lo demostró a lo largo del día.
El primer pueblo a visitar era San Juan Chamula, el más peculiar de todos. Tras recorrer 10 km en su mayoría de subida, llegamos a este pueblo ubicado en un valle entre montañas donde sus casitas se desperdigan por todo el paisaje. Los chamulas, de etnia tzotzil, son unos indígenas que siempre han defendido su independencia con gran fiereza, así lo demostraron antiguamente a los españoles y actualmente al gobierno mexicano, por lo que tienen un jefe propio y policía autoctona. En la actualidad su población es de unos 40000 chamulas contando el pueblo y alrededores.
Estos bravos indios son muy religiosos y la mezcla de estas dos aptitudes hace que el turista deba tomar unas precauciones para que la visita a San Juan Chamula acabe sin incidentes no deseados. Está terminantemente prohibido filmar o fotografiar sus ritos o procesiones religiosas así como el interior de sus iglesias. Si lo haces corres el riesgo de que peligre tu integridad física. Esto también era extendible a que se les fotografiase sus personas pero en la actualidad han aprendido muy bien lo que son los derechos de imagen y se dejan retratar por unos cuantos pesos. En el pueblo vecino de Zinacantán están totalmente prohibidas las cámaras fotográficas. El que no acate sus normas se arriesga a que le rompan la cámara. A un viajero, que estaba recorriendo el continente desde la patagonia sudamericana, le quitaron todas las cintas de video que tenía por haber filmado una de sus procesiones. También queda todavía como recuerdo un gran coche calcinado que quemaron en 1994 a un gringo que no respetó las normas, el desgraciado se fue corriendo a San Cristóbal llorando desconsoladamente. De todas formas en el pasado era peor llegando a asesinar al osado.



En la entrada del pueblo se levanta una gran cruz maya de color verde. La cruz es prehispánica cosa que sorprendió mucho a los conquistadores. La cara que debieron poner cuando vieron que ya poseían el símbolo que ellos traían para que encontraran el “verdadero camino”. Los cuatro vertices señalan los puntos cardinales.


                           

También hay otras cruces en los cerros que forman el valle pero no las fuimos a ver porque Pepe dijo que era muy peligroso subir ya que a más de un grupo de turistas habían asaltado y robado aprovechando que esos sitios están muy apartados. Mejor era no arriesgarse. También nos previno de algo que nos puso los pelos de punta, sobretodo a May. En las tres últimas semanas habían sido violadas dos españolas, dos holandesas, también dos italianas y una japonesa, la última la asesinaron. Este asesinato lo investigaba un grupo especial de la policía venido expresamente de Japón. Las dos españolas salieron de un bar con un par de tequilas más de la cuenta, tomaron un taxi que las llevó a las afueras de San Cristóbal donde les esperaban cuatro tipos compinchados con el taxista. El resto es fácil de imaginar, también les robaron todas las pertenencias entre ellas los pasaportes por lo que las pobres chicas continuaban en méjico esperando la celeridad de las autoridades para que pudieran salir del país y olvidar cuanto antes la pesadilla que debieron pasar. Las holandesas fueron más incautas y se dejaron persuadir por un hombre que les aseguró que conocía a un chamán en un pueblo que hacía antiguos ritos mayas y que podrían asistir a un verdadero ritual. En las afueras les esperaban tres hombres que les enseñaron un ritual nada parecido al que ellas querían ver, incluso les produjeron cortes en las manos y en el abdomen, realmente patético. La japonesa ni lo pudo contar.


Todos estábamos mirando y escuchando a Pepe en silencio, May se quedó realmente acongojada. La manera de prevenir estas cosas es no ir con estraños ni rondar mucho por sitios apartados o deshabitados. Si no sales de los recorridos habituales no te tiene porque pasar nada. Recordaba lo de la Burundanga en Colombia o Perú. Alguien te convida a comer o a un simple cigarro pero en realidad llevan una dosis de escapolamina que te deja fuera de órbita. Al cabo de unas cuantas horas te puedes despertar sin ropa y a veces sin riñones. En fin, volvamos al pueblo y dejemonos de artículos de “el Caso”.


Visitamos el cementerio que envuelve la antigua iglesia.


Es curioso ver las cruces desperdigadas por el campo abierto, puestas sobre montículos de tierra. En algunos montículos se apilaban hasta cuatro cruces lo que significa que esa tumba contiene tantos cuerpos como cruces tenga. Algunos montículos tienen cuatro palos en sus vértices y estos envueltos en alambre rodeando la tumba, eso significa que el cuerpo que allí descansa era de alguna persona respetable. La antigua iglesia fue abandonada cuando el último terremoto la destruyó parcialmente, según los chamulas un templo que no tenga la capacidad de autoprotegerse de un desastre natural no merece la pena rendirle culto, ni siquiera de destruirlo por lo que el mejor castigo es abandonarlo y mantenerlo en el olvido. Ahora quedan unas ruinas en bastante buen estado. Después nos dirigimos al zócalo en el centro del pueblo siempre acompañados por seis o siete niños que nos querían vender collares, pulseras y otros objetos. Esto cada vez se va pareciendo más a los países del norte de África, ya sabeis: “má barato c´Andorra” o “¿tú catalano o de Madrid?”, en fin, nos pudimos librar de ellos al llegar al zócalo ya que vieron otros turistas y se echaron sobre ellos como buitres. Allí había un mercadillo de alimentos y compramos algo de fruta.
Los chamulas son fervientes católicos, aunque a su manera, pues mezclan ritos mayas con la ortodoxia, esto ha provocado que su comunidad eclesiástica esté excomulgada por el vaticano que no reconoce éstos antiguos ritos paganos heredados de sus antepasados mayas. Un ejemplo de esto es que los chamulas piensan que Jesucristo cuando resucitó se convirtió en el Sol . No obstante ellos continúan sintiendose católicos y lo demuestran en que cuando uno de sus miembros hace apostasía y se convierte al protestantismo automáticamente es expulsado de la comunidad, es decir, del pueblo.




Dominando la plaza se encuentra la pequeña iglesia de San Juán Chamula, muy parecida estructuralmente a la antigua pero ésta flamantemente pintada de blanco y sus contornos de azul claro. Este es el templo más sagrado de los chamulas Típicamente colonial, de su fachada resalta un gran arco de medio punto con arquivoltas y jambas azules adornadas con cruces y círculos amarillos y blancos respectivamente. Lo atravesamos y accedemos al interior de la iglesia, parece que hayamos entrado en un mundo ultraterreno. La oscuridad te envuelve, el ambiente está cargado de nubes de incienso, el suelo cubierto de millares de hojas de pino que forman una alfombra vegetal. Innumerables velas dispuestas ordenadamente por módulos, cada uno con un feligrés o con su familia entera, sentados o estirados mirando al suelo e invocando oraciones y cánticos en lengua maya. Esas voces indescifrables se convierten en repetitivos ecos que acompañan la escena todo el rato, recuerda a las oraciones de los monjes tibetanos. Por el suelo te encuentras gallinas degolladas y huevos a modo de ofrendas, también botellas de Coca-cola o Fanta o cualquier cosa que produzca gases que utilizan para eructar y de esta manera hacer salir los malos espíritus que puedan llevar dentro de su cuerpo. Antiguamente hacían un brebaje que les producía eructos pero ahora les parece más fácil y eficaz éstas bebidas gringas. En las paredes se alinean diferentes santos cada uno encerrado en su vitrina y siempre con un creyente orándole, algunos parece que le cuenten su vida, gesticulando e incluso llorando. Había un hombre agarrando la mano a su mujer y a su niño pequeño, los tres arrodillados y no paraban de implorarle cosas al Santo del que eran devotos. Al final de la iglesia vemos ocho santos apilados unos junto a otros y sin vitrinas que los protegiesen. Pepe nos informa que son de los santos de la otra iglesia que sucumbió en el terremoto y que estaban aquí de esta manera como castigo por no haberla protegido.
Estuvimos un buen rato dentro de la iglesia, todo el grupo disperso investigando las curiosidades de su interior o sentados por cualquier rincón, ya que no había bancos, y contemplando boquiabiertos todo aquél espectáculo que teníamos delante. Al salir te ciega la claridad del exterior y te preguntas si has hecho un viaje a otra dimensión. Puedo decir que he estado en muchas iglesias, ermitas, mezquitas, templos hindúes y budistas pero ninguno me impresionó tanto como aquella pequeña iglesia de San Juan Chamula.
Una vez todo el grupo en el exterior nos dirigimos hacia el otro lado de la plaza cruzando el mercadillo. Bromeamos con lo de las botellas de refrescos que utilizaban para eructar, Pepe nos dijo que cierta vez a una de esas empresas se le ocurrió que podía ser una buena idea filmar un anuncio publicitario en el interior de la iglesia y que cuando fueron a pedir permiso para rodarlo les botaron del pueblo rápidamente y nunca más volvieron a preguntar. Todo esto nos estaba dando mucha sed y nos metimos en el bar del zócalo a tomar algo. En su interior estaban almorzando el consejo de hombres de San Juan, eran unos veinte todos ellos de edad avanzada y con unas vestimentas muy extremadas. Los saludamos y nos sentamos en la mesa contigua, de repente entró en el bar un chico con gafas, menudito y muy delgado que pidió un refresco. Su mochila estaba llena de banderas catalanas por lo que le preguntamos si era de Cataluña. Nos dijo que era de Vilanova i la Geltrú y que se llamaba Joan, le invitamos a unirse a la mesa con nosotros y accedió. Viajaba sólo como Leo por lo que se unió a nuestro grupo para el resto del día.
Más tarde nos dirigimos a la casa del gran chamán de los chamanes, el cual porta los dos bastones que le identifican como tal mientras los demás sólo llevan uno. El tipo tenía una foto con George Bush, expresidente de los EEUU que le invitó a Washington por tres semanas para que le curara de un cáncer que padecía. Parece que logró el objetivo porque el tal George todavía anda vivito y coleando. En su casa Pepe nos pasó un reportaje de la CNN del que colaboró en su realización y que trataba del EZLN y del problema en Chiapas. Cuando acabó nos amplió información del tema. Realmente es injusto que los indígenas posean solamente el dos por ciento de las tierras y encima las de peor calidad para el cultivo mientras la mayoría de las tierras y las más productivas sean de los grandes latifundistas que se amparan en el gobierno y que hacen grandes fortunas que evaden a USA mientras el pobre se muere de hambre. Urge una reforma agraria. Pepe se indignaba porque decía que en Chiapas les llegó la conquista pero nunca las revoluciones como la de Emiliano Zapata y Pancho Villa que siempre caracterizaron a Méjico de otros países latinoamericanos, excepto de Cuba.
Al mediodía continuamos en jeep hacia Zinacantán una población vecina en la que están censados unos 15000 tzotziles. Antiguamente eran enemigos de los chamula pero ahora les une una amistad que incluso determinados días al año festejan con reuniones de los dos pueblos, supongo que cuando se tiene un enemigo común más fuerte ayuda a que se den estos casos. Paseamos por sus tranquilas calles que recuerdan el conflicto chiapateco mediante grandes pintadas reclamando la paz en muchas de sus casas. Aquí los niños no te molestan pues casi todos están en el colegio y además cuando no lo están tienen prohibido perturbar a los viajeros como hacen en San Juan Chamula. Son bastante más educados y Pepe nos confesó que también eran más aseados que sus vecinos. La verdad es que a las mujeres que veíamos mientras paseábamos les resaltaba el brillo de su preciosa melena trenzada y sus trajes se veían muy limpios cosa que en San Juan no sucedía. Una cosa curiosa es la distinción que hacen en la manera de vestir los hombres casados de los solteros. Los hombres visten túnicas muy llamativas de tonos rojos y rosados, sombreros de palma redondos y con una cinta. Las cintas de los hombres solteros es más larga y ancha que la de los casados. Visitamos sus dos iglesias en la que estaba totalmente prohibido hacer fotografías, la verdad es que tampoco había mucho que retratar ya que estaban muy vacías y no tenían ni una centésima parte del encanto y exotismo de la de San Juan. Luego nos dirigimos a casa de unos amigos de Pepe para ver el interior de sus viviendas y observarles en pleno trabajo de sus artesanías y fabricación de sus telas.





Estuvimos descansando en este precioso valle en que se ubica Zinacantán contemplando las montañas que lo envuelven y sentados en una plaza solitaria desde la que se aprecian estas vistas. Pepe nos regaló entradas para un bar en el que actuaba esa noche. Nosotros le comentamos que seguramente no iríamos pues con la noche anterior nos habíamos quedado saturados para unos cuantos días, aunque May y Leo se apuntaron rápidamente a la fiesta. Era hora de acabar esta interesante visita por lo que montamos en el jeep y comenzamos a bajar la angosta carretera hacia San Cristóbal. Allí nos despedimos de Pepe y los uruguayos.
Como era relativamente pronto nos fuimos los cinco a pasear por las calles de la ciudad. Hoy lo más interesante de San Cristóbal era el mercadillo de los sábados que se ubicaba en la parte norte del pueblo muy cerca de la iglesia de Santo Domingo. Se vende de todo, comida, objetos artesanales, telas con innumerables colores diferentes, en fin, como cualquier mercado indígena americano. Pero aquí había algo que lo distinguía de los demás y es que por doquier vendían pasamontañas negros, algunos con las letras EZLN cosidas en la frente y también las paradas tenían muñecos del subcomandante Marcos de todos los tamaños. Cualquier motivo es bueno para sacar unas cuantas monedas y evidentemente eran unos souvenirs que compraban casi todos los turistas aunque después tuvieran que esconderse bien abajo del equipaje no sea que en un registro de militares te encuentren un pasamontañas con las iniciales del enemigo.
En Na Bolom cenamos May, Leo, Joan y nosotros mientras hablamos de lo que haríamos en los próximos días. Marta y yo les dijimos que teníamos apalabrado el viaje a Guatemala y que debíamos volver a Palenque. Les comentamos la impresionante excursión a Yachitxlán y Bonampak que decidieron hacer May y Joan una vez que escucharon nuestro relato. Leo nos dijo que él se iría hacia el sur por la carretera panamericana y que intentaría visitar las lagunas de colores para más tarde entrar en Guatemala por la frontera norte de las tierras altas en dirección a Huehuetenango. Así que nos despedimos de Leo diciendole que igual nos veíamos algún día en Guatemala y con Joan y May quedamos para el día siguiente.
Para variar salimos muy temprano de Na Bolom, tanto que la noche anterior tuvimos que arreglar todo lo que teníamos que pagar porque a esas horas de la madrugada no había nadie en la recepción. Nos abrió la puerta el vigilante nocturno cuando oímos la bocina del taxi que telefoneamos minutos antes, el cuál nos llevó a la central de buses de San Cristobal. Allí estaban May y Joan comprandole un muñequillo del comandante Marcos a una niña de unos ocho años que los vendía por un peso. Compramos los boletos y cargamos las mochilas en el autobús. Menos mal que en Méjico tienen costumbre de poner los equipajes en el compartimento de maletas y no en el techo como hacen las gua-guas porque nos llovió casi todo el trayecto.
El viaje de vuelta duró algo menos que el de ida pues como es fácil imaginar se baja más rápido que se sube. Paramos a comer alguna cosa a mitad de viaje y por lo demás no hubo más incidencias, el autobús iba muy vacío y nos acomodamos la mar de bien. Llegamos a Palenque por la tarde y una vez que bajamos del bus nos separamos para buscar alojamiento, Marta y yo nos fuimos al hotel que utilizamos los días anteriores y Joan y May buscaron otro que se ajustara más a su presupuesto económico el cuál por lo que se veía era algo más apretado. Quedamos en la pizzería para cenar , pero antes fuimos a nuestra agencia de viajes para ver si salían a Yachitxlán y Bonampak el día siguiente. No había problema y reservaron dos plazas. En la agencia estaba Noé y le preguntamos si él iba a ser el guía de la excursión, nos dijo que no y por tanto nos despedimos definitivamente ya que marchábamos mañana a Guate.
Así que de nuevo íbamos a hacer el viajecito que hicimos la semana anterior con los yankies, otra vez tuvimos que sortear los controles militares, tanto los fijos como los móviles, y otra vez recorrer aquél duro camino en su mayoría sin asfaltar. Frontera Echeverría era el punto en que nuestros caminos se separaban,




ellos río arriba hacia Yachitxlán y nosotros río abajo hasta el pueblo fronterizo guatemalteco de Bethel, nos dimos un abrazo y nos deseamos suerte para el futuro. La suerte es muy importante para el viajero, por muy planeado y estudiado que tengas tu ruta este factor es el primordial y definitivo, sin suerte no terminas un viaje felizmente. Embarcamos en una larga canoa y nos dirigimos hacia Bethel por aquel hermoso río selvático, el Usumacinta. De nuevo Marta y yo marchábamos solos. ¿He dicho solos?, pues no, también viajaba una japonesa en la barca, ya te digo que ha de haber uno o una en cualquier rincón del mundo, por muy recóndito que sea.





Tardamos 35 minutos en llegar a la sucia y pobre localidad fronteriza de Bethel. Todo estaba lleno de lodo ya que había llovido mucho los días pasados. Pobre Joan y May en el camino a Bonampak, si nosotros nos pusimos de barro hasta las orejas sin que hubiera llovido no me quiero imaginar cómo se iban a poner, espero que tuvieran calzado de recambio. Cuando desembarcamos la japonesa comenzó a subir hacia el pueblo antes que nosotros pero rápidamente le seguimos detrás. Íbamos intentando pisar el menor barro posible cuando vi caer una mochila al suelo. Se trataba de la mochila de la japonesa, la chica iba delante de ella pero el bulto era tan grande que ella casi no se veía. Total que japonesa y equipaje dieron de morros contra el suelo. Le ayudé a levantar lo más rápido que me fue posible pero el daño estaba hecho, la pobre estaba casi histérica por verse teñida de color marroncillo. Seguimos andando y aparecieron las primeras cabañas del pueblo, desde una de ellas nos llamó un oficial de aduanas para que pasáramos el control de inmigración. Una de estas barracas cutres era el puesto fronterizo, es increíble. El oficial sentado tras una gran mesa no paraba de fumar mientras ojeaba nuestros pasaportes, echaba el humo y nos miraba directamente a la cara mientras se cercioraba que nuestros rasgos faciales coincidían con la foto del pasaporte. Una vez ojeada enteramente la documentación la selló y nos reclamó 6 U.S $ a cada uno por impuesto de entrada. Nosotros pese a saber que en todas las fronteras terrestres se paga este peaje preguntamos el por qué y nos contestó que porque así se hace y así se hará y nomás. Lo mejor era pagar sin rechistar. También cambiamos unos pocos dólares por quetzales que es la moneda oficial del país, en esto entró la japonesita y fue el hazmereir de los de aduanas. ¿dónde se metió guayabita que viene llenita de barro todita? Y se reían.
Montamos en el único autobús que estaba parado en aquel barrizal. No podía ser otro, sólo hay una carretera hacia Flores, mejor dicho, no hay otra carretera más que esta que se dirija a algún lugar cerca de la civilización, estábamos en la región del Petén el departamento más grande de Guatemala y que está situado en la zona nororiental del país donde predomina la selva y las pocas carreteras están sin asfaltar. El autobús estaba muy sucio por fuera y más que asqueroso por dentro. Pusimos las mochilas en un compartimento cerrado en la parte trasera del camión y nos sentamos esperando que saliera lo antes posible para alejarnos de aquél pueblacho. Sólo había un bus diario hacia Flores y era el de las doce de la mañana. Comentamos que si lo hubiéramos perdido tendríamos que haber dormido en aquel lugar, de pensarlo se nos ponían los pelos de punta. Hasta las doce y media no salió y eso que a en punto ya estaban todos los asientos llenos. Sólo salir del pueblo ya subieron dos personas que se quedaron de pie en el pasillo, luego tres más, después dos, mas tarde cuatro, etc... el autobús iba completamente abarrotado y siempre quedaba más sitio, al menos eso le parecía al copiloto que siempre repetía “suban nomás al fondo hay sitio, apúrense, hagan el favor de juntarse poquito más”. Os aseguro que he viajado en camiones y gua-guas por Centro y Sudamérica pero jamás había visto un bus tan lleno de gente. Más que un viaje a Flores parecía un intento de record Guinnes en capacidad de carga de un autobús. En fin, hasta que estalló una rueda y tuvimos que parar en la cuneta. Pude ver entre los cristales y los brazos y cuerpos que tenía alrededor cómo bajaban cinco hombres a mirar el calibre de la avería. Se quedaron mirando la rueda unos tres minutos sin que nadie dijese nada hasta que el conductor rompió el silencio diciendo “así seguimos, así llegaremos pues”. La rueda por suerte era la interior y no nos pasó nada porque Dios no lo quiso. Inocentes de nosotros pensamos que de ahora en adelante ya no pararían para que subiera más gente, que ilusos. El reventón era algo previsible porque entre el peso del camión, de la cantidad inhumana de gente hacinada en su interior, las maletas, mochilas, sacos de patatas, gallinas y qué se yo en el compartimento de equipajes, todo el camino lloviendo y la carretera llena de baches y sin asfaltar aún no entiendo como el autobús no explotó. Y digo autobús por llamar de alguna manera a ese camión de ganado. Este calvario duró 130 km nada más y nada menos, o sea, cuatro horas y media de viaje contadas minuto a minuto por nosotros. Y menos mal que íbamos sentados, mucha gente hizo todo el trayecto de pié aguantando estoicamente baches y curvas.
Aleluya, hemos llegado a Santa Elena que es el final del camino. El autobús venía bastante más vacío porque la gente iba descendiendo en las aldeas de la periferia.
A veinticinco metros de la parada final del bus había un hotelito con una pequeña agencia para hacer excursiones en su interior, la presencia del alojamiento nos era alertada por un tipo que trabajaba en él y se encargaba de atraer turistas. En recepción pedimos la llave para echar un vistazo a la habitación como solemos hacer siempre. Es cuestión de mirar un poco la limpieza en su interior, el baño y las sábanas, si éstas tienen alguna gota de sangre seca hay que marchar lo más rápidamente posible del hotel puesto que hay chinches en los colchones. Aún tomando estas precauciones nos han picado chinches y garrapatas en otros viajes anteriores pero son casos contados. Fui a echar el vistazo rutinario y me cercioré de que esa habitación era una de las más cutres que había visto en mi vida, podía servir para pasar una noche rápida y si no hubiera nada más en unos kilómetros a la redonda, además era urgente una ducha para reponernos del viaje de marras y ese no era el lavabo más apropiado. En fin, bajé y le hice un gesto a Marta para que fuera recogiendo las mochilas que nos íbamos de allí, devolví las llaves y salimos a la calle. Le dije a Marta que lo mejor era irnos a Flores porque según el libro guía de viajes los hoteles de allí eran mejores. Flores es una isla que está separada de Santa Elena por una calzada de 500 metros, así que cogimos un taxi que nos llevó raudo al hotel Mesa de los mayas que también es un restaurante conocido de la isla. Cuando vimos la habitación del hotel se nos abrieron nuevas perspectivas de lo que hasta entonces habíamos pensado iba a ser una dura estancia en la selva del Petén. Estaba limpísima y era muy nueva, una cama ancha y confortable. Lo mejor del lavabo era la ducha de potente chorro de agua bien caliente, incluso había mampara. También había TV por cable y mando a distancia todo un lujazo y por sólo 5 US $ más que la del asqueroso hotel que estuvimos antes, es increíble. Después de ducharnos bajamos a cenar al restaurante del hotel que era famoso en el pueblo por sus platos típicos. Yo me pedí un plato de carnes en el que se podía degustar unas porciones de venado, armadillo, pavo salvaje, un choricillo y tepezcuintle que es un roedor del tamaño de un conejo. El tepezcuintle es una de las mejores carnes que he probado, es una gozada de rico. Quisimos dar un paseo nocturno por el pueblo pero ya no nos quedaban fuerzas después de dos días viajando en autobús, furgoneta, lancha y camión de ganado. En dos días habíamos recorrido la distancia que separa a San Cristóbal de las Casas de Flores.


Ver de San Cristobas de las Casas a Flores en un mapa más grande




SELVA DE EL PETÉN



El Petén es la provincia más grande de Guatemala y la que contiene mayor extensión de selva. Sus fronteras limitan al norte y oeste con Méjico, al este con Belice y al sur con el resto de Guatemala. Es un territorio semivirgen aunque está sufriendo la segunda mayor deforestación del mundo después de la del sudeste asiático. Posiblemente si alguien lee esto dentro de 30 años me envidiará por la suerte que tuve de ver la selva de El Petén o en el peor de los casos simplemente me envidiará por haber visto la selva.
Las carreteras están sin asfaltar y en general todo es bastante caótico. El único camino asfaltado es la carretera de Flores a Tikal o mejor dicho, del aeropuerto a Tikal. Esta carretera es la que utilizan la mayoría de turistas que se dirigen a estas ruinas, los cuáles vienen en avión, las visitan, vuelven al aeropuerto y se marchan tal como vinieron sin pasar la noche en Flores. Nosotros también llegamos a las ruinas por este camino. Antes de llegar pinchamos una rueda de la furgoneta, estaba visto que en el Petén deben ser una norma estos contratiempos. Bajamos todos los que íbamos en el interior del vehículo y nos pusimos a cambiarla, esperando que no pinchásemos otra vez ya que no había más ruedas y visto como se las gastan aquí no era de extrañar que nos siguiera acompañando la mala suerte. Pero finalmente no ocurrió así y llegamos a Tikal sin más incidentes.


Tikal era una de las ciudades más majestuosa que construyeron los mayas. Sus ruinas abarcan un espacio de 18 kilómetros cuadrados y se ubican en una reserva natural de 576 km cuadrados declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Alcanzó su esplendor entre el siglo V y el X y era rival de la ciudad llamada Caracol que se encuentra en el país vecino de Belize. Más tarde llegaron los itzaes y conquistaron Tayasal (Flores) pero Tikal ya estaba sumida en el olvido y no fue hasta 1848 cuando una expedición guatemalteca devolvió al mundo la memoria de esta vieja ciudad maya.
Para ver bien Tikal se necesitan dos días de visita aunque si no eres erudito en la materia con un día y a marcha apresurada tienes más que suficiente. Las ruinas de los edificios están desperdigadas en esos 18 km cuadrados por lo que hay que andar bastante. Nosotros nos equivocamos de buen principio y para ir a la plaza principal tomamos el camino más largo que daba un rodeo considerable. El pateo me cabreó sumamente pues después de los dos días anteriores mi deseo era una estancia algo más relajada, además durante la caminata teníamos de acompañantes a unos pequeños amigos que te iban picando poco a poco pero concienzudamente, nuestros amigos los mosquitos. Estaba lleno de esos insectos y la razón de ello es que Tikal está en la selva, quiero decir que está en medio de la selva, no es como en los otros complejos que limpian la vegetación de la zona que abarca el recinto, aquí la selva lo envuelve todo, templos, plazas y pirámides están escondidos entre toda aquella infinita flora. Cuando llegamos a la plaza principal se me pasó el mal rollo primero por la maravilla que estaba contemplando y segundo porque empezábamos a saber donde estábamos.





La orientación es un tanto difícil por todas las particularidades que he dicho anteriormente, es decir, por su inmensidad y vegetación. Dos de las pirámides más hermosas que vimos en toda la Ruta Maya se alzaban majestuosamente en la plaza principal, una frente a la otra. A los otros lados de la plaza se esparcían templos pequeños y otras estructuras de menor importancia. Sólo se podía subir a una de las dos pirámides gemelas desde donde se contemplaba una vista soberbia. Pero la mejor vista del complejo la tiene el templo IV que está muy alejado de la plaza principal. Un cartel señala este templo, indica que se ha de subir una montaña de vegetación muy espesa. Así lo hicimos y comenzamos a subir por un sendero con escaleras de madera, agarrandonos a ramas de árboles, raíces, etc. De repente al sobrepasar un trozo de vegetación muy densa aparece el techo desnudo de la pirámide que nos era imposible de ver desde abajo. Que barbaridad! Habíamos subido una pirámide sin darnos cuenta creyéndonos que era una colina. Ahora solo nos separaba de la cima unas escaleras metálicas verticales de seis metros de altura que comunicaban con la base de la crestería.




Desde allí se contemplaba la vista más alucinante de todas las pirámides mayas, te hallas sobre el edificio indígena más alto de América, allí a 64 metros de altura se te aparece un manto vegetal interminable en el que se asoman restos de los otros templos de Tikal, se distinguen las cimas del templo I y II de la plaza principal. Aquí entiendes porqué vale la pena venir hasta Tikal.






Después de media hora contemplando aquella vista reservada a las aves, descendimos y continuamos visitando el resto de ruinas diseminadas por doquier, hasta que ya no pudimos más y nos dirigimos hacia la salida. En el bar nos tomamos unas cervezas que nos reconfortaron de golpe.




PARQUE NACIONAL TIKAL
Localizado en la parte norte de Guatemala, departamento de Petén, a 60 km de Flores. 
La entrada al parque está a 16 km del Centro de Visitantes. El costo de la entrada al parque es de Q150 o $20. Es mejor pagar en quetzales, porque si paga en dólares americanos tal vez no os darán una buena tasa de cambio.  

No hay servicio eléctrico en Tikal. Varios negocios tienen generadores de electricidad que usan durante 3-4 horas por la noche. 
Antes de entrar a las ruinas hay un Centro de Visitantes, dos museos, parqueo, correos, oficinas de administración del parque, tiendas de artesanía, 3 hoteles, un camping y algunos restaurantes y comedores.  

El centro de visitantes, abierto de 6:00 am a 6:00 pm, está localizado en la entrada del camino que conduce a las ruinas, que están aproximadamente a 20 min. a pie. En el centro de visitantes hay una maqueta de Tikal, como era cuando estaba habitado por los Mayas. Aqui también encontrareis uno de los dos museos, con monumentos de piedra y fotos de la excavación y restauracion hecha en los años 1960. Tambien está el kiosko de guias, centro de información, tiendas de artesania y un restaurante.  
Un museo mas pequeño con artefactos de Tikal está localizado a unos 300 mts, cerca de los hoteles, al cual se cobra la entrada, no incluida en la entrada al parque. 
El acceso a las ruinas es solo a pie. 

Sugerencias para mejorar tu visita a Tikal:

-Si solo estais en el parque  un dia, visitar solo los lugares principales, como la Gran Plaza, Templo IV, Templo V y el Mundo Perdido. El parque es inmenso y facilmente se puede hacer un recorrido de dos dias y no visitar el parque completo. 
-Usa zapatos cómodos, se camina mucho.
-Trata de subir aunque sea uno de los templos, especialmente Templo IV. Aqui es donde encontrará la mejor vista. 
-Se recomienda llevar un box lunch. No se vende comida dentro del área de las ruinas, que está a 20 min. de los restaurantes. Ventas de bebidas se encuentran en la Gran Plaza y Templo IV.
-Lleve repelente de insectos.
-Al amanecer es cuando hay mejor oportunidad de ver animales y aves. Templo IV es el mejor lugar para estar en la madrugada. Este es el lugar donde se toma la foto especial de los templos III, II y I sobresaliendo de la selva, con el amanecer en el fondo. Es común ver niebla densa en el area, que tambien resulta en una foto especial.
-No te olvides de ver las dos máscaras gigantes en la Acrópolis Norte en la Gran Plaza.
-Hay muchos animales dentro del parque. Camina despacio y atento a monos y/o pájaros.
-Cuando salgas de las ruinas, visita el pequeño museo cerca de los hoteles. El costo de entrada es Q15 y vale la pena. El centro de visitantes tiene un museo gratuito que tiene estelas y fotos de restauración.

Llevar:

-Camara y baterias
-Gorra/sombrero y protección solar
-Repelente de insectos
-Un mapa (si lo tienes, pero no es necesario)
-Capa para la lluvia
-Prismáticos
-Una linterna para explorar cuevas entre las ruinas
-Los telefonos celulares funcionan en la cima de algunos templos



Datos sobre Tikal:

-El area del parque: 576 kms. cuadrados (222 sq. mi., 125,000 sq. acres)
-El area donde se encuentran las ruinas es de aproximadamente 24 kms. cuadrados. El 80% de las ruinas no estan excavadas. Solamente 30% de las ruinas han sido senalizadas con mapa

-Tikal fue declarado un Parque Nacional por el gobierno guatemalteco en mayo de 1955, y un monumento nacional en 1970. Fue el primer parque nacional establecido en Centroamerica.

-El nombre "Tikal" significa "Lugar de las Voces" en lenguaje Maya. 

En su apogeo durante el periodo Clasico, alrededor de 500DC, Tikal tenia una poblacion de 50,000 a 100,000 habitantes. Muchos lo consideran la ciudad gobernante principal de la Civilizacion Maya. Por razones que aun no se saben, Tikal empezo a decaer en 870DC, y fue abandonado por completo a finales de 900DC.

Tikal tiene alrededor de 3,000 estructuras, incluyendo templos, palacios, altares, residencias, juegos de pelota, terrazas, calzadas y plazas, la mayoria conectadas por medio de acueductos y cisternas para retener agua. En la plaza principal se encuentran estelas elaboradamente talladas con glifos e imágenes que cuentan historias sobre los gobernantes de la era. La parte restaurada de Tikal consiste de nueve grupos de plazas. Hay 5 templos principales: Templo I o Templo del Gran Jaguar, con una altura de 44 mts, Templo II o Templo  de las Mascaras, con 37 mts, Templo III o Templo del Sacerdote Jaguar, con 60 mts, Templo IV o Templo de la Serpiente de dos Cabezas, con 70 mts, y el Templo V con 59 mts.

Desde su descubrimiento en los anos 1800, arqueólogos de todo el mundo han hecho excavaciones en Tikal. Algunas estructuras estan casi totalmente restauradas, pero la mayoria estan cubiertas de tierra y árboles. Despues de que los Mayas abandonaran Tikal, la ciudad fue retomada por la selva. Hasta hoy se hace un gran esfuerzo para que las ruinas no sean recubiertas por la selva. Mas de 285 tipos de pájaros, monos, jaguares, pumas, tapires, venados y muchas otras especies protegidas habitan aqui. Cientos de tipos de orquideas y mas de 30 tipos de maderas preciosas se encuentran aqui. Entre los tipos de arboles se encuentra el zapote, del cual se extrae el chicle, la Ceiba, el arbol sagrado de los Mayas y mas de 25 otras maderas preciosas. Tikal es sin duda un paraiso para observar aves, uno de los mejores lugares de Centroamerica. 


Los animales que mas se miran (y escuchan) en Tikal es el mono Araña, mono Aullador, Pizote, Tucan y Pavo Ocelado. En muy raras ocasiones se ven jaguares. No encontraras aquí el Quetzal, ave nacional, que en Guatemala solo se encuentra cerca de Coban.

Amanecer en Tikal
Una experiencia unica, el ver un amanecer en la cima del Templo IV es algo inolvidable, al ver la niebla subiendo de los templos y la selva "despertándose". En años anteriores, el acceso al parque antes de las 6:00 am para ver el amanecer era permitido en el parque. Ahora ya no se permite la entrada al parque antes de las 6:00 am, al menos que este hospedado dentro del parque. 

Hoteles en el Parque Nacional Tikal
Solo hay 3 hoteles dentro del parque. Todos se encuentran cerca del estacionamiento y centro de visitantes. 
-Jaguar Inn (bungalows con 12 habitaciones)
-Tikal Inn (15 habitaciones)
-Jungle Lodge (40 habitaciones) 
Es mejor hacer su reserva con bastante tiempo de anticipacion. Todos los hoteles estan a 20 min. a pie de la Gran Plaza, y a 35 min. del templo IV.

Transportation de/a Tikal 
Minibuses colectivos operan en la ruta Tikal-Flores a diario. Hay varios tipos de minibuses turísticos que van o vienen de Tikal cada 30 min o 1 hora. Algunos de los minibuses colectivos tambien transportan gente local y normalmente van muy llenos y hacen muchas paradas. Otros transportan a turistas y no van tan llenos. Podéis esperar en la carretera principal y tomar uno de estos minibuses. 

Muchos hoteles venden billetes de minibus para Tikal, especialmente durante las mañanas. 






También en los días que pasamos en el Petén visitamos las ruinas de Ceibal que se encuentran al sur de Flores. El recorrido en colectivo hasta la población de Sayaxché es de unas dos horas si no te pasa lo que nos ocurrió a nosotros y es que cada cuarto de hora teníamos que parar a colocar en su sitio los bornes de la batería del vehículo que saltaban constantemente debido a la ingente cantidad de baches de aquella especie de camino de cabras. Una vez en esta pequeña población tomas una embarcación que te transporta por el río de la Pasión durante dos horas hasta las ruinas.



Esta vez tuvimos buena suerte y tomamos una lancha rápida que redujo el tiempo del recorrido a unos cincuenta minutos.



Al llegar al embarcadero de las ruinas una caseta de madera muy destartalada te advierte que estás en una reserva arqueológica del país pero nada más se aprecia un angosto sendero que escala la montaña y que no comienza a hacerse ancho hasta medio kilómetro adelante. en realidad andas y andas y no ves más que selva y un par de edificios restaurados que no son gran cosa y el resto son piedras y estelas dispersas entre la vegetación. Lo interesante del lugar es que todavía se encuentra casi todo como lo encontraron los arqueólogos. La sorpresa nos la llevamos cuando vimos una maqueta que tienen montada junto a las casitas de los vigilantes que reconstruía en pequeña escala la antigua ciudad de Ceibal y su gran puerto fluvial. El complejo era enorme, los dos edificios que habíamos visitado se hallan bastante alejados entre sí, en cambio en aquella maqueta se encontraban a poca distancia en comparación a toda la cantidad de construcciones que los rodeaban.




Aquella maqueta era lo mejor de la visita a Ceibal y la estuvimos estudiando bastante rato imaginándonos aquella gran urbe en plena actividad y esplendor. Pero la realidad actual es otra, y nos volvimos al embarcadero viendo algún que otro trozo de piedra que te recordaba que alguna vez hubo allí una gran ciudad. Íbamos bebiendo de una botella de agua cuando vimos un grupo de gente de unas seis personas que formaban un corro alrededor de algo. Ya es curioso ver gente por aquí pero más en esa actitud por lo que nos acercamos a donde estaban. Al llegar vimos a un chico agachado entre ellos y que les daba unas explicaciones mientras metía un palito en un agujero que había en el suelo. Después de hurgar con el palo dibujando círculos lo retiró de repente y a su estela salió rápidamente una tarántula del tamaño de un puño, pero de un gran puño.





Madre mía, el corro se dispersó en milésimas de segundo, y la araña volvió a meterse en su guarida esperando a una auténtica presa. Volvió a repetir la operación pero esta vez la tarántula se sintió como una gran superstar al salir del agujero pues le esperaban unos cuantos flashes de cámaras fotográficas que no querían perderse el retratar aquél enorme arácnido. En fin, me alegró llevar puestas mis botas para andar por aquél sitio.
Retrocedimos lo caminado, navegado y conducido y llegamos de nuevo a Flores donde nos quedamos un par de días más recorriendo sus calles y navegando en el lago Petén-Itzá y visitando los pueblos de las orillas. La isla de Flores fue fundada por los itzaes tras ser expulsados de Chichén Itzá y la bautizaron con el nombre de Tayasal. De los restos de Tayasal no queda nada porque la población moderna se construyó sobre las ruinas que destruyeron los soldados españoles. En la actualidad viven unas 2000 personas en la isla supongo que porque no caben más, por lo que están creciendo los pueblos de los alrededores como Santa Elena. Para pasear por el lago tienes que ir al embarcadero y pactar el precio del paseo con el dueño de una barcaza. Hay tres puntos turísticos donde ir, la laguna de la Guitarra y Petencito, a los asentamientos de San Andrés y San José, así como al biotopo Cerro Cahuí. Petencito es una pequeña isla con una playita paradisíaca y unas cabañas en que puedes alojarte. También tiene guacamayos y loros que son los compañeros del vigilante y estanques con caimanes. Enfrente de la isla, ya en tierra, hay un pequeño zoo muy bien surtido de animales y en cuyo interior se halla la Laguna de la Guitarra que se llama así por el idéntico parecido que tiene con el instrumento clásico español. El día puede ser redondo si lo haces con el buen sol que caracteriza a estas latitudes, la barca se convierte en una hamaca donde tomas el sol mientras el barquero te lleva de un punto a otro del lago.
Una vez en el hotel decidimos que a la mañana siguiente marcharíamos a Ciudad de Guatemala, la cuestión era decidir de qué manera. Una opción era en autobús que se tarda unas doce horas en llegar, por caminos llenos de baches y sin asfaltar con el riesgo que le supone a una mujer embarazada de casi tres meses como estaba Marta, y añadiendo el peligro de la guerrilla atrincherada en la selva del Petén. Otra opción era ir al aeropuerto y coger un avión que tarda 50 minutos, je, je!, la cosa estaba clara. Salí a mirar alguno de los locales que habíamos visto por el pueblo en los que te vendían excursiones y viajes, y la verdad es que me sorprendieron los precios, estaban bastante baratos. Además había vuelos para hoy mismo y si nos dábamos prisa podíamos coger el de las 15:30 en el que había plazas.




Preparamos las mochilas y nos fuimos en taxi al aeropuerto donde a esa hora cogimos un antiguo avión ruso de quince plazas que parecía mentira que ese trasto pudiera volar.





ALTOS DE GUATEMALA



Durante casi una hora pudimos divisar desde el aire la deforestación que está sufriendo esta selva de Centroamérica. Enormes parches van surgiendo en el terreno, cada parche son centenares de hectáreas yermas y desarboladas. Supongo que será por diferentes motivos, sea para pastos del ganado, pudieran ser empresas papeleras o quizá colonos hambrientos de parcelas de cultivo, el caso es que la visión aérea es deprimente. Poco a poco la parcheada selva va dando paso a los altos guatemaltecos y conforme nos acercamos a Ciudad de Guatemala el número de edificaciones y campos roturados va aumentando. Aterrizamos en Guate cincuenta minutos después de despegar, en el aeropuerto internacional de La Aurora. El cacharro ruso había funcionado bien y al bajar no pude evitar darle unas palmaditas en su lomo de acero, nos había traído sanos y salvos a la civilización y nos ahorró unos cuantos baches y pinchazos de ruedas. La salida del aeropuerto es también una selva, pero una selva de taxistas intentando que subas en sus autos por 16$ para llevarte al centro de la ciudad. Nos los quitamos de encima como pudimos y seguimos a tres chicos que parecían guatemaltecos y que se dirigían con paso decidido hacia el exterior del pequeño aeropuerto. Seguro que eran de aquí o por lo menos habían hecho el trayecto más de una vez. Les preguntamos como podíamos ir a la plaza Mayor en la zona 1 puesto que el hotel elegido se ubicaba allí. Nos dijeron que fuéramos con ellos hasta la parada de buses localizada a un kilómetro y poco más. El autobús costaba 0´25$ y como tuvimos que hacer transbordo porque no había ninguno directo hasta el centro nos salió en total por un dólar. Económicamente habíamos triunfado pero al final no nos pareció que hubiera sido muy buena idea, los autobuses iban atestados de gente y nosotros cargábamos con las mochilas a cuestas porque los buses urbanos no tienen compartimento para maletas, además estaba anocheciendo y Guate es una ciudad de altísimo riesgo tanto de día como de noche, desde el vehículo veíamos por doquier guardias vestidos de azul custodiando bancos, oficinas pero también en hamburgueserías e incluso vimos uno en una simple mercería. Todos van armados con Franchis de repetición, parece que aquí no se andan con chiquitas.
Los autobuses municipales son realmente cutres, no tienen ventanas, todo está resquebrajado, los asientos son mas duros que una piedra, pero te llevan a cualquier parte de la ciudad por un precio módico, además hay muchos y todos funcionan hasta las diez y media, más tarde salen a la calle los denominados ruleteros que son colectivos pequeños que funcionan toda la noche hasta que salen los municipales muy temprano por la mañana. Llegamos al hotel elegido que está muy bien situado, en el puro centro de la ciudad, se llama hotel Centenario y por su aspecto lo parecía aunque muy bien conservado. Aquí nos gastamos lo del taxi más lo que sería una habitación normal típica de nuestro presupuesto, pero la situación lo requería, sólo estaríamos una noche en la ciudad y no queríamos ningún incidente tanto por el sitio que nos alojáramos como por la zona en que estuviera. La zona 1 es relativamente segura y la plaza Mayor es el corazón del país. El hotel no desbordaba en lujos y mucho menos la habitación que nos endosaron que creo que no era de las mejores, seguramente al ver el aspecto que teníamos de dos viajeros cargados con mochilas y vestimenta muy funcional debieron pensar que nos serviría la peor que tuvieran. No obstante tenían televisión por cable y hasta pude ver el telediario de España, comprobé que todo seguía igual y que los políticos continuaban discutiendo entre unos y otros intentando recolectar votos y vendiendo la imagen que más le conviene y también comprobé que algunos de nuestros vecinos del centro-norte de la península continuaban desgraciadamente con la misma cantinela que ya dura treinta años y que no creo que se acabe durante los dos meses que pasaremos fuera del país. Pero da gusto saber y ver lo que pasa en tu casa y una cosa que parece mentira que agradezcas escuchar es la ce bien pronunciada con su tono seco y su cuarto de lengua reposando entre los dientes de ambas mandíbulas y no pronunciada como si fuera una ese como lo hacen en toda Hispanoamérica, esto es un signo inequívoco de que es un compatriota el que habla.

La mañana la dedicamos a visitar la plaza Mayor que sin duda es el corazón político del país, en donde reside el Palacio Nacional con las oficinas ejecutivas de la Presidencia de Guatemala.




La plaza es de distribución colonial española con su catedral , gobierno y plaza de armas donde antiguamente formaban las tropas del ejército español. Al lado de la plaza Mayor está el parque centenario que da nombre a nuestro hotel por tanto muy cerca nos quedaba esta visita. Comenzamos por el Palacio Nacional al que accedimos sin ningún problema después de presentar nuestros pasaportes acreditando nuestra condición de turistas y pasando por un detector de metales. El palacio es majestuoso y muy nuevo pues tiene unos cincuenta y pocos años ya que se construyó para sustituir al Palacio El Centenario que sucumbió pasto de las llamas en 1925. Al vernos un tanto despistados entre el laberinto de altos pasillos y elegantes escaleras, se nos ofreció un joven guía que acababa de prestar sus servicios a un grupo de tres gringos. Nos abrió puertas cerradas que daban a enormes y hermosas salas profusamente decoradas y adornadas con grandes frescos en sus paredes. Estos frescos estaban repartidos tanto en salas como en pasillos y escaleras, en su mayoría están realizados por Alberto Gálvez Suárez y su temática es histórica ambientada en la época de la conquista. Los frescos son muy hermosos y explican capítulos notables de la conquista de Guatemala. Acabamos el paseo recorriendo los pasillos que rodean un atrio lleno de jardines y desde el que se ven todos los pisos que componen el Palacio. Salimos a la plaza y paseamos un rato por ella, descansando en sus bancos y viendo pasar a la gente. Me di cuenta de la presencia de una especie de mercadillo de libros situado en una esquina de la plaza justo delante de la catedral, allí pudimos aprovisionarnos de alguna lectura que nos amenizaría futuras horas en las habitaciones de los hostales. También visitamos la catedral de la que no se puede contar nada del otro mundo ni exterior ni interiormente. Luego nos adentramos por las calles traseras de la catedral por las que accedes al Mercado Central en el que venden todo tipo de artesanía del país. La gente de la ciudad tienen una marcada infelicidad que muestran exteriormente en sus rostros. El hacinamiento, la suciedad, la falta de higiene, el alcoholismo que hace mella en la población, la cola o pegamento que engancha a los más chiquitos, el sentimiento de peligrosidad, la gran cantidad de vehículos, etc., hace que esta visita sea rápida y que decidamos coger nuestros enseres y marchar lo más rápidamente posible de esta población y llevarnos nuestra cara de extranjeros hacia otra parte.
Regresamos al hotel después de comer un menú que nos pareció suficientemente atractivo en un bar cercano a nuestro alojamiento. En el hotel pedimos información de cómo podíamos dirigirnos hacia Antigua de Guatemala que era nuestro siguiente destino. Allí nos aconsejaron un minibús turístico que aunque mucho más caro era infinitamente más cómodo. Después de nuestra experiencia en el atestado autobús municipal del día anterior decidimos probar en este sistema de transporte que está de moda en el turismo del país dada la deficiente infraestructura que tienen, además habíamos decidido que dada la condición de embarazada de Marta intentaríamos viajar lo más cómodamente posible en adelante al menos siempre que pudiéramos elegir. Y creo que acertamos porque nos vino a recoger una fabulosa y reluciente combi roja con todas las comodidades que uno puede esperar. Tapizada interiormente, asientos individuales giratorios, lo último en acabados, qué pasada. Desde ahora estaba completamente decidido que íbamos a viajar con esta compañía, pero ¡ay amigos! Este era el gancho pues la flota de la compañía es muy distinta a la furgoneta en que viajamos hasta Antigua, luego nos enteramos que el que nos transportó era el dueño de la empresa y que nos llevó en su flamante vehículo particular aprovechando que tenía que ir hacia Antigua a realizar unas gestiones. Pero eso que sacamos en nuestro provecho y el recorrido de 50 minutos fue el más cómodo de todo el viaje.
Antigua de Guatemala era la antigua capital del país. Fundada en 1542 no se puede decir que haya sido una ciudad con muy buena suerte, la gran cantidad de terremotos, incendios e inundaciones ha hecho que se desplazase su capitalidad a Ciudad de Guatemala. Pero la ciudad continua siendo la capital para los viajeros que cruzan este bello país y la convierten en su centro de operaciones. Ubicada entre tres grandes volcanes de nombre Agua, Acatenango y Fuego continua aguantando fuerte y serena a la espada de Damocles que pende sobre ella. El volcán Fuego resulta fácil de identificar por la fumarola continua que despide. La ciudad es puramente colonial con casitas de una o máximo dos plantas todas ellas de diferentes colores. El paseo por sus calles es simplemente genial, es una de las ciudades más bonitas de América.
Preguntamos al chófer por un sitio donde alojarnos y nos recomendó la casa de una amiga suya que tenía seis habitaciones para hospedar a viajeros. Las habitaciones eran blanquísimas como toda la casa colonial, tenía tres plantas, la primera era para los huéspedes, la segunda para la familia y la tercera era un salón por el que se accedía a una hermosa terraza donde tenías una preciosa vista de la ciudad. El hotel lo llevaba la señora pero cuando llegamos había salido y nos atendió su simpático hijo de 9 años, nos enseñó la habitación e incluso nos cobró las dos noches que íbamos a pasar, todo un hombrecillo.










Salimos a pasear un rato e inspeccionar un poco el terreno. Como he dicho anteriormente hay muchos viajeros en esta ciudad, unos de paso, otros se quedan unos cuantos días, otros hacen parada en sus viajes organizados y el lugar también es un centro de estudios para el aprendizaje del idioma español, muchos estudiantes norteamericanos pasan todo un mes en la ciudad aprendiendo y practicando el idioma. Todo esto hace que en Antigua haya mucho ambiente, muchos restaurantes y bares y varios sitios con marcha nocturna, aunque conserva su clásica estética de pueblecillo colonial y no os vayáis a pensar que esto sea la movida madrileña o la ruta del bacalao. Después de visitar unas cuantas tiendas de artesanías nos dirigimos a un hotel restaurante donde nos habían aconsejado que probáramos su chocolate caliente. El lugar es frecuentado por muchos gringos y se llama Doña Luisa Xicotencatl, está muy cerca del Parque Central.



Nos sentamos en unas mesas distribuidas en un patio interior del establecimiento. Allí leímos en un tablón de anuncios el siguiente aviso en español y en inglés: “NO SUBAIS AL CERRO DE LA CRUZ, somos un grupo de veinte estudiantes extranjeros que subió con tres profesores nativos y fuimos asaltados. Intentamos huir y nos ametrallaron indiscriminadamente muriendo nuestro profesor de veinticinco años de un disparo en la cabeza”. La vista desde el Cerro de la Cruz es preciosa pero obviamente el anuncio nos quitó las ganas de subir. Recordamos lo de Chiapas, además nos informamos bien del tema y pudimos comprobar que la subida o escalada de los volcanes se puede convertir en una arriesgada odisea, te puedes encontrar con asaltos, violaciones a mujeres y a veces con la muerte. La gente que sube a los volcanes se hacen acompañar por guías nativos que van armados con pistolas y cuchillos, pero eso no es suficiente muchas veces. Lo mejor que se puede hacer si te ves envuelto en un problema como este es no hacerte el valiente y entregar todo lo que lleves, si eres un poco listo no llevaras muchos objetos de valor y habrás dejado las principales pertenencias a buen recaudo y saldrás seguramente con la cosa más preciada de todas, la vida.
El día siguiente lo dedicamos al relax, exploramos hasta el último rincón del pueblo. También contratamos en una agencia de excursiones varios itinerarios por el país, básicamente el viaje a Chichicastenango, al lago Atitlán y el trayecto Antigua-Livingston al este del país, pasando por Honduras.
Así que el domingo partimos hacia Chichicastenango, al oeste de Guatemala. El colectivo no era el del otro día, era bastante más viejo aunque no estaba del todo mal, eso sí, bastante lleno, íbamos once personas más el conductor y las mochilas. Después de dos horas de viaje llegamos al famoso mercado de Chichicastenango. Recuerda al gran mercado andino de Otavalo en Ecuador aunque el de Chichi no desbordaba tanto en colorido y era bastante más claustrofóbico. La gente de los pueblos de alrededor bajan los domingos a vender alimentos y artesanía haciendo de las calles del pueblo un gran mercado de paraditas y puestos de venta.






También se suman los comercios del pueblo y entre todos llenan de colorido la fiesta. Las plazas se convierten en laberínticos callejones artificiales donde venden desde un jersey hasta la oveja de donde salió. Todo es muy estrecho y los indígenas parece que tengan siempre prisa, apretujándose unos con otros y empujándose para ver quien pasa primero. Tú te metes entre ellos y te dejas llevar por la multitud, parece un gran hormiguero. Fuimos a parar a la iglesia de Santo Tomás y aprovechamos sus grandes y anchas escaleras para sentarnos y descansar como hacen muchos indígenas. Luego continuamos mirando los puestecillos y al final de la tarde nos dimos cuenta de algo digno de record guinnesss, sorprendentemente irreal, único, irrepetible, no compramos nada. Sí, sí, no compramos nada, increíble. La verdad es que vamos muy cargados de equipaje pero esto es realmente una proeza. Es casi imposible resistirse a los tapices andinos, tejidos bordados, tallas en madera, bisutería folklórica y otras artesanías, pero lo hicimos y nos fuimos del pueblo con las manos vacías pero con la retina llena de maravillosas imágenes. Nuestra siguiente parada era el lago Atitlán.


El lago Atitlán reposa rodeado de montañas como un gran cráter volcánico. Se elevan tres majestuosos volcanes de nombre San Pedro, Tolimán y Atitlán, este último de 3537 metros y dá el nombre al hermoso lago.




La carretera comienza a descender vertiginosamente, el trazado es muy irregular y lleno de curvas. Durante el descenso una densa niebla descansaba sobre el lago tapándolo casi por completo. Sólo eran visibles las orillas. En ellas se ubican varios pueblecitos entre ellos Panajachel que es hacia donde nos dirigíamos.
A Panajachel le llaman gringotenango pues es el pueblo preferido de los turistas y viajeros. Ya en los años 70 fue un paraíso para los hippies y todavía hay algunos de ellos que se resisten a que el tiempo borre su recuerdo, aunque la mayoría marchó después del terremoto del 78. El lugar se podría describir como un gran mercadillo permanente de paradas de artesanía destinadas al turismo, sobre todo en la calle que desemboca al pequeño puerto.






El pueblo está muy concurrido, el lago merece la pena y es una de las grandes atracciones turísticas de Guatemala. Miramos unos cuantos hospedajes y nos alojamos en el que nos pareció más a nuestro gusto pues Panajachel iba a ser el centro de operaciones de nuestras visitas en la zona. Por la noche salimos a cenar y localizamos una brasería al aire libre que la llevaban dos hermanos argentinos. Cuando hay carne para comer y hay argentinos por medio la cena es seguramente deliciosa. No hay mejor carne que en Argentina, os lo aseguro. Durante la cena nos pareció oír hablar en español a una pareja de extranjeros que estaba en una mesa cercana aunque no entablamos conversación.
Al día siguiente partimos hacia Quetzaltenango y sus alrededores. La furgoneta que nos fue a recoger al hotelillo iba a ser para nosotros solos pues no había nadie más para hacer esta excursión y como habíamos pagado todo en Antigua nos tuvieron que llevar. Íbamos bien anchos y esto aquí es todo un lujo. Hicimos una parada en una fábrica de vidrio artesanal, un grupo de trabajadores lo metían en el horno, soplaban el cristal y lo moldeaban, todo ello lo más rápido posible y sin parar ni un instante. Habrían unos treinta trabajadores. Continuamos hacia el pueblo de Zunil pero una vez en las afueras del pueblo tomamos una carretera que comienza a subir montaña arriba. A la derecha de la carretera va apareciendo conforme subes en altura un vertiginoso precipicio, al otro lado del valle vigila la ascensión un majestuoso volcán de estrecho cono de ceniza. La verdad es que no se cómo se llama el volcán pero estamos en un país con decenas de volcanes y uno se pierde. Esta zona montañosa del occidente guatemalteco es la continuación de la Sierra Madre de Chiapas, son formaciones volcánicas que casi llegan a los 4000 metros o en el caso del volcán Tajumulco de 4220 metros. Muchos de estos volcanes están activos y la zona es muy sísmica. También es muy fértil y la vegetación que nos rodea es auténticamente tropical. Tras nueve kilómetros de ascensión llegamos a las fuentes termales Georginas, el conductor nos indica el camino hacia ellas y se queda platicando un rato con el vigilante que cuida el lugar. Las fuentes termales salen a chorro de cascada de la pura montaña y caen en un estanque que ha sido modificado artificialmente para contener sus aguas y facilitar el baño en sus tórridas aguas. El pestazo de azufre tumbaría a cualquiera pero el vientecillo fresco de las alturas dándote en tu cuerpo desnudo hace que en décimas de segundo te metas en las aguas.



El gozo es indescriptible, es un jacuzzi natural en plena montaña. Estuvimos retozando en el agua hasta que se nos arrugó la piel y decidimos que era suficiente, así que nos vestimos y volvimos a la furgoneta. En el descenso adelantamos a una chica que bajaba caminando por la carretera. Era Heidi en persona bajando por la montaña después de ver al abuelito. Pelirroja, blanca de piel, pecosa y la cara roja como un tomate. Cargaba su mochila y llevaba una flor adornando su gorrito de lana en forma de orinal. Totalmente patético. Después ocurren los ocasionales incidentes desagradables pero algunas extranjeras lo ponen en bandeja. Le dije al conductor si la podíamos llevar y nos respondió que nosotros mandábamos, así que le hice frenar y la invité a subir. Ella aceptó y la llevamos hasta Zunil. Allí dejamos a esta intrépida e inconsciente jóven canadiense y nosotros nos adentramos en el pueblo.
Zunil estaba en fiestas pero de esas que se celebran una vez al año. Estaba todo abarrotado, lleno de coloridas procesiones. Nosotros nos dirigíamos a la plaza central donde se ubica la pequeña iglesia pero nos fue imposible por el camino habitual. Optamos por rodear el pueblo e ir por el otro lado del río pero nos vimos también inmersos en otra procesión y nos dejamos llevar por su lenta velocidad y decidimos formar parte de ella saludando a toda la gente que se apilaba a lo largo de la calle.





Todo el mundo iba con sus mejores trajes, las mujeres vestidos de infinitos colores y los hombres con el sombrero típico vaquero y de color blanco.


Con cierta dificultad llegamos al aparcamiento, allí continuamos andando hasta la plaza principal que estaba completamente abarrotada, llena de atracciones de escala infantil. Había una especie de tiovivo con coches de madera y columpios. Los niños se lo pasaban en grande. También habían paraditas que vendían papas fritas, nubes de algodón y palomitas.



Hasta una procesión con un carro desde el que tiraban infinidad de caramelos y pelotas de plástico. Ay si te cae algo de eso cerca de ti porque aquello era el sálvese quien pueda y todo el mundo se tiraba para ver si cogían algo. El interior de la blanca iglesia me recordó a San Juán Chamula por las velas y cánticos mayas pero sin la personalidad característica que tiene la de Chiapas. Aquí si que pude hacer fotografías en el interior y aproveché para tener el recuerdo de esos curiosos templos. Al salir continuamos entre la multitud festiva, en una plaza bailaban una especie de sardana, todos los participantes se cogían de la mano formando un corro y en el medio siempre uno de ellos bailaba solo hasta que otro le relevaba. Todos iban con caretas y disfrazados. Estuvimos observándolos un rato mientras nos comíamos una bolsa de papas o patatas fritas y un refresco. Se hacía tarde y todavía faltaba visitar Quetzaltenango. Decidimos marchar hacia la ciudad aunque una vez que llegamos allí pudimos observar que era una ciudad grande y que con un paseo por el centro era más que suficiente pues el resto carecía de interés. Aprovechamos para ir a descambiar dólares americanos por quetzales ya que no lo hacíamos desde Guate y ya estabamos casi pelados.
Llegamos a Panajachel con tiempo de ver la puesta de sol en el lago Atitlán.


Muchos viajeros aprovechaban esta hora para fotografiar el fenomenal colorido de la puesta tras los volcanes. Entre ellos conocimos a dos madrileños que llevaban hecho un carrete y medio de fotos, estaban enamorados del volcán San Pedro. La verdad es que es un cono de ceniza perfecto, maravilloso, pero no se si para hacerle tantas fotos. Además hacían pruebas con filtros de diferentes colores, nos dejaron un filtro rojo y probamos con nuestra cámara. Comenzamos a conversar de nuestra estancia en el país y nos comentamos los recorridos que íbamos haciendo. También bromeamos con el dichoso futbol y con los tópicos que surgen de la rivalidad de nuestras ciudades o regiones y viendo que nos lo pasábamos bien decidimos tomar unas copas en el bar que está junto al lago. Allí estuvimos hasta que anocheció totalmente y nos invitaron a que cenáramos con ellos y con una pareja de navarros que habían conocido el día anterior, aceptamos y nos dirigimos hacia el restaurante. Resultó ser el de los argentinos y la pareja de navarros era la misma del día anterior a la que oímos hablar en castellano. Eran también una gente muy maja y la cena fue muy amena por lo que decidimos salir un rato por la noche. Comentaron que había un bar con hora feliz, es decir, que tomando una copa te daban otra gratis. Fuimos hacia allí. Era una terraza situada en la planta de arriba de la casa y que daba a la calle principal. A la una y media de la madrugada cerraban después de habernos insistido unas copas antes que era el último ron que nos servían. Al bajar a la calle quisimos continuar pero nos dimos cuenta que todo estaba oscuro y desierto, ¿aquí no hay fiesta?, pues no la hay. Nos despedimos después de burlarnos de la marcha hippie del pueblo, estos no deben ser los de los 70.



Hoy tocaba un paseo por el lago, lo más importante era que hiciese buen tiempo, así que nada más despertarme dí un bote de la cama hasta la ventana, corrí la cortina y ¡perfecto! hacía un sol estupendo y ni una nube en el cielo. Ideal para recorrer los pueblecitos a orilla del lago mediante una embarcación que salía de Panajachel. Normalmente iba a tres pueblecitos. El primero San Pedro en la falda del volcán del mismo nombre. El segundo Santiago bajo el volcán Atitlán y el último era uno vecino de Panajachel. En el barco conocimos a una vasca que se llamaba Inma. Era una viajera solitaria, amante de ver cualquier parte del mundo como todo viajero que se precie. Su curriculum viajero era largo, al acabar la carrera marchó seis meses sola a conocer China, Tailandia e India. También viajó por Birmania, Vietnam e Indonesia durante dos meses. Cruzó el Yemen en 4x4. Países del norte de África. Dos meses en Australia y ahora otros dos en Centroamérica recorriendo Méjico, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, este último viaje acababa de comenzarlo. Me encanta conocer gente así. Hablando de los viajes ya estabamos llegando al primer pueblo en el que paseamos un rato y compramos fruta en el mercadillo. Después fuimos a Santiago. Desembarcamos y nada más hacerlo nos rodeó una legión de niños a vendernos cosas.



Nos dimos cuenta que había un helicóptero a unos cuatrocientos metros que estaba rodeado por gente. Había venido algún político al pueblecito. De repente sus aspas comenzaron a girar, cada vez más rápido hasta que comenzó a elevarse. Se formó una nube de polvo inmensa a la que se sumó la que formaron el centenar de personas que comenzó a correr como una manada de bisontes desbocados hacia todas direcciones, incluso algunos tropezaron y cayeron al suelo. El helicóptero finalmente despegó y desapareció de la zona. Nos despertó de esta visión surrealista el grupo de niños que nos insistía en vendernos un submarino amarillo si hacía falta y además querían llevarnos a ver a “Maximón”. Que ¿qué es eso?, pues una tomadura de pelo. Andas calle arriba hasta el final del pueblo y en un pequeño callejón te encuentras con una casa rodeada de incienso. Allí te hacen pagar 5 quetzales si quieres ver a Maximón y 5 más si quieres fotografiarle cosa que no hicimos. Las chicas se enfadaron y no quisieron entrar pero mi curiosidad pudo más y pagué los 5 quetzales. En el interior te encuentras a Maximón, un maniquí con un puro en la boca y un gran sombrero guatemalteco, vestido típicamente del folklore de Santiago. Todo está rodeado de velas e incienso y un tipo rezando palabras abstrusas entredientes que suponían ser alguna oración, patético. Los niños continuaron detrás de nosotros hasta que les dimos una bolsa de caramelos y se quedaron discutiendo entre ellos a ver a quien le tocaba más. Inma se quedó en Santiago y nosotros continuamos hacia el último pueblo. Era una aldea preciosa, construida en la montaña y con el lago y sus volcanes frente a ella.
Por la tarde recogimos las mochilas del hostal y nos fuimos en colectivo de nuevo a Antigua. Le pedimos al chófer que nos dejara en la casa en que dormimos unos días antes, la de la mujer y su hijo de 9 años. Tuvimos suerte y tenía una habitación libre así que descargamos nuestro equipaje y pasamos la noche allá.




CAMINO A HONDURAS


Habíamos decidido días antes contratar este viaje que nos llevaba a Honduras para luego retornarnos a Guatemala. Por tanto descartamos definitivamente una ruta alternativa que tenía planeada anteriormente que consistía en cruzar El Salvador y ver una ruina maya del país, una vez en Honduras ir hasta Tegucigalpa y luego girar hacia el oeste dirección Copán para más tarde cruzar de nuevo la frontera guatemalteca. Nos echó para atrás noticias que leímos en los periódicos sobre hechos ocurridos en El Salvador. Las últimas semanas grupos de asesinos se dedicaban a exterminar familias enteras de campesinos. La última murieron seis personas, cuatro de sus miembros menores de seis años, horrible. Además dado que la ruina maya no es nada del otro mundo decidimos olvidarnos del país aunque supongo que no habríamos tenido ningún incidente.
A las tres de la madrugada estabamos en pie para partir hacia Honduras. Salimos del alojamiento y nos dimos cuenta que a esta hora ya han puesto las calles, es increíble. La furgoneta nos recogió a las cuatro y portaba en su interior seis pasajeros. Esta vez hemos tenido suerte y no nos han recogido los primeros, a esta hora hubiera sido mortal. Si hubieseis visto la cara que llevaban de sueño aunque supongo que la misma que nosotros. Dos de los pasajeros eran una pareja de japonesas que iba durmiendo. A estas horas es normal que duerman pero algo muy curioso de los japoneses es que aprovechan cualquier momento libre del día para dormir. Un autobús de japoneses en un trayecto de un punto a otro más parece un dormitorio con ruedas que un vehículo. Mientras empieza un acontecimiento o espectáculo duermen. Si van en tren, duermen. Si esperan a alguien y pueden sentarse, duermen. En fin que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.
Hicimos una parada en Ciudad de Guatemala para recoger a dos fotógrafos italianos que se dirigían a Honduras y Nicaragua. Paramos a desayunar a mitad de camino, las japonesas se despertaron por fin. Desayunamos huevos fritos con frijoles, aguacate y arroz blanco, tostadas y café con leche, un buen desayuno para reponer las fuerzas del viaje. Continuamos y a las 10:30 llegábamos a la frontera de El Florido, casi siete horas después de iniciar el trayecto. Bajamos y nos metimos en aquella caseta de madera a pasar el control de pasaportes y pagar los impuestos de salida, unos tres dólares por persona. Salimos con los pasaportes sellados y nos dirigimos hacia la caseta situada a cincuenta metros de la anterior y que pertenece a Honduras. En el camino se nos cruzaron unas cuantas gallinas, es curioso y surrealista si pensáramos en una frontera occidental cualquiera pero aquí es de lo más normal.


En la frontera de Honduras nos sellaron el pasaporte y de nuevo tuvimos que pagar seis dólares más. Lo mejor de todo es que volveríamos seis horas después y nos harían pagar igualmente en cada puesto fronterizo.



Seguimos hasta las ruinas llegando casi al mediodía.


Copán no es tan impresionante como sus émulas Chichén, Uxmal, Palenque o Tikal pero no dejan de ser impresionantes. Lo más bonito es su juego de pelota y sus estelas.





Dicen que la visita se debe realizar en dos días pero a nuestro parecer con un día es más que suficiente. Así que para la noche ya habíamos regresado a Guatemala. Dormimos en un motel con casitas unifamiliares muy cómodas y al día siguiente partimos hacia el recinto arqueológico de Quiriguá. Nuestro conductor se llamaba José y los dos días que pasamos en el vehículo los dedicamos a charlar del país y de otras cosas. José estaba muy orgulloso de Guatemala, decía que era el país más lindo de América. Disfrutaba mucho con su trabajo, le encantaba conocer gente nueva y charlar con ellos, básicamente en eso consistía su trabajo a parte de conducir. José nos llevó a visitar una empresa platanera, nos enseñó los campos, atravesados por cintas mecánicas que transportan la mercancía hasta la casa en que los lavan y empaquetan.



Fuera esperan pacientes una flota de camiones que conforme van llenando sus remolques parten a transportar las bananas hacia el destino que les corresponda. Quiriguá se halla cerca de esta bananera y todo el recinto está rodeado por plantaciones excepto un lado en el que se extiende un gran bosque tropical. Estas ruinas son muy famosas en la Ruta Maya no solo por el número de estelas que posee sino por el tamaño de las mismas, llegando a medir la más alta unos 10,5 metros. Todas están cubiertas por un tejado artificial confeccionado con plantas secas y de forma piramidal apoyada su base en cuatro palos gruesos. Su función es guarecerlas del agua para que sus dibujos o grabados no vayan desapareciendo con el paso del tiempo. Nos apremiaba la visita porque comenzaban a picar fuerte los mosquitos, estos zancudos andan por toda la región, además estaba lloviendo como de costumbre en la zona.
Continuamos la carretera del Atlántico y en la Ruidosa nos desviamos en dirección a Flores (Petén) pero nos quedamos en la población de Río Dulce después de recorrer 34 Km. para llegar hasta Flores hay bastantes más kilómetros. Río Dulce también es conocido por Fronteras o El Relleno. La combi nos dejó en el pequeño embarcadero del pueblo donde se apilan unas cuantas motoras esperando alquilar sus servicios. Un olor a pescado frito inundaba la callejuela que daba al puerto, había una mujer friendo el pescado en una parrilla y lo vendía a trozos por unos cuantos quetzales. Enseguida nos asaltaron los conductores de las motoras ofreciéndonos buenos precios para ir a Livingston, después de regatear un poco pactamos el precio final el que nos incluía retroceder un poco en dirección al lago Izabal y visitar el castillo de San Felipe. La única manera de llegar a Livingston es por el río o por mar, no hay ninguna carretera ni camino.



El castillo de San Felipe se ubica en el estrecho que separa el río Dulce del lago Izabal. Fue construido en 1652 para contener y cortar el paso a los piratas que desde el mar caribe remontaban el río Dulce y saqueaban las poblaciones a orillas del lago Izabal. En 1686 los piratas capturaron el castillo y lo quemaron. A finales del siglo XVIII los piratas desaparecieron y el castillo pasó a ser una prisión. Ahora es una excelente atracción turística que nos recuerda la época colonial española. Rodeamos el castillo con la lancha, todavía se ven algunos cañones en los merlones de las almenas, eran pequeños pero debieron de ser muy efectivos. Después cambiamos el rumbo hacia río Dulce pero antes de dejar la población llenamos el depósito del motor de la embarcación puesto que el camino es largo y además la lancha va muy rápido y traga mucha gasolina.
Comenzamos el recorrido a toda velocidad, el río era relativamente ancho pero al cabo de unos kilómetros empezó a ensancharse y entramos en la parte que llaman El Golfete, que no es más que un lago que forma el río. En una de las orillas se encuentra el Biotopo Chocón-Machacas donde puedes desembarcar y dar un paseo por la selva admirando su rica flora y fauna. No paramos puesto que Livingston todavía quedaba lejos. En el lago hay bastantes manglares donde reposan toda clase de pájaros. Después el río se va estrechando de nuevo. El barquero se dirige a la orilla que deja una montaña espesa en vegetación. De sus paredes nace una cascada y conforme nos vamos acercando un olor a azufre envuelve el ambiente. El barquero nos propone un baño en las aguas termales pero no aceptamos porque no nos apetece. Metimos la mano en el agua y pudimos experimentar lo caliente que salía. Avanzamos unos metros con la barca y el agua volvía a estar fría. Nos recordó a las fuentes georginas pero indudablemente estas eran más salvajes. A partir de aquí nuestros ojos se concentraron en ver si podíamos divisar algún Manatí o vaca de mar. Estos animales son huidizos, no les gusta el sonido del motor y tampoco teníamos mucho tiempo para ir apagándolo y esperando a ver alguno, así que lo dejamos para los cayos de Belize en donde pudimos ver unos cuantos.
Más tarde nos adentramos en una garganta donde el río se vuelve más estrecho y sinuoso. El barquero paró la lancha y empezó a dar gritos para escuchar el eco, el tío se lo pasaba en grande y nos preguntaba el país de donde procedíamos para después lanzar un impresionante berrido articulando el nombre del país. Luego reían él y su hijo pequeño que le acompañaba y comentaba que seguro que le oyeron nuestros compatriotas de allá. Pero eso no fue todo, el hombre nos animaba entusiasmado a que berreáramos nosotros también y he de reconocer que después de insistir lo consiguió. Hala, a gritar Guatemala como poseídos en mitad de un río perdido del golfo de Honduras. Cuando se cansó del espectáculo puso en marcha el motor y continuamos zigzagueando el río entre las gargantas. Cuando salimos de aquel minicañón el río se fue ensanchando y ya divisamos el mar caribe. En el margen izquierdo del río aparecieron unas casas que anunciaban la llegada a Livingston.



LIVINGSTON


Livingston o pequeña África como le llaman los guatemaltecos por tener la población mayoritariamente negra, es la puerta al caribe de Guatemala. Aquí todo es diferente, las casas, las playas caribeñas (aunque son mejores las de Belize) y el reggae. Aquí Bob Marley es una religión. Su historia es simple, unos esclavos africanos escaparon de los ingleses y se refugiaron en la isla de Saint Vincent y más tarde en Roatán en la costa hondureña. Allí se dispersaron por Belize, Livingston, la costa de los mosquitos en Honduras y Nicaragua. Todos estos negros son garífunas. Y unos cuantos niños de ellos nos vinieron a dar la bienvenida cuando desembarcamos en el puerto de Livingston después de haber navegado casi tres horas. Pero la bienvenida no era altruista, cada uno de los niños nos quería llevar a un hotel diferente. Vista la situación y viendo que nos vencía su persuasión optamos por ir con el que nos indicara el hotel mas cercano. Uno nos señaló el primer edificio que encontrábamos subiendo al pueblo y decidimos acompañarle y echar un vistazo. El hotel era muy básico pero todos los alojamientos del pueblo lo son, incluso mucho peores. Decidimos quedarnos y el niño nos pidió una propina por habernos abierto los ojos y habernos traído a ese lugar paradisíaco del caribe, en fin, le dimos una propina al caradura y recibió otra del dueño del hotel tras lo cuál marchó rápidamente. La habitación era un desastre aunque estaba limpia que básicamente eso es lo que nos importa. Después de acomodarnos fuimos a recepción y preguntamos a la mujer que debíamos hacer para contratar una barca que fuera a Belize, nos dijo que nos dirigiéramos al embarcadero y preguntáramos precios a los barqueros. No nos dejaron ni llegar, cuando empezamos a bajar la calle ya nos entró un chico blanco preguntándonos a dónde queríamos ir, si a Río Dulce, Puerto barrios o Belize. Le preguntamos que cuanto nos cobraría por ir a Belize y nos dio mejor precio del que nos pronosticó la mujer del hotel, por tanto aceptamos. Nos dijo que saldríamos al día siguiente y nos aconsejó que lo primero de todo fuéramos a la caseta de inmigración a que nos sellaran el pasaporte para poder dejar el país. Nos acompañó el personalmente, primero a sacar el billete y luego a la caseta donde presentaríamos el pasaporte. Estaba en mitad del pueblo y se accedía por unas escaleras en las que tenías que esquivar a un rasta estirado en ellas. Una vez dentro nos encontramos a tres garífunas jugando a cartas, eran jóvenes y uno de ellos era un niño y mira por dónde que era el que nos acompañó al hotel cuando llegamos y que se estaba jugando los quetzales que le dimos en la timba que tenían montada. El mas mayor de ellos dejó la partida y comprobó nuestra documentación, nos miró y nos pidió los quetzales de rigor mientras empuñaba el tampón esperando cobrar para dejarlo caer y grabar el imprescindible sello para salir del país. Pagamos y selló. Nos despedimos del chico hasta el día siguiente y paramos a comer algo en mitad del pueblo. El trazado del pueblo casi era lineal, todas las casas daban a la calle principal la cuál se iba amoldando al relieve de la costa. Todas las casitas eran de diferentes colores, algunas eran tiendas y otras hoteles, viviendas y restaurantes. En uno de ellos comimos algo y más tarde nos fuimos al hostal. Nos quedamos un rato hablando con la propietaria que era indígena. Era una mujer mayor de largos cabellos trenzados y canosos, nos dijo que era maestra y la verdad es que se notaba por la forma de expresarse, además su voz era dulce y pausada, fácil de escuchar. Por tanto la conversación fue afable y muy enriquecedora ya que nos habló de curiosidades de la zona. Lo que más nos sorprendió era su preocupación por el racismo de los negros, decía que se querían hacer dueños del pueblo aunque de hecho ya lo eran, traficaban con droga y con otros asuntos, que solo querían escuchar reage y ganar dinero fácil. También nos dijo que en Belize ocurría lo mismo. En cierta manera la opresión sobre una raza debe dar como resultado una situación como aquella al paso del tiempo.

Al día siguiente la barca partía a las siete de la mañana.


Esta embarcación hacía el recorrido entre Livingston y Punta Gorda en el sur de Belize. Sólo salía martes y viernes. En los viajes hay días de buena y de mala suerte, hoy era de era de buena suerte, era viernes y no nos tocaría esperar en ese pueblo que se ve en media hora. El único interés que tiene es su ambiente rasta y sus playas caribeñas que no están muy limpias pero que si visitas Belize ese pueblo carece por completo de interés.
Dejamos por tanto Guatemala para ir hacia Belize y más que en barca yo diría que lo hicimos en patera. La barca tenía seis o siete metros de eslora con cuatro hileras de asientos, en este espacio nos metimos quince adultos, tres niños y dos conductores y para mi sorpresa flotaba. La barca tenía dos motores pero no tenía radio y digo esto porque si falla un motor tienen otro pero si fallan los dos y no tienes radio y te encuentras en mitad del mar posiblemente no puedas llegar a contarlo si las inclemencias del tiempo no acompañan. La suerte es que me habían dicho que bordearíamos la costa y que no saldríamos a mar abierto. Salimos despacio, admirando el paisaje, pero cuando perdimos de vista Livingston el conductor comenzó a pasarnos un plástico para que lo agarráramos los que estabamos en la parte izquierda de la embarcación con el fin de que no entrara agua. Las cosas empezaban a pintar no muy bien, creo que nos íbamos a mojar un poco. Efectivamente empezó a pisar el acelerador y aquel barco corría que se las pelaba. Todo iba muy bien hasta que dejó de bordear la costa y cambió la dirección mar adentro. El oleaje iba en aumento y la barca comenzó a saltar y dar botes muy fuertes. Nosotros estabamos en la parte delantera y nos resentíamos más que los demás en cada bote que daba puesto que al chocar con la superficie del agua nos daba una buena descarga de vibraciones por todo el cuerpo. Miré a Marta y no levantaba la vista del suelo claramente preocupada, comencé a pensar que perderíamos el bebé. Entonces le hice una señal al motorista para que parara la lancha. Le dije lo que nos ocurría y rápidamente el chico que estaba sentado junto al conductor en la parte trasera le cedió el sitio y el muchacho se sentó a mi lado. Mientras estuvimos parados la barca se movía bastante y entraba agua, el oleaje era fuerte. El viento soplaba duro, la chica negra que llevaba a mi lado me iba diciendo: “windy, windy” que significa ventoso, yo le respondía afirmativamente y nuestras palabras se mezclaban con el fuerte sonido del viento. Arrancó el motor de nuevo y nos fuimos a toda máquina, continuábamos dando saltos pero Marta ya no tenía la misma cara que antes por lo que deduje que atrás no se notaba tanto. Entonces comencé a disfrutar de esta aventura de cruzar el estrecho que separa a los dos países, disfruté hasta de los botes que en otras circunstancias nos hubieran divertido desde el principio e intenté olvidar que la embarcación no tuviera radio, así que la última parte del trayecto resultó ser muy gratificante y más cuando se nos apareció la costa de Belize. Llegamos a Punta Gorda cincuenta minutos después de haber zarpado.





BELIZE







Ver Belize en un mapa más grande


Todos los que íbamos en la barca tuvimos que pasar por el control fronterizo que se encuentra en el embarcadero mismo. Después nos dirigimos a la parada de autobús para irnos dirección a Belize city. Cuando llegamos al país nos dimos cuenta que estaba lloviendo, era una especie de calabobos. No nos habíamos dado cuenta durante el viaje porque el oleaje nos mojaba constantemente pero en tierra nos dimos cuenta de ello. La lluvia nos acompañó durante todo el tiempo que estuvimos en el sur del país y digo esto para introducir un dato curioso y es que en esta región llueve unos 4000 mm anuales, o sea, cuatro metros de agua por metro cuadrado. Teniendo en cuenta que en el Amazonas llueve una media de 3500 mm nos podemos hacer una idea de la cantidad de agua que cae por estos parajes, en Punta Gorda llueve como mínimo una vez al día.
Al fin llegó el bus y comenzamos el trayecto por este pequeño país llamado Belize.
Belize es un país de habla inglesa y con una gran mezcla racial y cultural dentro de un territorio no mayor que el país valenciano y más pequeño que Sicilia o Cerdeña. La raza mayoritaria y con creces es la negra. El territorio que ocupa actualmente este país no interesó del todo a los conquistadores españoles puesto que no había mucha población y la única explotación que poseía era la tala de madera como la caoba. Además muchos barcos españoles se hundían al aproximarse a la costa por el gran arrecife de coral. Esto lo aprovecharon los piratas ingleses para convertir Belize en su refugio hasta que decayó su oficio y se dedicaron a la tala de árboles. Así empezaron a venir los primeros colonos ingleses e instalarse en el territorio. Como la tala de árboles es muy dura y el hombre blanco bastante vago cuando se habla de ejercicio físico, decidieron importar negros de Jamaica para que les hicieran el trabajo sucio. Así se llenó el país de morenos que en la actualidad son la raza mayoritaria debido también por su elevado índice de natalidad. Marta y yo vimos en Corozal, una ciudad al norte de Belize, a una mujer negra embarazada que iba con otros cinco hijos que parecían los hermanos Dalton, pues no se llevarían mas de un año cada uno y su estatura era directamente proporcional a su edad. En fin, aunque los españoles se creían dueños del territorio su derrota delante del cayo Saint George el 10-Septiembre-1798 les devolvió a la realidad y los dejó fuera de juego pasando a ser colonia británica poco más tarde. En 1981 consiguió su total independencia por lo que nos hallamos frente a una nación joven que aunque pobre cuenta con ilusión para el futuro.
Y después de este rollo histórico sigo con mi historia. Estabamos en el autobús con dirección a Belize city, capital del país. Nos quedaban 335 km por delante, en un autobús de colegio americano, de sillines duros y con música rap machacona gracias a unos chicos que iban sentados en la parte trasera del bus. Las carreteras están sin asfaltar y como he dicho los autobuses son unas cafeteras, ante estas premisas, ¿adivináis que es lo que nos iba a ocurrir?, sí, evidentemente, el cacharro se estropeó a mitad de trayecto. Pudimos llegar a una gasolinera de Dandriga. Allí el conductor corroboró que era imposible reparar el vehículo y tuvimos que esperar dos horas y media a que viniera el siguiente, que iba abarrotado y pese a que encontramos dos sitios libres es muy incómodo y claustrofóbico hacer un trayecto largo con un autobús cargado hasta los topes. Además hicimos un transbordo en no se que pueblo y paramos a cenar en otro con la consecuente búsqueda de sitio en el vehículo. Llegamos a la capital entrada la noche, a las nueve. Habían dos parejas de extranjeros en la cafetera con ruedas, una de holandeses y la otra de Texas. Decidimos buscar juntos alojamiento puesto que Belize es muy peligrosa y más de noche. Hubo un momento que nos iba siguiendo un coche de policía a diez metros de distancia y durante un buen rato hasta que se cansaron, eso supongo que era un método disuasorio para los que le parecía una presa atractiva seis jóvenes con mochila andando sin saber muy bien adonde a esas horas de la noche. Llegamos al hotel que buscábamos y estaba completo. Había otro muy cerca pero era bastante más caro, los otros cuatro no querían gastar mucho dinero pero a nosotros no nos apetecía ir dando vueltas por la calle a esas horas, cargados como mulas y con el cansancio que llevábamos. Nos despedimos y entramos dentro del hotel. Regatee duramente el precio y nos dejaron una habitación sin TV ni aire acondicionado por un precio más que razonable, habíamos triunfado. Dormimos como marmotas después de aquel día agotador en que fuimos cincuenta minutos en lancha aunque más bien diría que era una patera del estrecho de Gibraltar, doce horas en autobús o cafetera motorizada y casi una hora andando y cargados con todo el equipaje.
A la mañana siguiente desayunamos en el hotel, todo era más caro y peor cocinado como nos habían advertido, bienvenidos a los países anglosajones. Después del desayuno nos acercamos hasta una agencia de viajes y preguntamos precios de vuelos a Caye Caulker. Preferíamos viajar en avioneta que cruzar el mar hasta los cayos en alguna embarcación que pudiera quedarse embarrancada en un banco de arena o a saber qué. Además ya tuvimos suficiente con el trayecto de Livingston a Punta Gorda. Nos dijeron que no había ningún problema y que si estábamos en el aeropuerto en menos de una hora partíamos hacia los cayos. Regresamos al hotel a recoger las mochilas, allí nos encontramos al chico de Texas de la noche anterior que nos dijo que habían dejado a la pareja de holandeses en un hotel en que sólo les quedaban una doble y que ellos continuaron buscando durante una hora hasta que finalmente se rindieron y vinieron a nuestro hotel pagando 45$ U.S por una noche. Nosotros pagamos 30$ por quedarnos la única pequeña, mala suerte, moraleja: si estás cansado y hecho polvo no tientes a la suerte y descansa en cualquier sitio aunque pagues fuerte. De todas maneras su mala suerte no acabó ahí como nos contarían mas tarde en caye Caulker.
Cogimos un taxi pirata que conducía un rastafari de casi dos metros, el coche también era enorme. Nos llevó hasta el aeropuerto o miniaeropuerto por el tamaño que tenía, era una pequeña pista para despegar avionetas.


A las 9:40 despegábamos hacia el cayo al que llegamos en 20 minutos.


Belize cuenta con doscientas islas entre su costa y el arrecife de coral el cuál es el segundo más grande del mundo después del australiano. De estas islas hay dos que poseen una mínima infraestructura turística y son Ambergris caye o cayo San Pedro y caye Caulker. La primera está mas cancunizada aunque ni mucho menos se le asemeja, ni os vayais a pensar que hay grandes hoteles todo son casas de máximo tres plantas, me refería que es más turística y aquí vienen los grupos de viajes organizados. Para los viajeros está caye Caulker con ambiente mas tranquilo, acogedor y con precios mas ajustados y además posee las mismas distracciones que el otro cayo.
El viaje en avioneta lo hicimos solos, aterrizamos en el cayo sin ningún problema, el viaje fue maravilloso y vimos los cayos, bancos de arena y verdes aguas desde el cielo. La pista era sin asfaltar pero el piloto estaba curtido en estos aterrizajes un tanto rústicos, nos esperaba en tierra un chico que vigilaba la terminal del aeropuerto del cayo que resultaba ser una caseta pequeña con una radio para comunicarse con las avionetas y el aeropuerto de la capital. Cogimos las mochilas y seguimos el sendero que bordea la costa. Nos quedamos en una de las primeras cabañas que encontramos, en la periferia del pueblo.
Las cabañas estaban separadas entre sí, no eran muy grandes y mas o menos medirían siete metros cuadrados. Por fuera eran bicolores de color rosa la fachada y lila los laterales. La cabaña descansaba sobre nueve pilones que la separaban del suelo unos tres metros y se accedía a la entrada por unas escaleras de madera.


Estos pilones van muy bien para aislar la casa del suelo y la humedad dejando además libre el espacio que ocuparía la planta. Como puede observarse esta gente no está tan aislada y conoce uno de los grandes postulados del gran arquitecto de nuestro siglo Le Corbusier aunque seguramente creo que la idea se la sugerirían la cantidad de bichos que se debían colar dentro de las cabañas. Mientras estábamos parlamentando con el dueño aparecieron los holandeses del día anterior buscando alojamiento y se quedaron aquí. También es casualidad puesto que el cayo no es tan pequeño. Después de instalarnos decidimos salir a dar una vuelta para sondear el lugar y algunas agencias de tours para bucear. El pueblo consiste en dos calles paralelas a la costa en el lado que da a mar abierto o a la barrera de coral, las calles no son muy largas y se ubican en la parte norte de la isla, el resto está deshabitado. Las casas son unifamiliares y no tienen mas de dos plantas, parecen fabricadas por ellos mismos. En sus calles sin asfaltar circulan de vez en cuando unos cochecitos eléctricos como los que se usan en los campos de golf. Dimos con unas cuantas agencias de salidas en barca hacia la gran barrera de coral. En inglés hay dos posibilidades de buceo, la primera es el snorkeling que es con las gafas y el tubito y la segunda es el diving, con todo el equipo de escafandrismo con botellas de oxigeno incluidas. Nosotros como solo sabemos snorkelear pues miramos salidas en barca que se ciñeran a nuestras posibilidades y vimos que no estaban nada mal. Hoy mismo había un tour a las 13:00 horas hasta la puesta de sol que aquí es muy pronto, a las cinco de la tarde. Por tanto nos daba tiempo de ir a cambiarnos a la cabaña y volver con nuestros flamantes bañadores y las zapatillas de agua. Una cosa he de comentar y es que si quieres ir a bucear a la barrera de coral has de ir con estas lanchas de las agencias. La barrera no está muy lejos quizá a menos de un kilómetro, pero si vas nadando corres el riesgo de que una lancha te pase por encima a toda velocidad. No es el primer muerto que se produciría, aquí sentirían mucho el accidente pero pasarías a engrosar las listas de intrépidos bañistas que no hicieron caso a estos consejos que además te disuaden de que lo intentes y que entres en el negocio de las barcas. O sea, que es el pez que se muerde la cola más muertos mas negocio hacen las barcas por lo que en su conducción tampoco es que miren mucho por los bañistas. Así que al mediodía nos embarcamos en un velero a motor el cual paró nada más salir del muelle y desplegó velas hacia el arrecife de coral.


Hicimos tres paradas de buceo. La barrera de coral no es tan impresionante como la australiana en la que los corales surgen de profundidades mucho mayores y parecen rascacielos acuáticos en los que muchas veces no se divisa el fondo marino. Estoy hablando bajo las experiencias que tuve buceando en las dos grandes barreras de coral pero tampoco puedo convertirlo en dogma puesto que las dos barreras tienen longitudes inmensas y pueden haber muchas zonas diferentes en cada una de ellas y que yo sólo haya visto la parte que vi, pero esta es la sensación que tuve y así la escribo, en Belize siempre vi el fondo marino.


Más allá de los corales hay una gran rompiente de olas que delimita el color verde de las aguas bajas de las aguas profundas de color azul oscuro que se pierden en el horizonte. Sólo de pensar en este punto de separación me recorren escalofríos por el cuerpo, creo que la inmensidad del mar le da reparo a cualquier persona, no es nuestro medio e inspira un profundo respeto. Una cosa típica de la barrera caribeña es la formación de cayos y manglares que la diferencia de la del hemisferio sur. Pero hay una cosa que las une por completo y es la infinita cantidad de peces de distintos colores que pululan entre los corales multiformes. En la segunda parada de buceo divisé a unos quince metros de profundidad una gran manta raya nadando majestuosamente cosa que me pareció una gozada. Lo que no sabía es que la tercera parada consistía en visitar una colonia de mantas donde aluciné por completo. Las podías tocar y darles de comer. Las rayas nunca se cansan de comer, nos dice el patrón del barco, los tiburones comen un rato y se van pero las rayas siempre quieren más. De repente se acercó un tiburón gato, un escualo inofensivo que se caracteriza por sus dos bigotes que nos recuerda a los felinos.


Me tiré al agua y confirmé que era verdad la explicación del patrón puesto que a la que se acabó la manduca se alejó raudo del lugar, no obstante seguí jugando con las rayas que eran unas cachondas totales, estas no se cansan. Su tacto es como el de un pulpo o calamar pero de carnes más apretadas, compactas y más suaves. Cuando te cogen la comida de la mano te recorre una extraña sensación, la boca la tienen debajo de lo que es la manta de su cuerpo, entonces se ponen sobre tu mano te envuelven con sus aletas como si les costase la maniobra que están efectuando y te ves invadido por el animal ya que se te pone literalmente entre los brazos y el pecho y tu reacción es echarte para atrás para que no te toque con la peligrosa cola pero ellas ya saben a quién han de golpear con ella y maniobran muy bien, ninguna me rozó.
Desplegamos velas pues estaba anocheciendo y el barco comenzó a navegar en dirección caye Caulker. Todos íbamos estirados en el barco contemplando la maravillosa puesta de sol que nos ofrecía la naturaleza. Al este la oscuridad reinaba, contra más al oeste el cielo se tornaba de amarillo al naranja fuerte que rodeaba el poco sol que se iba ocultando tras el cayo que quedaba en primer plano, en negro pues estaba a contraluz y dibujando su relieve en el que resaltaban centenares de palmeras. Todos lo contemplábamos en silencio nada mas oíamos el barco cortando las olas y el húmedo viento que soplaba hacia tierra. Cuando arribamos al puerto una legión de invisibles mosquitos nos atacó sin dar tregua. No se veían, son pequeñísimos pero pican duro, uno tras otro. Por tanto fuimos a la carrera hacia nuestra cabaña mientras nos picaban esos pequeños pinches zancudos. Al llegar nos duchamos y nos rociamos de loción antimosquitos, nos pusimos de manga y pantalones largos y salimos a cenar fuera.


La especialidad en Belize es langosta y cualquier producto de mar. La langosta la puedes comer preparada de múltiples maneras y te sale relativamente bien de precio, muy bien si lo comparamos con lo que cuesta en España, también hay que decir que la langosta caribeña es mas pequeña y menos sabrosa.
El segundo día partimos a ver una colonia de manatíes. Estos animales son unos mamíferos parecidos a las focas o leones marinos pero con las aletas mas desarrolladas y tienen la peculiaridad de tener el morro muy pronunciado, también se les llama vacas de mar supongo por su enorme tamaño. Nadaron muy cerca de la lancha y se les ve la forma a través de las cristalinas aguas y de vez en cuando asoman la nariz para respirar. Eso es todo lo que se puede ver porque está prohibido sumergirse a bucear con estos animales. La reserva de manatíes está en un cayo justo en frente de Belize city, podíamos divisar la ciudad a lo lejos desde allí. Para llegar hasta allí costeamos los cayos Chapel y Sant George.


Después de ver a los manatíes salimos a toda velocidad mas a dentro hacia un cayito llamado Goff que es una islita de arena con una palapa o tejado de paja y algunas palmeras. La isla de blanca arena está rodeada de aguas color verde y azul turquesa y es el paradigma de la isla que todos quisiéramos tener para nosotros. Habíamos llegado al paraíso.



Allí dejamos nuestras cosas y de nuevo cogimos la lancha para hacer snorkel en los corales que rodean la isla. Marta se quedó tomando el sol en la islita, no le gusta mucho bucear y lo del tubo para respirar no lo considera como una extensión de sus pulmones precisamente.


El buceo fue genial como siempre y regresamos a la isla muertos de hambre, comimos un poco y de postre abrimos unos cuantos cocos que solo tenías que recoger del suelo. Buceamos un rato mas y volvimos a toda pastilla con esa lancha veloz que por estos parajes es el medio de transporte ideal, aquí nadie tiene coche, todo el mundo va en bicicleta, pero la lancha aparcada en el puerto es imprescindible. Por la noche salimos a cenar langosta pero nos tuvimos que conformar con un gran pez a la brasa porque la primera se había terminado, aquí cenan muy pronto. Cuando retornábamos a la cabaña por un sendero muy oscuro Marta dio un sobresalto señalando al suelo y asustándome bastante. Era un cangrejo de tierra gigante del tamaño de una palma de la mano extendida, estaba en posición de ataque con las extremidades superiores en alto y amenazantes. Una de las dos pinzas era extremadamente desproporcional a la otra, era enorme. La primera reacción fue pararnos y yo comenté que debía estar muerto y que lo habían dejado en esa posición algún crío jugando con el bicho pues estábamos a bastantes metros de la costa. No acabo de decir eso cuando el bicho mueve una pinza suavemente. Joder, era de verdad y hay que reconocer que el bicho acojonaba por el tamaño y la pose a lo karate kid que me llevaba.


Esa pinza debía tener bastante carne y ser muy sabrosa pero ahora solo pensaba que si ese bicho salía disparado hacia nosotros se iba a llevar una gran patada nada más que estuviera a mi alcance. Así nos quedamos los tres durante un rato, desafiándonos a una distancia prudencial, no nos atrevíamos a pasar pues estaba en mitad del camino. De repente llegó un hombre por detrás nuestro, de aspecto hispanoamericano, le preguntamos si era peligroso pero nos respondió que sabía lo mismo que nosotros pues acababa de llegar a la isla, estaba más acojonado que nosotros y se quedó detrás nuestro parado. El cangrejo estaba quieto en mitad del camino y decidimos echarle una foto pues bien la merecía, el flash le desconcertó un poco pero cuando comencé a filmarle y activé el foco de la cámara salió disparado del sendero hacia la maleza. Esa es la diferencia entre un hombre y un cangrejo, la técnica. El cangrejo comprendió que había perdido la batalla sin que la sangre corriera, el camino estaba despejado y podíamos ir a dormir.
En la última salida en lancha tomamos dirección norte hacia cayo Ambegris. Antes de partir fuimos a llenar el depósito de gasolina, la gasolinera estaba en el lado deshabitado de la isla que mira hacia el continente. Bordeamos la costa norte y pasamos por el estrecho que la separa de otra isla y que se llama “the Cut” o el Corte. Producido por el huracán Hattie que partió en 1961 la isla en dos, lo que queda al otro lado de el Corte pertenecía a cayo Caulker. The Cut es el mejor sitio para bañarse de la isla pues en el resto apenas hay playa. Una vez que repostamos salimos flechados hacia cayo Ambegris. Antes de llegar hicimos unas paradas para bucear. Estuvimos nadando de nuevo con mantas y tiburones, aquí las mantas todavía eran mas amigables y confiadas que las de ayer, incluso se te montaban en la espalda cuando menos lo esperabas llevándote un gran susto que a ellas parecía complacer. El barquero también buceó con nosotros y les dio de comer de una manera un tanto peculiar. Se ponía cabeza abajo con un pescado en la boca y rápidamente se le acercaba alguna manta que se ponía sobre su cara envolviéndole totalmente la cabeza hasta que podía coger el pez, todo un espectáculo. Los tiburones estuvieron bastante rato con nosotros en concreto uno era mas amigable que el resto aunque bastante receloso, de vez en cuando se dejaba tocar y pudimos comprobar el tacto áspero de su piel, como si tocases una hoja de papel de lija. Tomamos el sol en cubierta hasta que se hizo la hora de comer y nos dirigimos a San Pedro, capital de cayo Ambegris. Paseando por sus calles nos sorprendió que el cayo no era como lo habíamos imaginado. Estaba mucho menos masificado y habían la mitad de turistas de los que pensábamos. Alguna vez pasaba un coche por sus calles sin asfaltar. Total que los cayos beliceños están hoy en día muy vírgenes y el turismo todavía no ha impactado negativamente en su ecosistema ni ha creado infraestructuras que cambien los paisajes de estas dos islas. El resto de cayos poseen alguna casa pero en general son vírgenes por completo. A la vuelta a cayo Caulker hicimos otra inmersión y llegamos de noche. Esta vez nos duchamos con repelente de mosquitos antes de llegar a la costa así que cuando desembarcamos casi no nos picaron, pensar que es horrible verte atacado por cientos de bichitos casi invisibles que no dejan de picarte por todos lados. Al llegar a la cabaña nos encontramos unos nuevos vecinos, la pareja de tejanos. Acababan de llegar de Belice city hoy mismo a la tarde después de pasar tres días en la ciudad. Mientras nosotros estábamos en los cayos ellos se pasaban los días vagando por esa ciudad que no hay que dedicarle mas de un día en la visita. Les preguntamos a que se debía que hubieran estado tanto tiempo allí y nos respondieron que cuando llegamos el viernes por la noche ellos lo hicieron casi sin dinero, nada mas tenían cheques de viaje que debían descambiarlos en un banco y que tuvieron que esperar todo el fin de semana para hacerlo puesto que los bancos estaban cerrados y no llevaban tarjeta de crédito ni dólares en billetes. Como ya he dicho anteriormente en los viajes hay días con suerte y con mala suerte, estos últimos no fueron muy buenos para ellos. De todas maneras si eres un poco precavido puedes evitar estos inconvenientes por ejemplo viajando con tarjeta de crédito Visa e incluso llevar de otra clase como American Express o Mastercard dependiendo del país, si llevas la primera no tienes porque tener problemas en casi ningún lugar del mundo. Otro consejo es planificar tu viaje y saber por las poblaciones que vas a pasar y siempre aprovisionarte de moneda del país en las mas grandes o antes de internarte en lugares poco civilizados. Ah! Y un dato mas, en América latina normalmente cobran un diez por ciento de recargo al pagar con tarjeta de crédito, aunque eso está prohibido nosotros ya damos por perdida esta batalla y lo aceptamos aunque a regañadientes.


Salimos a cenar langosta a un restaurante que la servían de todas las maneras posibles, a la
brasa, plancha, fritas, hervidas, al ajillo, empanadas, etc. Toda una gozada, nos pusimos las botas. Tanto a la ida como a la vuelta del restaurante nos guiamos con una linterna por esos senderos perdidos de la isla. En estos momentos de oscuridad son cuando crece la actividad de los cangrejos gigantes, pudimos comprobar que lo de ayer no fue algo anecdótico. Nos dedicamos a buscarlos y no digo que vimos cientos pero sí muchísimos. Además los oyes porque cuando caminas se asustan y se mueven, como son tan grandes el ruido que hacen en la maniobra les delata. Los enfocas con la linterna y se detienen, si te acercas te miran con sus enormes ojos desafiantes y se levantan un poco del suelo con sus patas traseras mientras mueven su gran pinza delantera, si corres en su dirección se asustan y cogen las de Villadiego.


Incluso al llegar a la cabaña comprobamos que había uno bajo las escaleras que acceden a la puerta. Desde luego ya entiendo por qué las han hecho elevadas, no me quiero ni imaginar encontrándome plácidamente durmiendo y que te despierte un bicho de estos corriendo por encima de las sábanas. Además durante el día vimos una legión de iguanas campando por la isla, se perseguían entre ellas y se metían por todos los sitios.
A la mañana siguiente tomamos una avioneta para dejar los cayos y marchar al continente. El aparato debía volar directamente a Corozal como estaba previsto pero como éramos sólo dos nos llevaron a San Pedro para que nos embarcáramos en otra avioneta con más pasajeros. Así que finalmente partimos a las 10:00 horas rumbo a Corozal. Lo mejor del viaje fue que el piloto me escogió a mí para ir de copiloto durante el trayecto supongo que por mi altura y peso pues no quiero pensar otra cosa.


Bromee con él y le pedí que me lo dejara pilotar un rato a pesar de no tener ni idea, evidentemente no lo hizo. Volar en avioneta siempre es hermoso pero cuando lo haces sobre el mar y sus islas todavía lo es mas. Llegamos a Corozal a mediodía. El aeropuerto es muy curioso, consta de pista de aterrizaje sin asfaltar, una caseta de la compañía aérea y una especie de parada de autobuses para que cuando llueva se refugie debajo la gente. Pero no es una parada de buses puesto que no los hay, así que tuvimos que irnos en taxi hasta el pueblo y este nos dejó en la terminal de autobuses que parten hacia Méjico de la que sólo queda el letrero. El taxista nos dijo que esperáramos en un pequeño cruce que se localizaba a trescientos metros en la carretera que lleva a la frontera de Chetumal. Esperando el camión vimos aquella mujer negra embarazada con sus hijos que parecían los Dalton, sí aquellos de que hablé anteriormente refiriéndome al gran crecimiento vegetativo de esta raza. Poco después llegó el autobús que nos llevaba a Chetumal. Dejábamos el país sin visitar el oeste pero las ruinas mayas que hay por allí están muy deterioradas y no merecen la pena. La única es la de Caracol que fue una gran ciudad maya y que actualmente están restaurando, quizá cuando finalicen la restauración será una de las atracciones turísticas del país pero hoy por hoy decidimos marchar hacia el norte, hacia Méjico. En las fronteras te hacen bajar del vehículo para realizar las gestiones oportunas del cambio de estado. Comenzó a bajar la gente y yo recordé que el conductor no me dio ningún tipo de recibo cuando subimos y que por tanto igual nos ponía alguna pega cuando intentáramos subir después de la frontera, aquí mejor prevenir que curar. Andaba un poco alocado buscando susodicho individuo y cuando me dispuse a descender del autobús lo hice con muy mala pata, nunca mejor dicho. Bajé dos escalones a la vez pero en vez de apoyarme con el pié lo hice con el tobillo que me torcí al instante dando de morros al suelo. En el mismo instante me di cuenta que no me había roto el pié pero que la torcedura era bastante grave. Me puse blanco al momento, el conductor mejicano me ayudó a levantar preocupado con la caída que pareció hacerle bastante gracia a un negro que teníamos cerca por la sonrisa que le vi en la cara mientras me levantaba. Luego me puse en la gran cola que formaban de pié todos los que intentaban cruzar la frontera. En la entrega de pasaportes ya no aguanté mas y me fui a sentar a un rincón al que llegué casi sin visión y apunto de perder el conocimiento. Quedé sentado en el suelo mientras Marta pasaba el control de la documentación. Me recorría un sudor frío por todo el cuerpo, realmente me había fastidiado bastante. Dos guardias negros me observaban impasibles. Desde aquí envío un recuerdo a los morenos que estaban en el control de pasaportes, ninguno me ayudó a llegar al rincón pese a andar como un zombie y nadie se preocupó de preguntarme si me encontraba bien. Desde luego los negros de Belize desbordan en simpatía hacia los blancos, en fin igual tienen sus razones pero respecto a mí no me llevo un grato recuerdo de ellos, mejor dicho, es una gente que te deja bastante indiferente.
En la parte mejicana tuve la mala suerte de que me tocara la luz roja en el control de equipajes. Se trata de pulsar un botón que da luz verde o luz roja alternativamente y si te toca el semáforo rojo te registran, pero predomina la verde para agilizar el paso. A mí me tocó la roja, ya no me aguantaba de pié y les dije que me registraran el equipaje mientras yo me sentaba en el suelo, les expliqué lo que me había ocurrido y me miraron la mochila muy por encima para que me pudiera ir rápidamente. En las fronteras conocimos a una pareja de Mallorca que iban en nuestro autobús y que luego de Chetumal se dirigían a Tulum también. En la terminal de Chetumal comprobamos que el autobús no salía hasta las 16:00 horas por lo que nos quedaba dos horas de espera que pasamos los cuatro charlando en la cafetería. Por fin volvemos a comer tacos y quesadillas. A la hora prevista partimos hacia Tulum llegando entrada ya la noche y nos alojamos en el hotel del crucero que es la zona en que parte la pequeña carretera que va a las ruinas desde la carretera principal que va hasta Cancún. El hotel estaba bastante bien pero se salía del presupuesto aunque esta noche mi tobillo se merecía un buen descanso. Los mallorquines dormían en la habitación contigua a la nuestra, antes de entrar para dormir nos despedimos de ellos pues aunque en principio no íbamos a estar mucho en Tulum el accidente que tuve requería un descanso de por lo menos tres días, así que al día siguiente no teníamos que madrugar para visitar con ellos las ruinas y marchar a la tarde. Eso implicaba que ya no nos veríamos y era el momento de despedirse. Estuvimos charlando en la puerta y Marta se fue a apoyar en la barandilla del pasillo cuando el mallorquín le dio un grito alertándole que había un escorpión, no le picó de milagro. Lo mejor era ir a dormir puesto que este no parecía un buen día.




TULUM


Las ruinas de Tulum se ven en unas pocas horas pero habíamos decidido pasar tres días para recuperarme de la torcedura de tobillo. El hotel en que dormimos esa noche era algo caro por lo que decidí preguntar precios en el motel que había enfrente. La diferencia era notable tanto de precio como de calidad, era cutre pero aceptable. Cambiamos las cosas de alojamiento y una vez que terminamos me vi con ánimos de ir a pasear por las ruinas para pasar el tiempo.

No las recorrimos aunque haya poco que ver, nada mas nos quedamos en una caleta hermosísima en el interior del recinto.



A ambos lados sobre unos montículos se levantan dos templos que dan directamente a mar abierto. El paisaje marino de color azul turquesa y estos restos de templos han hecho muy famoso al conjunto arqueológico de Tulum.


Allí estuvimos un par de horas contemplando el entorno, el resto a descansar. Al día siguiente nos dirigimos de nuevo a las ruinas pero esta vez bien temprano y entramos los primeros consiguiendo fotos de las ruinas sin un alma viviente.





Desde un extremo de las ruinas divisamos unas playas que continuaban hacia el sur y que tenían una pinta muy maja, así que al salir intentamos llegar hacia ellas.



Saliendo a mano izquierda hay un camino sin asfaltar, andamos por el hasta que vimos una caseta sobre una loma, cogimos el sendero que llevaba hacia ella y cuando arribamos de nuevo pudimos contemplar el mar pero esta vez las playas estaban mucho mas cerca. Sus playas eran accesibles si bajábamos por un pequeño camino que bordeaba la montaña. Estas playas eran anchas, de aguas calmadas, arenas frías, sol abrasador, era el paraíso. Además estábamos casi solos, a parte de unos bañistas acampados en un lateral de la playa y de unos militares equipados con tres vehículos anfibios y tiendas de campaña.



Siguiendo la playa hacia el sur está la reserva natural de Sian Ka´an de unos cinco mil kilómetros cuadrados de jungla tropical, marismas, manglares e islas. Posee también una variada fauna de monos, pumas, jaguares, caimanes, zorros, etc. Y últimamente también se ve una nueva especie pululando por la zona, los narcotraficantes. Sí, el parque ha estado poco vigilado y Sian Ka´an se ha convertido en la puerta abierta para las drogas de Méjico vía mar. La presencia militar seguramente estaba relacionada con estos hechos.
El último día visitamos las ruinas por última vez pero recorriéndolas hasta el último detalle. Cuando terminamos recogimos el equipaje y comimos algo en el restaurante del motel. Después nos dirigimos a la parada de autobuses a pie de carretera para ir hacia el norte dirección a la famosa Playa del Carmen, a unos 90 km. Nos paró un colectivo de 10 plazas que llegó antes que el autobús y nos montamos en el.



PLAYA DEL CARMEN


Al llegar a Playa del Carmen nos costó bastante encontrar hotel porque no cogían tarjeta de crédito y ya no nos quedaba mucho dinero. Además era un sitio en el que nos quedaríamos varios días y había que sondear precios y lugares. Recorrimos unos pocos sin que nos acabaran de convencer, empezamos a notar el calor y el sudor, íbamos muy cargados y decidimos que Marta se quedara con las mochilas en una sombra mientras yo me buscaba la vida para conseguir habitación. Playa del Carmen es una larga playa en la que se ubican dos calles paralelas a la costa y unas cuantas perpendiculares a esas dos. Esto sería la zona turística donde se alojan todos los bares, restaurantes, discotecas y hoteles del lugar. El resto del pueblo se extiende hacia la carretera principal y viven en él los nativos del lugar. También hay grandes complejos hoteleros en la periferia así como a lo largo de la carretera principal desde Tulum hasta Cancún. Después de recorrerme casi todos los hoteles del lugar di con el que nos pareció más correcto. Se trataba de unas cabañas individuales rodeadas de vegetación y mucha sombra, además cogían tarjeta de crédito, firmamos por cuatro noches.


Antes de meter las mochilas en la habitación un señor del hotel de enfrente me preguntó por mi cojera, le dije lo que me había ocurrido y me dijo que me acercara que me iba a curar. No le creí pero por probar no perdía nada. Dijo que dejara los paquetes, que me relajara, me tocó el cuello, todas las vértebras, una a una. En una de ellas se paró y dijo: aquí está. Un masaje en el cuello, me petó la espalda aprisionándome entre sus brazos, me masajeó el pie bueno y me dijo: ya estás curado. Me comentó que cobraba 100 dólares por aquello pero que a mí me lo dejaba gratis. Le di las gracias por ello y me marché cojeando. Relajado me quedé pero cojo continué. En fin, salimos un rato a pasear y a la playa una vez que nos pusimos el bañador. En un kiosco encontré prensa extranjera y entre ellas un periódico español, por fin, desde Mérida no había leído nada sobre nuestro país aunque vimos un noticiero en Guate.
Lo leí y releí bien a gusto en la playa, por cierto una playa maravillosa como todas las del Yucatán de la parte de Cancún.


Y esto es lo que hicimos básicamente en este pueblo, leer el periódico, beber cerveza Coronita, bañarnos en la playa y en la piscina, salir a cenar por las noches, y hacer lo que todo el mundo hace en un pueblo costero. Las únicas cosas a destacar fueron, por ejemplo, mi olvido de una parte del equipaje en el primer hotel que estuvimos de Tulum. Por tanto me tocó hacer los 180 km. de ida y vuelta que hay entre Tulum y Playa del Carmen. Por suerte lo tenían en recepción y continuaban guardándomelo pese a haber pasado casi una semana. De nuevo hice este recorrido en el que cabe destacar las pequeñas caletas con playas de arena fina y palmeras: Xel-ha, Xcacel, Chemuyil, Akumal, Puerto aventuras, Pamul y Xcaret. Son lugares que están bien para visitar pero no para alojarse puesto que te arrancan la cabeza. Otro día nos fuimos a Xcaret que es un parque temático en donde te puedes bañar en su playa y sus piscinas, nadar con delfines (si estás dispuesto a pagar un suplemento mas que considerable), ver animales salvajes como pumas, panteras y jaguares, y otras diversiones con las que pasar el día.


A destacar de este parque es que en un vestíbulo de la entrada han puesto unas maquetas enormes con todas las ruinas importantes y muchas secundarias de la Ruta Maya. Estuvimos contemplándolas durante mucho rato pues habíamos estado en todas y nos gustaba recordar los ratos que pasamos en ellas, además era como si las estuvieses viendo desde el aire, a vista de pájaro y esa era una perspectiva de la visita que no habíamos gozado. La mayoría de la gente ni siquiera entraba a este vestíbulo a verlas aunque fuera solo por curiosidad. La mayoría de los turistas del hinterland o zona de influencia de Cancún vienen a darse un chapuzón en sus bonitas playas y a beber tequila, les importa un rábano la historia del país y supongo que la del mundo en general, muchas visitas que hacen a Chichén Itzá o Tulum seguramente están incluidas en el paquete del viaje y las hacen por no perder el dinero que ya gastaron.
El sábado por la mañana nos encontrábamos paseando por el pueblo cuando nos asaltó con información turística uno de tantos individuos de las agencias de viaje que se dedican a ello. Nosotros no le hicimos ni caso y continuamos andando, de repente nos dijo que nos regalaba un billete a la isla de Cozumel de ida y vuelta completamente gratis si hacíamos no se qué. Bueno, eso parece que ya me interesaba mas. Volví y le pregunté de qué se trataba. Nos dijo que el primer requisito es que estuviéramos casados y que tuviéramos tarjeta de crédito, dos requisitos que poseíamos. Entonces nos dijo que nos pagaban un taxi hasta un hotel que iban a inaugurar y allí nos daban un desayuno y nos enseñaban las instalaciones por si volvíamos otro año o para recomendarlo en España. Bueno, no perdíamos nada por ir a verlo, así que nos llevó un taxi hasta el hotel que estaba en las afueras, hacia el sur. Nada mas llegar había una recepción de gente y también turistas con la misma cara de curiosidad y de alerta que nosotros, aunque habían unos cuantos con cara de ingenuos. Nos atendió una francesa que hablaba español con marcado acento francófono, se hacía la simpática y nos preguntó un par de cosas para romper el hielo. Luego llamó a una azafata que nos presentó y nos llevó al interior del hotel a una sala con mesas y sillas donde nos ofrecieron un zumo de naranja. Allí empezó el cuento chino o la venta agresiva de las multipropiedades. Enseguida que empezó a hablar ya vimos de qué iba el tema y dejamos que nos soltara el rollo. Has de intentar no escuchar mucho y poner cara inexpresiva mientras dejas tu cerebro con encefalograma plano, así todo lo que te diga seguramente no te afectará. Después al terminar nos preguntó si nos interesaba el tema y si nos había gustado la explicación. Se trataba de comprar una habitación por treinta semanas y a gastar en un plazo de treinta años, intercambiable con otros hoteles de la misma cadena dispersados por todas las partes del mundo. Total que desembolsabas casi tres millones por una habitación que no era de tu propiedad y a una empresa que no sabíamos si iba a quebrar o desaparecer la semana que viene. A la pregunta de que si nos interesaba contestamos que no. Fijaros si las cosas están programadas que después de nuestra contestación nos dijo: si bueno, pero algo os debe interesar, es que si no mi jefe me riñe, mirar yo le digo que estáis algo interesados y ahora viene el. Se fue y Marta y yo nos quedamos asombrados por la cara que le echaban al asunto. Vino su jefe, se sentó y presentó y nos dijo que ya sabía que nos interesaba la oferta comenzando a hablar sin parar, nosotros le dijimos que seguramente no nos había entendido muy bien la azafata y que a nosotros ese tema no nos interesaba. Nos miró perplejo como si estuviéramos rechazando un pleno al seis de la lotería primitiva. No obstante nos enseñó las instalaciones por si familiares o amigos estuviesen interesados. Después volvimos al salón y desfilaron delante de nosotros tres personajes ordenados jerárquicamente hasta que apareció el gran jefe del asunto. Tenía cara de malo, se sentó frente a nosotros y el subordinado le comentó que no estábamos interesados en el asunto. El gran jefe nos pregunta el por qué y le tuvimos que dar una explicación un tanto contundente y a la vez irónica. Nos miró muy serios (parecía un comisario del antiguo cuerpo superior de policía) y firmó la hoja conforme éramos irreductibles. Luego la francesa nos dio el boleto a Cozumel y nos dejaron en libertad después de sufrir un secuestro voluntario de una hora. Nos fuimos en el taxi riéndonos y pensando en los pobres infelices que hubiesen dudado en algún momento, eran presas seguras de aquél montaje.
Así que el domingo nos fuimos a la isla de Cozumel y en primera clase. El barco era grande y muy moderno pero se movía de un lado a otro increíblemente. Marta empezó a marearse debido a su estado y ya es raro pues ella aguantaría cualquier prueba astronáutica de la NASA. Por la ventana observamos en cubierta el lanzamiento de vómitos al mar de un japonés, en cada intento superaba al anterior. De esta manera a los treinta minutos, aunque otros barcos tarden una hora, llegamos a la isla de Cozumel y empezó a bajar la gente, algunos con cara de mareo, una chica completamente blanca y sujetándola su chico se dejaba arrastrar hacia un banco ya en tierra. Yo sobreviví aunque no se me dé muy bien aguantar estos vaivenes.




COZUMEL



Bueno, ya estabamos en esta isla a 20 km del continente. Cozumel es la isla mas grande de México. Los principales atractivos son sus preciosas playas, sus aguas verdes y sus arrecifes para divertimento de los buceadores. La parte occidental de la isla es la mas desarrollada turísticamente y la mas urbanizada. Lo pudimos comprobar in situ y sacamos nuestras conclusiones que no se si son algo precipitadas. Por lo que pudimos observar las aguas occidentales y que dan hacia el continente son las de color verde y son muy calmadas mientras que en la otra costa las aguas están muy agitadas debido al viento que sopla desde el interior del mar hacia la isla, además las corrientes de este lado parecen muy peligrosas, eso sí, el color de esta agua es una maravilla, combinado de azules de todas las gamas, del mas claro al más oscuro. Para movernos por la isla decidimos alquilar un par de motos de pequeño cilindraje que para este lugar es el mejor medio de transporte. Partimos de la población portuaria de San Miguel hacia el Sur para recorrer la isla en sentido contrario a las agujas del reloj. Fuimos visitando las playas de la costa y bañándonos en unas cuantas. Conforme llegamos al sur de la isla y comenzamos a cambiar de rumbo hacia la otra costa empezaron a desaparecer las construcciones y dio paso a casi un paisaje virgen que nos acompañó por todo el otro lado. Justo en el punto mas al sur de la costa semivirgen encontramos un bar rasta que se llamaba Paradise café, realmente parecía el paraíso por el emplazamiento en que estaba.


Estuvimos hablando un rato con el dueño mientras nos tomamos unas cervezas en la barra el cuál nos comentó la razón de que ese lado de la isla estuviese tan vacío. “Miren el viento nomás, dijo, hace que sean bien peligrosas las olas y también hay muchas corrientes en el agua. La playa es muy bonita pero es más inteligente nadar en el otro lado, este es un puro paraíso para los surfistas”.

playa de Cozumel, en moto alrededor de Cozumel
rodeando Cozumel en moto

La verdad es que meterse a nadar allí como el que no pasa nada puede resultar caro. Continuamos nuestro periplo insular en dirección al norte pasando por la playa Chen Río y Punta Morena. Este punto está un poco por encima de la mitad de la isla y queda a la misma latitud que San Miguel, aquí la carretera cambia de dirección hacia la ciudad, si se quiere continuar hacia el norte se tiene que tomar un desvío que conduce hacia el parque nacional. Aquí hay un par de ruinas mayas y playas desiertas. Nos damos cuenta de que es demasiado tarde y no nos va a dar tiempo de visitar esta zona, es casi la mitad de la isla y encima el camino está sin asfaltar. Quizá nos hemos equivocado al decidir el itinerario de la isla pero de momento esto no lo vamos a saber puesto que cogemos la dirección recta hacia San Miguel a la que llegamos rápido pues la carretera es mas ancha que las anteriores y es completamente recta. Una vez que arribamos a la ciudad devolvimos las motos y paseamos un rato por sus calles hasta la hora que partía el ferry. De nuevo el viaje movidito hacia Playa del Carmen.




CANCÚN II


Sólo nos separaban 65 km de nuestro destino final. Acabábamos el viaje donde lo comenzamos, había sido un recorrido circular que abarcó cuatro países y estábamos cerrando esa línea virtual que habíamos ido dibujando. Llegamos a Cancún conscientes de que cerrábamos un estupendo viaje por la zona. Aquí pasaríamos unos días mas hasta despegar hacia nuestro hogar. Volvimos al hotel International Suite Caribe pero nos dijeron que estaba todo completo así que decidimos mirar algún hotel en la avenida Tulum que es la mas importante y amplia del pueblo. Concretamente nos alojamos en una pequeña calle que desemboca a ella. Llegamos tarde y nada más nos daba tiempo a pasear por la zona y sondear un poco los restaurantes donde cenar un poco mas tarde. Habíamos estado casi toda la mañana bañándonos en Playa del Carmen por tanto ya estábamos saturados de agua. Localizamos un restaurante español en el que servían paellas que supongo que estarían muy suculentas, al menos el dueño era valenciano y eso daba una garantía. Nos fuimos a la habitación a descansar y a cambiarnos de ropa para más tarde retornar al restaurante y asegurarnos de que la paella estaba como tenía que estar. Y así fue, una velada estupenda en la que nos chupamos los dedos con un plato típico de nuestro país.
Al día siguiente visitamos isla mujeres. Nos dirigimos a puerto Juarez desde donde partían los barcos hacia la isla. En la punta de la isla se ubica el pueblo y el puerto que ocupan toda la superficie que no es muy ancha. A partir de ahí continua la estrecha isla sin tanta aglomeración y su forma dibuja la punta de una lanza. Isla Mujeres situada a 10 km de Cancún fue durante algún tiempo la alternativa a la masificada Cancún, pero ha acabado saturándose también aunque no tanto. Cuando llegamos a la isla partimos en barco para ir a bucear en los alrededores. Recorríamos la costa y parábamos a bucear, básicamente pasamos así el día. A la hora de comer desembarcamos y fuimos hacia el interior de la isla a comer una deliciosa parrillada de pescado al aire libre.




Luego retornamos al pueblo para pasear por sus calles comerciales superturísticas donde podías comprar todos los souvenirs típicos del país.
Los últimos días los pasamos comprando y bañándonos en la piscina del hotel y en la playa, volvimos a la playa Delfines donde nos bañamos al principio del viaje. Así hasta que llegó el último día en el que partimos en un taxi con destino al aeropuerto de Cancún. Una vez pagadas las tasas nos embarcamos con dirección a Miami. Ya volando sobre la península de Florida mi imaginación viajera incansable comenzó a cavilar un nuevo viaje por esta parte del mundo el cuál se hizo realidad justo un año después. Pero este viaje ya no lo haríamos Marta y yo solos, esta vez nos acompañaba una personita de cinco meses llamada Arnau, nuestro hijo. Juntos iniciamos un viaje de 11000 km que comenzó en Miami y nos llevó hasta Matamoros (Méjico) para después retornar hacia Florida recorriendo nueve estados del sudeste de los Estados Unidos, pero eso es ya otra historia.





Postamigo

Guía de viaje de 16 días por el sur de Mexico,                           de Diario de a bordo
Chichén Itzá, la nueva maravilla,                                                 de Callejeando por el Planeta
Viajar a la Península del Yucatán por libre                                  de Viajeropedia
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14 comentarios :

  1. Q MARAVILLAAAAAAAAAAAAA!!!!!!

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  2. Tu si realmente describes tus viajes, leyendo lo que escribiste pude imaginarme todo lo que experimentaste y lo disfrute tambien.
    Espero por tu siguiente publicacion!

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  3. Gracias por leerlo, sois unos fenómenos.
    Pues nada, si queréis más relatos bucear por los blogs ;)

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  4. Cordelia26_valladares3 de abril de 2012, 16:57

    me encato tu documental saludos desde Honduras!!!!!!!!

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  5. Mi baúl de blogs4 de abril de 2012, 13:04

    gracias Cordelia. Espero algún día explorar mucho mejor tu país, que en realidad en este viaje no fue más que una pequeña incursión.
    un saludo!

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  6. Que felicidad todos los viajes que has hecho. Creo que te falta recorrer un poco de Brasil, te va a encantar. Saludos,

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  7. Ah, Brasil! sólo he pisado Foz do Iguaçu, pero tengo una espinita clavada con este país. Además acabo de leer el río de la desolación de Javier Reverte y ya me han dado ganas de recorrer ese enorme río hasta su desembocadura.
    No obstante el Cristo redentor de Río, es la única maravilla del mundo actual que me falta, así que me lo pongo como obligación el ir a verla. Ahora sólo me falta un vuelo barato, pq últimamente me muevo ya por precio.

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  8. Julieta Tostalimón9 de enero de 2013, 15:31

    Hola que padre esta tu blog, yo quiero recomendarte un viaje en tren en México epecificamente Chihuahua, los paisajes y la aventura son las mejores que he vivido te dejo el link para q lo chequen o si alguien más se interesa saluditos!!! https://www.facebook.com/ChepeOficial?fref=ts

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  9. desde buenos aires te felicito por el relato ! viaje a medida que lo lei ! deseo ir a san pedro ,beliceeste año a mediados! ¿ conoces la patagonia ? es muy bella !tiene mar y precordillera y una fauna muy particular! dos lugares ; la zona del os lagos en el oeste de la prov de chubut y villa la angostura !suerte y gracias por compartir !

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    1. Hola Anonimo, gracias por comentar. Pues sí, conozco la Patagonia. Justo un año antes de este viaje anduve 2 meses por Sudamérica, casi 3 semanas por Argentina. Hice Península Valdez, Río Gallegos y Perito Moreno y Ushuaia en Tierra del Fuego. Saludos y espero que te vaya bien por Belice.

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  10. Buen trabajo e impresionante relato, toda la información que has puesto nos viene muy bien a todos los viajeros que recorremos este mundo. Con tu permiso voy a poner en mi blog un enlace al tuyo. Muchas gracias y Pura Vida. http://infravg.blogspot.com.es/

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  11. Hola, me encanto el artículo, felicitaciones! yo también tengo un blog de viajes, espero algún día lo puedas leer :) http://www.definitivamentepink.blogspot.com

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