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25/3/10

palenque, Yachixlan y Bonampak

2 comentarios
PALENQUE






Palenque se encuentra en el norte del estado de Chiapas, aunque por su relieve pertenezca a la llanura selvática de la península del Yucatán. A lo largo de la semana que pasamos en Chiapas aprendimos muchas cosas y conocimos mucha gente digna de recordar. Mas que un estado en guerra es un pueblo indignado por la opresión política, pero esto ya lo veremos más adelante, ahora sólo decir que fue una semana de aquellas que difícilmente se pueden olvidar.
El domingo bien temprano nos fuimos hacia las ruinas. Palenque en festivo puede ser agobiante, así que hay que adelantarse a los grupos de turistas y estar a primera hora en la entrada como si se tratara del primer día de rebajas en un gran centro comercial. De esta manera y al menos durante una hora visitas las ruinas casi sin gente.
Palenque quiere decir fortaleza y viene del idioma castellano. Dicen que Hernán Cortés pasó a 40 km de la ciudad y no se dio cuenta de su presencia, lo que significa que en el siglo XVI era una ciudad completamente olvidada incluso para los indígenas autóctonos de la zona.


En la entrada al recinto había indios lacandones vendiendo artesanías, más tarde hablaré un poco de estos indios. Subimos unas escalinatas y por fin accedimos al interior de la zona arqueológica. Sólo han sido excavados 35 de los casi 500 edificios de Palenque, aunque son los más importantes. En la antigüedad todos los edificios estaban pintados de rojo, todos estaban construidos con piedra, sin herramientas metálicas y sin conocer la rueda. Aparece de nuevo la idea de esos misteriosos extraterrestres que construyen pirámides a los ineptos indígenas, fruto del pensamiento occidental incapaz de concebir que las antiguas sociedades maya, azteca y egipcia tenían un coeficiente de inteligencia como mínimo igual al nuestro. La prueba de ello es el legado que en esos momentos estabamos visitando.


El edificio que caracteriza a las ruinas de Palenque es el gran palacio con su peculiar torre de techo artesonado en piedra.
Los expertos coinciden que desde allí la realeza maya y los sacerdotes observaban la puesta de sol tras el templo de las inscripciones, situado diagonalmente opuesto a ésta. Esto ocurría cada 22 de Diciembre, es decir, cada solsticio de invierno. El templo de las Inscripciones es muy importante por el hallazgo arqueológico encontrado en su interior. Dentro de ella fue enterrado el rey Pakal, relevante descubrimiento que demuestra que estas construcciones también fueron utilizadas como tumbas y establece un nexo de unión con la civilización egipcia. Una vez en la cima de la pirámide se entra en un cuarto interior en el que se accede a una escalinata que baja por un pasadizo anteriormente secreto hasta la cripta situada bastantes metros abajo. Esto fue descubierto en 1952 por Alberto Ruz Lhuillier cuya tumba se encuentra también en la pirámide. El arqueólogo encontró el esqueleto de Pakal y una máscara mortuoria de jade en el interior de la cripta.

Entre un tiempo cambiante, unas veces con sol otras nublado, recorrimos todo el recinto en unas cuatro horas. A las doce y media bajamos al pueblo en un camión, en dirección contraria no paraban de subir autocares con turistas. El pueblo de Palenque no es muy grande. Fundamentalmente toda la actividad se desarrolla a lo largo de la calle principal que tendrá unos dos kilómetros. Aquí encontramos una pizzería en la que hacían unas de las pizzas más buenas que comimos nunca. En esta céntrica calle se ubican unas cuántas agencias de turismo con diferentes excursiones por la zona. Teníamos en mente internarnos al sur en la selva lacandona y visitar las ruinas de Yachitxlán y Bonampak. Otra vista eran las cascadas de Misol-ha y Aguas azules, las dos ubicadas en el camino de Palenque a San Cristóbal de las Casas. La última era el viaje en lancha a Flores (Guatemala) vía río San Pedro. Estuvimos sondeando un poco los precios y finalmente dimos con una que era todo a nuestro gusto. Concretamos que el lunes y martes partiríamos hacia la selva lacandona, el miércoles a las cascadas y el lunes de la semana siguiente iríamos hacia Guatemala pero via río Usumacinta puesto que la ruta de San Pedro, más larga y exótica, hacía cinco meses que no se hacía. De jueves a domingo marcharíamos hacia San Cristóbal de las Casas por nuestra cuenta.
El lunes de madrugada nos recogió una combi en nuestro hotel. En su interior iba el que sería nuestro guía por la selva durante un par de días y un alemán que viajaba sólo. El germano era alto y delgado, un poco despistado y hablaba un castellano bastante rudimentario pero suficiente. Viajaba hacia Guatemala. Nuestro guía era lo contrario del alemán, bajito, regordete y muy despierto, se llamaba Noé. Nos pusimos en marcha hacia la casa del dueño de la agencia de viajes para dejar nuestras mochilas como ya habíamos convenido el día anterior. De esta manera viajábamos con lo indispensable. Al llegar estuvimos llamando al timbre unas cuantas veces hasta que por fin se despertó. Eran las cinco de la mañana y os podréis imaginar el aspecto que tenía el sonámbulo. Continuamos hacia un hotel a las afueras y recogimos a cuatro americanos y una japonesa. Los yankies eran realmente curiosos, carrozas pero con aspecto hippie. Se llamaban Charlie, Rico, Thomas y Dutson. Ya nos conocíamos todos así que podiamos partir rumbo al sur, hacia la selva.
Nuestro destino estaba a 6 o 7 horas de coche, por una carretera no siempre asfaltada y llena de controles militares. La selva lacandona tiene acceso restringido, cuanto menos controlado. Esto es debido a unas cuantas cosas. La primera y más importante es que la selva lacandona es el refugio de los guerrilleros del frente zapatista de liberación nacional (EZLN) liderados por el subcomandante Marcos. La segunda es por los campesinos que se hacen pasar por guerrilleros y ocultando la cara con pasamontañas y armados con ametralladoras asaltan los turismos que circulan por la zona, sobretodo de noche. La tercera es por el gran tráfico de droga proveniente de Colómbia que atraviesa por la selva, aunque ésta sea una de los tantos pasos que utilizan los narcos en su imparable carrera hacia los estados unidos.
En el primer control de militares nos hicieron bajar de la combi y entregar los pasaportes al oficial que estaba en una caseta anexa a la barrera. Charli no llevaba pasaporte y la japonesa no lo tenía todo en regla. El oficial se puso duro y no quería dejar que pasaran. Se mantuvo una fuerte discusión entre oficiales y guías, puesto que habían dos más en el paso y también con problemas. Los guías mantenían el debido respeto al oficial ya que en méxico los militares son de los de antaño, ya sabeis. Pero a Charlie parecía no importarle mucho. Reclamaba su libertad de paso por cualquier zona de México llevando solamente la identificación norteamericana, pero el oficial le respondía que era cierto pero no para la selva lacandona. Charlie no paraba de decir: “oh, no problema en Méxicou”, con su acento yankie. Finalmente el oficial aceptó que pasaran, no sé si por la persuasión de los guías o por la “mordida” que debió recibir. Aquí se soborna con facilidad a los funcionarios. El siguiente control estaba a unas dos horas, este fue más fácil, incluso bromeamos con los jóvenes militares que al enterarse que éramos españoles nos preguntaron si éramos del Barça o del Madrid y bromeaban con Hugo Sanchez y Ronaldo. Charlie les dijo que había sido capitán de los marines en la guerra de Vietnam hacía 26 años junto con Rico. Thomas había estado en una base en Korea. En fin, que eran militares. Yo les iba a decir que también había sido militar durante un año y que había disparado un par de veces y que limpiaba muy bien los barracones y que tocaba el tambor en la banda, pero pensé que mejor era callarme. Pasamos el control sin problemas y continuamos hacia el río Usumacinta. Todavía quedaba el último puesto de inmigración en el que te sellaban el pasaporte ya que este río es la frontera con Guatemala y separa los dos países. Después del puesto llegamos a un pueblacho lleno de críos muy sucios y donde residían los lancheros que se alquilaban al que les pagase. El pueblo estaba lleno de barracas y en su única calle se apilaban barriles de gasolina para los motores de las lanchas que llenaban el embarcadero.


Mas que lanchas eran canoas con motor, y en una nos embarcamos rumbo a Yachitxlán hacia el norte. El solitario alemán se fue hacia el sur, a Guatemala. El mismo recorrido efectuaríamos nosotros una semana después.
Remontamos el ancho río durante 35 minutos. Sólo el motor de la canoa rompía el silencio de la selva. A mano izquierda asomó entre la vegetación lo que parecía una ruina maya. Efectivamente, tres minutos después la canoa se acercaba a la orilla y paraba el motor, habíamos llegado a las ruinas de Yachitxlán. Nada más bajar ascendimos un par de metros hasta nivel de tierra y ante nosotros se apareció un gran descampado artificial en mitad de la selva que lo utilizaban como pista de aterrizaje para avionetas. Habían tres aparcadas esperando que los turistas acabaran de ver las ruinas para iniciar su vuelo de retorno hacia Palenque. Nosotros habíamos preguntado en aquella ciudad el precio de un vuelo en avioneta hasta estas ruinas y realmente te arrancaban la cabeza. Es un vuelo para turistas con pasta y que además no dispongan de tiempo para llegar en coche, que ahí es nada.


Las ruinas están muy deterioradas pero su entorno selvático y su difícil acceso le dan al lugar un encanto peculiar. De repente y a mano derecha remonta una colina que nos la tapaba la espesura de la vegetación. Se podía ascender por una gran escalinata y arriba se divisaba un gran templo. Cuando llegamos arriba nos encontramos a los yankies tumbados a la bartola en la repisa del templo, descansando de la caminata. Un olor a marihuana flotaba en el ambiente, vaya estos americanos carrozas eran unos chicos malos todavía. Lo cierto es que lo hacían bastante escondido porque mientras estuve con ellos nunca les vi fumar pero más de una vez reconocí el olor de la planta. Allí en la cima de Yachitxlán nos hicimos unas fotos en grupo y exploramos las pequeñas habitaciones del interior del templo que albergaban grandes cabezas de piedra. Cuando salimos descansamos un rato más. Unos monos aulladores que no veíamos nos dieron un estrepitoso concierto de gritos que hacían poner los pelos de punta puesto que parecía que los tuviésemos a escasos metros. Al rato decidimos tomar un sendero que bajaba suponíamos que en dirección a las ruinas. Mientras descendíamos contemplabamos restos de edificios entre la vegetación, piedras y mas piedras. Por fin aparecimos en la base de la colina y nos pareció que continuando hacia la izquierda estaría el primer templo de la entrada. Efectivamente, allí estaba, volvimos a cruzar sus oscuros y húmedos pasadizos iluminándonos con mi pequeña linterna hasta que dimos con el final de la laberíntica salida, o entrada depende del lado que la mires. Caminamos el kilómetro que nos separaba de la pista y llegamos justo a tiempo de ver despegar las dos últimas avionetas que faltaban por hacerlo. Maravilloso ruido, no creo que muchos animales quedaran por la zona después de estruendo semejante, los monos aulladores eran suaves en comparación a los decibelios que soltaban esos cacharros.
Antes de marchar comimos en una cabaña ubicada en el pequeño aeropuerto y después embarcamos en la canoa y descendimos el río hasta el pueblo. El viajecillo en barca lo aprovechó todo el mundo para dormir la siesta. El primero que cayó fue Noé, supongo que acostumbrado a hacerlo en cada viaje, luego y por simpatía de uno en uno, los demás. Sólo sobrevivimos a esta somnolencia Dutson y yo, y aprovechamos para charlar un rato. El tipo era curioso de verdad. Cuando entramos en las ruinas todos pusimos nuestro nombre, procedencia y profesión en un registro de control. Los demás eran abogados pero él había puesto “beach bum”. Le pregunté en que consistía esa rara profesión relacionada con la playa. Me dijo que la traducción de bum era duna o montículo. Por tanto su profesión era ser una duna de playa, o sea, que no curraba, hablando en plata. Vivía en una pequeña isla de Hawai y se dedicaba a vegetar y a contemplar el lento paso de la vida. Si tenía hambre pescaba o se subía a una palmera cocotera, si quería pasear lo hacía en bici y su hogar era una cabaña hecha por él. Que más se puede pedir para una jubilación después de trabajar veinte años como maquinista de tren. Dejamos de conversar, su mirada y la mía quedaron absortas en el río y la selva. Pude comprobar que su rostro estaba castigado por los años, su pelo ya canoso lo rejuvenecía con una coleta que le caía por la espalda y sus gafas graduadas oscuras no dejaban adivinar con certeza para donde miraba. Aunque vista no le faltaba, de repente señaló hacia delante indicándome que el pueblecito ya se divisaba. Despertamos a todos.
En el pueblo nos esperaba la combi que nos llevaría al poblado lacandón de Lacanjá. De nuevo pasamos por el control de militares, por suerte eran los mismos soldados de antes y se acordaban de nosotros, del futbol y del Vietnam. Bromeamos un rato más y thomas sacó la máquina fotográfica e hizo una foto. Noé le increpó y le dijo que si estaba loco, eran soldados y no se podían hacer fotos. Pero al soldado no le pareció molestar y le preguntamos si podíamos hacer fotos contestando afirmativamente. Los soldados posaron con nosotros con muy buen humor.

Yo saqué la cámara de vídeo y Marta me dijo que me estaba pasando un poco, pero tampoco dijeron nada y filmé como hacían controles en la carretera. Al lado del puesto militar había un chiringuito con cervezas y Charlie y yo fuimos a comprar unas pocas, concretamente doce. De camino a Lacanjá sacaron una botella de tequila y dimos unos tragos. Noé nos comentó que era muy raro que nos hubiesen dejado fotografiarles y que el buen humor seguramente era debido a la detención de dos narcotraficantes que habían realizado el día anterior y por ello habían concedido varios permisos a la tropa. Paramos en una especie de gasolinera a repostar. Y digo especie porque eran un par de casas llenas de indígenas y gallinas, una mujer volcó un bidón en una gran regadera con una manguera en el extremo y con eso nos llenaron el depósito de gas-oil. Llegamos a Lacanjá cuando oscurecía.
Lacanjá es un pueblo de indios lacandones. Estos indios son descendientes puros de los mayas que huyeron a la selva oriental de chiapas en la conquista española. Hasta la década de los sesenta no tuvieron casi contacto con la civilización y por ello no habla casi ninguno el español. Su idioma está emparentado con el maya yucateco pero ellos le llaman simplemente “maya”. En la actualidad quedan pocos lacandones, no llegan a los cuatrocientos. Estos indios llevan una larga y lacia melena azabache y visten con una túnica blanca, más bien diría sábana, y bajo ésta van completamente desnudos.
Dormimos en la aldea del jefe Kim-bor. Cuando llegamos ya nos habían montado las tiendas de campaña en el interior de una cabaña. Noé comenzó a hacer la cena mientras nosotros íbamos acomodándonos en el campamento. Era todo muy espartano pero después de todo el día que llevábamos nos pareció acogedor. Después de cenar el pollo frito que nos preparó Noé tomamos unos tequilitas. Noé no bebía y se fue a dormir. Invitamos a Kim-bor pero rechazó nuestra invitación aunque nos lo agradeció. Pensé que era un jefe sanote y abstemio, gran guia espiritual de los suyos y por encima de los placeres mundanos. Mas tarde me enteré que era un borrachuzo de mucho cuidado y que no perdía la oportunidad de ejercer, no se había apuntado a la fiesta porque estaba medicándose con antibióticos. O sea, que no todo es lo que parece. No obstante en su tienda vendía cerveza y le compramos unas cuantas más. Al final de la noche cayeron 22 cervezas y toda la botella de tequila, no está nada mal. La borrachera hizo que la conversación fuera larga y distendida por lo que pude conocer mejor a los americanos. Los cuatro se conocían de bien pequeños, desde los cinco años, aunque Charlie tenía 9 años ya que es cuatro años mayor que los otros. Eran de un pequeño pueblo del estado de Washington situado a unos 400 km de Seattle. Charlie y su primo Thomas eran abogados. Habían sido militares y servido en Vietnam y en una base de Korea del sur respectivamente, Charlie luchó en Vietnam con Rico. Dutson el beachbum ya conocemos su historia. Pero lo que más me agradó del cuento es esa amistad duradera que compartían durante tantos años.
Su estancia en Chiapas era debida al intento de proceso de paz que se había realizado la semana anterior en San Cristóbal de las Casas. La cúpula del EZLN con Marcos a la cabeza habian conversado con miembros del gobierno del PRI. Charlie dio una conferencia durante el proceso puesto que pertenecía a una asociación pro derechos humanos. La japonesita iba con ellos pero muy bien no me enteré que pintaba en todo eso, aunque muchas veces no acabo de entender que pintan en muchos sitios los japoneses, llegando a la conclusión de que tiene que haber algún japonés en cualquier parte del mundo aunque sólo sea para no romper la tradición.
Las cervezas estaban calientes. Charlie hacía rodar las latas en un cubo de hielo. Me decía que así las enfriaban en la selva de Vietnam. Frotándolas durante un par de minutos se quedaban bien frías. Sólo había un problema, me decía, una cerveza sólo dos minutos, veinte cervezas cuarenta minutos. Volviendo a los americanos, decir que su periplo selvático era como una especie de vacaciones dentro de su viaje a Méjico.
Hablamos de otras cosas y durante toda la noche Charlie me recordó que en San Cristóbal no olvidase pasar por Na Bolom. Que qué es eso? Pues realmente no lo sabía, sólo sé que me comía el coco con el tema lo suficiente para recordarlo al día siguiente y también unos días después en San Cristóbal. La verdad es que valió la pena recordarlo pero eso lo relatare cuando llegue el momento. Ahora llevamos una cogorza considerable y los supervivientes de la noche, Charlie, Rico y yo nos disponemos a acostarnos dando unos cuantos tumbos antes de llegar a nuestra tienda.
Poco antes de amanecer ya estabamos en pie. Creía que me estallaba la cabeza,
puede que tomásemos demasiado ayer de madrugada. Nos aseamos un poco y nos dirigimos a la cabaña donde cenamos la noche anterior. Allí estaban los americanos. Thomas y Dutson bebían un barreño de café negro y Charlie preparaba más café en las brasas.

Me saludaron efusivamente y recordamos la noche anterior. Rompímos a reir cuando vimos la cara que traía Rico. La verdad es que necesitaba un buen café y no del que tomaban los americanos que más se parecía al agua que a otra cosa.
Una vez preparados partímos hacia las ruinas de Bonampak, muy importantes arqueológicamente hablando por ser las únicas que conservan grabados en color. Nos acompañó un indio lacandón de Lacanjá. Noé nos lo presentó con el nombre de Pepe pero el indígena tenía otro nombre bastante más complicado, por tanto Pepe era más fácil para nosotros. A él no parecía molestarle. Pepe tendría unos veinticinco años aunque su rostro estaba muy castigado. Vestía al modo lacandón. Montó rápido en la combi y sólo asintió con la cabeza a modo de saludo. No sabía hablar español aunque un nuevo proyecto educativo estaba intentando que estos indígenas estudiasen nuestra lengua. La verdad es que no dijo mucho más a lo largo del día.
Nos adentramos en la selva hasta lo que nos permitió la carretera. En ese punto Noé nos dijo que no se podía avanzar más con el coche y que en adelante tendríamos que recorrer andando los nueve kilómetros que faltaban para llegar a las ruinas.

Pepe nos acompañaría durante el trayecto y él retrocedía hasta Lacanjá. Quedábamos con él en este mismo punto en que nos separábamos al mediodía, concretamente a las dos de la tarde. Comenzamos a andar hacia las ruinas. La carretera continuaba pero estaba en construcción. La idea era que algún día llegase hasta Bonampak, pero de momento era un gran camino lleno de piedras, baches y tierra, camiones transportando grandes rocas y alguna apisionadora parada en la cuneta. Comenzaba a hacer calor. Yo pensaba en lo que nos faltaba por recorrer, no sólo los nueve kilómetros para ir, sinó también los de la vuelta, y encima con una resaca de aúpa. Comenzábamos a arrepentirnos de esta visita cuando un gran camión nos pita y su conductor nos dice: “suban, nomás”. Creo que nunca olvidaré aquellas palabras. Marta y la japonesa subieron en la cabina con el conductor y los americanos y yo encima del remolque sentados sobre las grandes piedras. Nos preguntó si estabamos listos y arrancó. A 150 metros nos encontramos a Pepe, su paso era muy rápido y ya casi nos habíamos olvidado de él. El camionero le dijo que subiera y se agarró a la puerta del conductor y viajó así todo el camino. Así recorrimos 5 kilómetros llenos de baches y botes que nos obligaban a mantener el equilibrio en la piedra en que estábamos sentados cada uno para no caernos encima del resto de la carga. Algún frenazo que otro nos lo puso difícil pero por fin paró el camión. Habíamos llegado donde tenía que descargar, a partir de allí continuaríamos a pie. Medio kilómetro después el camino se estrechó y se transformó en un sendero de la selva. Allí no habían obras. Seguimos andando. Pepe a la cabeza. Caminaba muy rápido a pesar de ir descalzo entre piedras, charcos y lodo. Le íbamos dando cigarros para que aminorara el paso pero sólo duraba lo que tardaba en encenderse el pitillo, después continuaba su marcha rápida y constante. Veíamos como se alejaba su larga cabellera negra y humeante. Cuando alguien le alcanzaba, porque de vez en cuando paraba y nos miraba con cara de alguien que mira a un grupo de tortugas, intentaba entablar una conversación. Pero resultaba infructuosa, su español era casi nulo y su paso cada vez más veloz.

Al comenzar el trayecto íbamos esquivando barro y charcos pero no sirvió de nada porque acabamos empapados igualmente. Es más, la japonesa se cayó en una especie de arenas movedizas a lo cutre y tiñó el color de los tejanos de un azul marino a un marrón lodo oscuro. Marta los tiñó sólo de una pierna, y el resto, de tobillos hacia abajo no alcanzábamos a descubrir el antiguo color de nuestros zapatos. Empezamos a entender porqué los lacandones no llevan zapatos. Finalmente llegamos a Bonampak sin más incidentes.

Como he dicho anteriormente estas ruinas son famosas por sus grabados cromáticos, los únicos que se han conservado de todo el legado de la cultura maya. Las pinturas se distribuyen en tres cuartos anexos. La temática de las representaciones está distribuida por cuartos. El primero cuenta las luchas que mantuvieron con otra tribu, el segundo las fiestas celebrando la gran victoria y el tercero la coronación del joven rey guerrero. Seguimos ascendiendo por la colina donde hallamos repartidos otros restos de estancias y cuartos aunque en estos no se conservaban dibujos. En la zona trabajaban algunos obreros dirigidos por dos universitarios que se encargaban de la conservación de los restos arqueológicos.


Después de hacer un rato más la cabra montesa por la empinada colina descendimos a la plaza rectangular ubicada en la base de la misma. Como teníamos hambre abrimos las bolsas de comida que nos habian preparado en Lacanjá. Pepe nos miraba desde la piedra en que estaba sentado a unos diez metros de nosotros. Le ofrecimos comida y al instante dió un bote, se acercó al sandwich que le ofrecía Thomas, lo agarró y se lo llevó a donde estaba sentado anteriormente. Lo mismo hizo con la manzana que le dimos después. Pepe no rechazaba nada de lo que le diéramos. Recuerdo que en el camino de vuelta le ofrecí un cigarro y lo tomó. Le dí otro para después y lo aceptó sin ningún tipo de reparo. Aunque para sorpresa mía sin acabarse el primero encendió el segundo y se lo fumó. Yo me acerqué y le pregunté si fumaba mucho, le dije que no era bueno fumarse un cigarro tras otro. Él me respondió con mímica que al hacer eso el humo le subía a la cabeza y lo mareaba y que esa sensación le gustaba. Me alivió el pensar que había conocido a Pepe esa mañana, quizá si hubiera sido la noche anterior se nos hubiera zampado el tequila él solito. De todas maneras por muy mareado que estuviera andaba que volaba y al poco tiempo se encontraba a 50 metros de mí.
Anduvimos en grupo esquivando de nuevo todos los obstáculos que se interponían por el sendero. Le comenté a Charlie si ese entorno selvático que nos rodeaba se asemejaba a la jungla vietnamita, respondiendo afirmativamente y comenzándome a narrar algunas experiencias de la guerra. El tipo imitaba onomatopéyicamente diferentes sonidos de armas y explosiones de una manera asombrosa. Supongo que eso se te tiene que quedar grabado en la mente para toda la vida. Después de imitarme un ataque aéreo me demostró como avanzaba el napalm rápidamente hacia delante, tras el cuál me dijo que contaban los cadaveres enemigos recogiendo los dedos pulgares que encontraban por la zona. Una cosa que me sorprendió es que cuando les sorprendían los disparos de un nido de ametralladoras las órdenes eran correr hacia él y neutralizarlo porque si se te ocurría huir en otra dirección seguramente te dispararían el resto del enemigo escondido para la emboscada. También le pregunté cómo había conseguido el grado de capitán a la edad de veintitrés años pues me parecía muy joven. Me respondió que cualquiera que tuviera estudios universitarios le ascendían rápido a oficial sin más.
Al rato dimos de nuevo a la carretera en construcción pero esta vez nos tocó andar todo el camino hasta la combi, los camioneros estaban almorzando. En total andamos 9 km, ahora nos faltaba recorrer otros 150 hasta Palenque pero sería en coche, por suerte. Marta y yo regresamos a Palenque en un escarabajo que conducía Noé. El vehículo se había quedado en Lacanjá y era necesario que alguien lo retornara a Palenque. Los americanos y la japonesa volvieron con la combi y otro conductor. El retorno se retrasó un poco y fue oscureciendo poco a poco. Noé le pisaba fuerte el acelerador, no quería encontrarse ninguna sorpresa por el camino. Rondaban últimamente salteadores por la zona. Noé decía que eran campesinos con pasamontañas y ametralladoras los que asaltaban y que la guerrilla no era, pero aquellos aprovechaban el conflicto para sacar partido del asunto. Además nos dijo que esos te mataban nomás. Al final sólo nos asaltaron militares pidiéndonos la documentación en un par de controles, nada más.
Llegamos a Palenque y nos despedimos de los americanos. Nos fuimos a nuestro hotel y nos pegamos una buena ducha reconfortante. Intentamos secar las botas con el secador del pelo pero estaban totalmente empapadas y no solucionamos gran cosa. Las rellenamos de papel de diarios y las dejamos toda la noche frente al ventilador. Al día siguiente estaban casi igual de mojadas. Nos pusimos el calzado de repuesto y dejamos las botas en un patio del hotel a ver si con el sol de todo el día acababan secándose. La verdad es que no sería fácil puesto que la mañana se presentaba totalmente nublada y lloviznando constantemente. Aún así partimos hacia las cascadas de Misol-há y Aguas Azules ubicadas en la carretera de Palenque a San Cristóbal de las Casas.
La cascada de Misol-ha se encuentra a 20 km de Palenque. Sus 35 metros de altura caen en una poza en la que se puede nadar si no fuera por la lluvia que caía. Una especie de camino entre las rocas te llevaba detrás de la catarata desde donde apreciabas otra fantástica vista del lugar a través del agua cayendo delante de ti. Aquel sitio bien merecía fumarse un cigarrito contemplando la grandeza de la naturaleza.


Continuamos 30 km más hasta llegar a Aguas Azules. El río que baja se encuentra con grandes rocas calizas formando rápidos y al final de éstos se forman piscinas naturales donde puedes bañarte en esas límpidas aguas de color turquesa. Ese color de aguas se aprecia siempre y cuando no vayas en un día lluvioso como el que fuimos ya que el color turquesa se transforma en marrón debido a los sedimentos que transporta la escorrentía. También en un día como éste es peligroso bañarse, aunque los rápidos lo son siempre como demuestran las cruces desperdigadas por la orilla de los desafortunados bañistas que encontraron su trágico fin en estas preciosas cascadas. Cuando anocheció regresamos a Palenque.




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2 comentarios :

  1. Hola,

    Lo primero felicitarte por la extensa y completa descripción del viaje. Estoyh mirando un viaje a México y tengo alguna duda.Mi idea es alquilar coche, y quisiera saber que piensas, es seguro? El mayor problema lo veo en la zona de Yachixlan y Bonampak. ¿Hasta que hora se puede conducir? Me han dicho que evite andar de noche, pero a qué hora anochece?

    Muchas gracias de antemano y un saludo.

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  2. Por esta zona, me refiero a Yucatán, por el día es bastante seguro ir en coche. Como habrás podido leer, este viaje es del año 96, por lo tanto las cosas han podido cambiar sobretodo respecto a la seguridad. Yachixlán y Bonampak hace 14 años estaban muy aisladas, ahora supongo que la carretera a Bonampak estará terminada, pero Yachixlán continúa accediéndose por el río. En aquella época en esta parte de la selva lacandona andaba la guerrilla del EZLN, ahora ese problema se ha acabado pero puede ser igual de peligroso andar por la noche en esta zona como por casi todo el país. Anochecerá dependiendo la estación. De todas maneras yo te aconsejo el transporte público y para estas excursiones a Yachixlan y Bonampak en alguna agencia desde Palenque si ves que todavía están muy inaccesibles. Aconsejo alquilar coche sobretodo en la ruta puuc, en Mérida.

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