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25/3/10

campeche, edzná

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CAMPECHE





Antes de devolver el coche a la agencia de alquiler dejé a Marta en la central de autobuses de primera ADO, donde pudimos ver que el autobús salía a las 9:00 horas y que no había otros hasta mediodía. Tenía 25 minutos para entregar el vehículo y volver a la central de buses. El papeleo llevó un poquito de tiempo así que una vez dejado el coche empecé a correr por entre las calles intentando tomar atajos entre parques y por fin llegué, sudando como un condenado, pero llegué. El autobús ya estaba en marcha, pusimos rápidamente las mochilas en el portaequipajes y fue subir y al minuto salió. Que gran alegría que llevara aire acondicionado, pero también llevaba televisión y vídeo y vimos una película durante el trayecto. A partir de ahora ya sabíamos que compañía de buses debíamos utilizar: ADO. Estas compañías de primera que enlazan ciudades importantes no se pueden comparar con los “camiones” que enlazan los pequeños pueblos y trayectos cortos, aunque también hacen largos recorridos para presupuestos más ajustados, pero en general estos últimos son realizados por ADO, Cristóbal Colón o Maya de Oro. De todas maneras bien vale la pena gastarse un poco más pero ir con las comodidades mínimas, tampoco os penséis que son autobuses de lujo pues llegan al bolsillo de casi todos los mejicanos.
A las tres horas de viaje arribamos a Campeche, capital del estado del mismo nombre. Es el estado menos visitado de la península del Yucatán pese al atractivo de las ruinas de Edzná. Lo cierto es que en nuestra corta estancia en el estado no vimos un solo viajero, solamente cuando llegamos al hotel nos cruzamos con dos que en esos momentos marchaban cargados con sus mochilas. El hotel colonial nos lo aconsejó el chico de información turística de la central de buses de Campeche. Llegamos en taxi y una vez inspeccionadas las habitaciones y dado el visto bueno descargamos las mochilas del taxi. El hotel Colonial era la casa del antiguo Teniente del Rey de España, bastante antigua pero restaurada, con habitaciones pequeñas pero cómodas, limpias y con un gran ventilador que pendía del techo y que hacía un ruido que envolvía el silencio de la casa. El hotel lo llevaba una vieja pareja que por su aspecto descendían de españoles lo cuál fue confirmado por el señor que nos dijo que sus antepasados eran gallegos, para variar. Les preguntamos por una lavandería, había una justo en la calle inferior en dirección al puerto. Cogimos la bolsa de la ropa sucia y la llevamos.
Aprovechamos la tarde para comer una gran parrillada de marisco y dar una vuelta por esta pequeña ciudad de 170000 habitantes. Las actividades a que se dedica la mayoría de la población es a la pesca y la extracción de petróleo. Pero no siempre fue así, antaño Campeche era un puerto muy próspero dedicado a la exportación de madera y tintes, así como del oro y la plata de las regiones vecinas. Esto desde luego no pasó inadvertido a los piratas del caribe que la comenzaron a atacar tan sólo seis años después de su fundación en 1540. Durante dos siglos aterrorizaron Campeche, violando, incendiando y saqueando a su población. En 1668, cinco años después de un bestial ataque de todas las hermandades piratas unidas, la monarquía española decidió construir una gruesa muralla de 2,5 km. en forma de hexágono y que rodeaba la población. La muralla tenía cinco baluartes o nexos de unión entre los lados de la muralla, que actuaban como fuertes donde se alojaban las tropas, debido a su gran tamaño. En la actualidad sólo quedan cuatro baluartes y gran parte de la antigua muralla, que se convierte en la mayor atracción turística de la ciudad. Para visitar la ciudad hay un trenecito turístico que decidimos coger porque la verdad no sabíamos que hacer para pasar el rato. Fue muy divertido mas que nada por las explicaciones de la chica que iba junto al conductor. La pobre chica comentaba lo que ibamos viendo con un micrófono en mano. El viento soplaba fuerte y el micro se acoplaba y distorsionaba por lo que la explicación quedaba sumida en una confusión que además aumentaba ella misma equivocándose y autocorregiéndose constantemente. El resultado era un cachondeo general en el tren. El vehículo iba lleno de parejas de novios, estudiantes de la zona y algún que otro anciano que no sabía como pasar el rato y todos sonreíamos por lo absurdo de la situación. Total que del paseo sacamos una vista general de la ciudad sin cansarnos pero de la explicación sólo extrajimos confusión de fechas y de nombres y al final no tenías muy claro si eran los españoles o los piratas o los camarones de la playa los que habían construido la muralla.
Al día siguiente nos dispusimos a visitar las ruinas de Edzná. Había alguna que otra excursión organizada en la que entraba el desplazamiento, guía y pic-nic por unos “35 dólares” por persona, qué locura. Juegan con la dificultad y falta de información de los autobuses de trayectos cortos que a partir de ahora y definitivamente llamaremos “camiones”. A las siete de la mañana nos dirigimos a la central de camiones de Campeche. Era un local o descampado al lado de un mercado en el que la gente esperaba que una de esas cafeteras se pusiera en marcha con destino a su aldea. Había un techo de uralita y unos bancos de madera frente a unas grandes mesas donde la gente se apilaba y desayunaba. Algunos dormían sobre su equipaje en el suelo, a saber si llevaban toda la noche allí. Otros iban cargados de gallinas,etc. Preguntamos a unos conductores que estaban en el interior de un camión si algún vehículo de aquellos pasaba cerca de las ruinas de Edzná. Nos dijo que era ese mismo camión y que estaba a punto de salir. Me hizo bajar y se asomó a la puerta mientras los otros dos conductores descendían. El hombre gritó: “ Nos vamos, nomás” , y se organizó un pitote del copón. Sálvese quién pueda, suerte que a Marta y a mí nos cogió en la puerta y pudimos coger sitio. Los últimos viajaban de pie y eso a nadie le gusta. Me encanta viajar así aunque a Marta le desespera bastante. Ya estabamos acostumbrados a los camiones y colectivos de Ecuador y Perú por lo que no era nuevo para nosotros pero sí nos traía muchos recuerdos de Sudamérica. A cada curva se te venía gente encima y casi se sentaban contigo. Los olores son fuertes aunque aquí las gallinas viajan fuera. Recuerdo cierta vez en la costa de Ecuador que uno subió al camión con un chancho (cerdo) y cuando el conductor lo olió y oyó le hizo viajar en el techo, aunque no sé si lo hizo porque le dio vergüenza que viéramos que los cerdos viajaban en autobús sin ningún reparo. Aunque como digo las gallinas sean usuarios cotidianos de los transportes públicos. También aquí los indígenas los aprovechan para llevar sus productos a la ciudad por lo que es normal viajar también entre sacos de patatas y otros tubérculos y productos del campo. Todos los asientos son utilizados y a veces añadiendo niños sobre la gente, los que sobran se agolpan alrededor de los viajeros extranjeros que haya, puesto que son el pasatiempo del trayecto ya que te observan y te sonríen.
A 30 km. de Campeche se encuentran las ruinas de Edzná. Tardamos más de hora y media porque el camión se internaba por pequeños caminos hasta aldeas y luego volvía a retroceder a la carretera principal. El conductor nos gritó que esa era la parada de las ruinas y bajamos como pudimos del bus. Nos dijo que dentro de una hora pasaría de nuevo por ese cruce en su camino de retorno hacia Campeche y que sólo su camión hacía ese recorrido. Si no queríamos dormir en las ruinas debíamos visitarlas en una hora. Se marchó el camión a toda velocidad y se fue haciendo pequeñito hasta que desapareció en el horizonte. Un gran silencio quedó en la desierta carretera.







Un cartel anunciaba las ruinas a 2 km. por un sendero perpendicular a la carretera. Comenzamos a caminar y al cabo del rato divisamos una caseta de entrada a las ruinas. Pagamos la entrada a un viejecito que estaba echando la siesta en una silla cuando llegamos. Nos dijo que las ruinas estaban adelante, siguiendo un pequeño camino que cruzaba el bosque. Cuando llegamos nos maravilló lo que vimos. Después de la odisea que habíamos realizado para llegar y de lo desierto, mal indicado y cutre que había sido todo el recorrido nos pensamos que las ruinas serían dos piedras mal puestas y cubiertas por la selva al estilo de Mayapán pero sin nada restaurado. Nada más lejos de la realidad. Era excepcional. Unas ruinas majestuosas solas para nosotros. La pena es que sólo disponíamos de una hora. Intentaré describirlas rápidamente. Al salir del bosque entras en una plaza rectangular no muy ancha pero muy larga, con forma de campo de futbol, rodeada de unas gradas en su parte derecha. Allí es donde hacía las celebraciones populares el antiguo pueblo maya. Al final de la plaza una pirámide de 10 metros de altura y a su lado se levantaba el palacio de los príncipes, éste último muy deteriorado. A la izquierda y para finalizar el perímetro de la plaza, se eleva una gran colina donde se adosa una escalinata que comienza en medio de dos enormes muros y sube hacia la cima entre templos a sus lados. Finalmente en lo alto, una majestuosa pirámide de 5 niveles o pisos y 65 escalones a parte de los de acceso.



Contemplamos la pirámide desde las gradas y decidimos atacar su cima. Cruzamos la plaza y comenzamos a subir las interminables escaleras. Arriba había una pequeña plaza en comparación a la de abajo, rodeada de edificios y presidiendo todo la gran pirámide.

Comenzamos a escalar peldaños hasta llegar a la cima. De nuevo en la cumbre de una pirámide, que maravilla. Debe ser la misma sensación que se tiene al escalar una montaña y llegar al pico.


La paz y el silencio se apodera de todo, la selva inmensurable rodea el complejo de la vieja ciudad de Edzná y se pierde en el horizonte. Sólo se oye la agitada respiración que no sabes si es por la escalada o por la emoción del momento. Chispea la cerilla que enciendo y cruje el tabaco cuando inhalo una gran calada observando lo que rodea. Marta se ha ido a investigar los cuartitos de la cima de la pirámide. La ciudad es nuestra. Pero nos damos cuenta que el tiempo no lo es y que la hora ha pasado ya. Comenzamos a bajar rápidamente y tomar el camino en dirección a la carretera. Una vez en el cruce comprobamos que la carretera estaba desierta. Esperamos cinco minutos y al ver que el camión no venía decidimos desayunar unas latas. Después de media hora empezamos a dudar y pensamos en la posibilidad de que ya hubiera pasado, sería una putada dormir allí, no había alojamiento ni teníamos equipaje. Hacer dedo aquí es una tarea casi imposible pues no pasan casi coches. Mientras calibrábamos todas estas posibilidades vimos aparecer en el horizonte un vehículo cuya forma se distorsionaba con el calor del asfalto. Poco a poco se iba acercando, parecía el autobús. Lo era, comenzó a pitar como un loco, avisándonos que era él. De un salto nos pusimos de pie y el mismo conductor de antes nos abrió las puertas y dijo que subiéramos nomás.
Así que a media mañana estábamos de nuevo en Campeche. Decidimos que por la región no había nada más que nos interesase y después de recoger el equipaje del hotel nos acercamos hasta la central de buses ADO para ir hacia Chiapas al sur del país. Nuestro primer destino en ese estado era Palenque. Comencé a buscar la ciudad en los paneles de salida y sólo había una , a las 19:00. Maldita sea nuestra suerte, además hay que contar que hay unas cinco horas de viaje y que circular de noche es peligroso. Podría haber alguna posibilidad de conectar con Palenque desde alguna ciudad situada más al sur. La expendedora de los boletos (billetes de viaje) nos aseguró que habría conexión desde Emiliano Zapata, población situada a 50km al sur de Campeche. Esperamos dos horas y partimos hacia allí. Llegamos a las 18:30 a esa ciudad y me dispuse a comprar los boletos hacia Palenque entre unos mosquitos del tamaño de mi mochila. ¿Qué no hay buses a Palenque hasta mañana? Pero que cachondeo es este, la chica de Campeche nos dijo que había uno cada media hora. –No señorcito eso no es verdad, hasta mañana no hay otro, nomás-. Joder que putada, aquí la gente se saca los problemas derivándolos hacia otro sitio, o peor, hacia otra ciudad. Bien, otra posibilidad era ir en taxi. Salí al exterior de la central y pregunté a un taxista lo que nos cobraría por ir hasta Palenque. Me dijo que unas 1600 ptas. Regatee e incluso me fui como si no estuviera del todo interesado. El taxista siguió impasible leyendo el diario, incluso me pasee un rato por allí y comimos algo cerca de la parada, pero nada. Realmente ese era el verdadero precio que costaba ir a Palenque en taxi. Así que cogimos el equipaje y aceptamos los 100 pesos que costaba el trayecto. Viajamos todo el rato de noche. Cuando veías algunas luces paradas en el arcén te llevabas un sobresalto pero resultaban ser coches averiados, en fin, todo salió bien y no nos asaltaron. Hacía poco que un amigo nuestro había estado en Méjico y el autobús que iba delante del que viajaba fue asaltado y ellos pudieron librarse porque el conductor maniobró bruscamente hacia atrás y salió a toda velocidad de la zona.
El taxi nos dejó en la puerta del hotelito que elegimos, se llamaba Maya tulipanes. Era muy bonito, decorado con las estelas grabadas que se conservan en las ruinas de Palenque. En el patio había un gran dibujo pintado en la pared con la totalidad de la Ruta Maya y los países que abarca, Méjico, Guatemala, El Salvador, Honduras y Belice. En este hotel pasaríamos unas cuantas noches.

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